Karma

El momento crítico del “sufrimiento” es aquel en que aparece; el padecimiento sólo perturba en la medida en que su causa permanece todavía ignorada. En cuanto el brujo o el sacerdote descubre la causa por la cual los hijos o los animales mueren, la sequía se prolonga, las lluvias arrecian, la casa desaparece, etcétera, el “sufrimiento” empieza a hacerse soportable; tiene un sentido y una causa, y por consiguiente puede ser incorporado a un sistema y explicado.

Lo que acabamos de decir del “primitivo” se aplica también en buena parte al hombre de las culturas arcaicas. Ciertamente, los motivos que sirven como justificación del sufrimiento y el dolor varían según los pueblos, pero la justificación vuelve a encontrarse en todas partes. En general puede decirse que el sufrimiento es considerado como la consecuencia de un extravío con relación a la “norma”. Cae de su peso que esa “norma” difiere de un pueblo a otro y de una civilización a otra. Pero lo importante para nosotros es que el sufrimiento y el dolor no son en parte alguna —en el cuadro de las civilizaciones arcaicas— considerados como “ciegos” y desprovistos de sentido.

Así, los hindúes elaboraron tempranamente una concepción de la causalidad universal, el karma, que explica los acontecimientos y padecimientos actuales del individuo, y a un mismo tiempo explica la necesidad de las transmigraciones. A la luz de la ley del karma, los sufrimientos no sólo hallan un sentido, sino que adquieren también un valor positivo. Los sufrimientos de la existencia actual no sólo son merecidos —puesto que son el efecto fatal de los crímenes y de las faltas cometidos en el curso de las existencias anteriores—, sino además bienvenidos, pues sólo de ese modo es posible recordar y liquidar una parte de la deuda kármica que pesa sobre el individuo y decide el ciclo de sus existencias futuras. Según la concepción hindú, todo hombre nace con una deuda, pero con la libertad de contraer otras nuevas. Su existencia forma una larga serie de pagos y préstamos cuya contabilidad no siempre es aparente. El que no está totalmente desprovisto de inteligencia puede sobrellevar con serenidad los sufrimientos, los dolores, los golpes que recibe, las injusticias de que se le hace objeto, etcétera, porque por cada una de ellas resuelve una ecuación kármica que en el curso de una existencia anterior quedó sin solución.

Mircea Eliade, El Mito del Eterno Retorno (1949)

Juventud

Si observamos el modo en que los jóvenes modernos expresan sus opiniones, se hace evidente que su falta de pudor obedece a su escasa aptitud para reflexionar.

Una muchacha me envió un día una tarjeta con el siguiente mensaje: «Para ser un escritor eres un ignorante y un inculto: has acumulado más de veinte errores de ortografía en una sola página. Corrígelos inmediatamente». Esa muchacha no sólo no conocía la ortografía clásica sino que, además, no se detuvo ni un instante a reflexionar sobre su propia ignorancia.

Yukio Mishima, Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis (1968)

Adelantos

Estábamos camino de Andalucía. Fernando Monreal y Luis Carreño llegaron ese mismo día —es de suponer que a duras penas— a Córdoba y allí se detuvieron. No cabía seguir. Ventajas de la época: los automóviles circulaban entonces a paso de calesa y la red viaria, angosta y zigzagueante, no permitía excesos de velocidad. Yo aún alcancé a disfrutar de ese mundo —realmente maravilloso para quien tuviera vocación de viajero— en el que ir de Málaga a Malagón, de la Puerta del Sol a Carabanchel, de Navacerrada a Cercedilla, o de Soria a Castilfrío era como hacer las Américas. Viajar no consiste en pasar de un sitio a otro. Esto es desplazarse, trasladarse, trasplantarse, mudarse, qué sé yo… O sí lo sé: eso es turismo (¡qué asco!). Viajar consiste en atravesar cosas, casos, parajes, ciudades, mares, mundos, galaxias, personas, dioses, y quien carece de esa sensación, que además de física es, sobre todo, psicológica, no está viajando. Lo que cuenta en los viajes no es tanto la longitud del trayecto geográfico cuanto la duración del lapso de tiempo dedicado a recorrerlo. Su unidad de medida no son los metros ni los kilómetros, sino los minutos, las horas, los días, los meses… Para las tortugas y los caracoles dos palmos equivalen —psíquica, subjetivamente— a un miriámetro cubierto por la zancada humana. Por algo sostenía Faulkner que un paisaje sólo se conquista con la suela de los zapatos. Yo mismo, en cambio, con perdón, he definido en infinidad de ocasiones el viaje como «la distancia más larga entre dos puntos». Y ahora, en cambio, vienen los tontitos protésicos, biónicos y asalariados a decirnos, con la boca llena de ínfulas y humos, presumiendo, complaciéndose, ufanándose sabe Dios de qué, justamente lo contrario. Ya no hay distancias, aseguran. Y acto seguido, palpándose el celular, acariciando la agenda electrónica, masturbando el ratón del ordenador, miran hacia su coche provisto de GPS como quien contempla a la mujer amada. Imposible es hoy hablar del hombre como de un ser de lejanía]: las del alma. Lo es ya, más bien y sólo, de cercanías (las del impulso animal: comer, dormir, consumir, reproducirse y acumular pertenencias. O sea: creer, en suma, que únicamente se vive de pan), como los trenes que todas las mañanas transportan desde la mugre industrial de las ciudades hasta sus respectivos campos de concentración —los del trabajo fijo, oh, en los que piadosamente, con meliflua e hipócrita unción sacerdotal intentan confinarnos las derechas y las izquierdas… ¡Mal rayo lo parta y las parta! Su esgrima mató a mi padre— a los hombrecillos de la llanura, uncidos al yugo de la gleba, al tajo, a sus negreros y, faltaría más, a los mostradores de los bancos y del Ministerio de Hacienda por el grillete del teléfono móvil ¡Y a eso, carajo, a todo lo que acabo de mencionar en mi exabrupto, a las prisas, a las carreteras sin árboles ni curvas, a la desagradabilísima posibilidad de que el desagradabilísimo timbre de los teléfonos (o su vibración… Tanto monta) sorprenda y desasosiegue a sus titulares incluso en descampado, con la novia, en la iglesia o en el retrete, a los ferrocarriles atiborrados de bípedos con corazón de microchip y trombos de silicio, a los autobuses con carga de borregos numerados por los operadores turísticos, a todo eso, digo, lo consideran adelantos! ¡Pues qué bien! ¡Hoy las ciencias adelantan, en efecto, que es una barbaridad!

Más desahogos verbales. No nos queda ya mejor recurso. Son la sal de la vida de nuestro tiempo. Vivimos en pleno postapocalipsis.

Fernando Sánchez Dragó, Muertes Paralelas (2006)

Adversario

En la guerra he aspirado siempre a contemplar sin odio al adversario, a apreciarlo como hombre de acuerdo con su valor. Me he esforzado en buscarlo en la lucha para matarlo y no he esperado de él otra cosa. Pero nunca he pensado que fuera un ser vil. Cuando más tarde cayeron en mis manos prisioneros, me sentí responsable de su seguridad y procuré hacer por ellos todo lo que estaba a mi alcance.

Ernst Jünger, Tempestades de Acero (1920)

Extremados

No había olvidado mi promesa de estudiar si deberíamos hacer del paciente un patriota extremado o un extremado pacifista. Todos los extremos, excepto la extrema devoción al Enemigo, deben ser estimulados. No siempre, claro; pero sí en esta etapa. Algunas épocas son templadas y complacientes, y entonces nuestra misión consiste en adormecerlas más aún. Otras épocas, como la actual, son desequilibradas e inclinadas a dividirse en facciones, y nuestra tarea es inflamarlas. Cualquier pequeña capillita, unida por algún interés que otros hombres detestan o ignoran, tiende a desarrollar en su interior una encendida admiración mutua, y hacia el mundo exterior, una gran cantidad de orgullo y de odio, que es mantenida sin vergüenza porque la «Causa» es su patrocinadora y se piensa que es impersonal. Hasta cuando el pequeño grupo está originariamente al servicio de los planes del Enemigo, esto es cierto. Queremos que la Iglesia sea pequeña no sólo para que menos hombres puedan conocer al Enemigo, sino también para que aquellos que lo hagan puedan adquirir la incómoda intensidad y la virtuosidad defensiva de una secta secreta o una «dique». La Iglesia misma está, por supuesto, muy defendida, y nunca hemos logrado completamente darle todas las características de una facción; pero algunas facciones subordinadas, dentro de ella, han dado a menudo excelentes resultados, desde los partidos de Pablo y de Apolo en Corinto hasta los partidos Alto y Bajo dentro de la Iglesia Anglicana.

Si tu paciente puede ser inducido a convertirse en un objetor de conciencia, se encontrará inmediatamente un miembro de una sociedad pequeña, chillona, organizada e impopular, y el efecto de esto, en uno tan nuevo en la Cristiandad, será casi con toda seguridad bueno. Pero sólo casi con seguridad. ¿Tuvo dudas serias acerca de la licitud de servir en una guerra justa antes de que empezase esta guerra? ¿Es un hombre de gran valor físico, tan grande que no tendrá dudas semiconscientes acerca de los verdaderos motivos de su pacifismo? Si es ese tipo de hombre, su pacifismo no nos servirá seguramente de mucho, y el Enemigo probablemente le protegerá de las habituales consecuencias de pertenecer a una secta. Tu mejor plan, en ese caso, sería procurar una repentina y confusa crisis emotiva de la que pudiera salir como un incómodo converso al patriotismo. Tales cosas pueden conseguirse a menudo. Pero si es el hombre que creo, prueba con el pacifismo.

Adopte lo que sea, tu principal misión será la misma. Déjale empezar por considerar el patriotismo o el pacifismo como parte de su religión. Después déjale, bajo el influjo de un espíritu partidista, llegar a considerarlo la parte más importante. Luego, suave y gradualmente, guíale hasta la fase en la que la religión se convierte en meramente parte de la «Causa», en la que el cristianismo se valora primordialmente a causa de las excelentes razones a favor del esfuerzo bélico inglés o del pacifismo que puede suministrar. La actitud de la que debes guardarte es aquella en la que los asuntos materiales son tratados primariamente como materia de obediencia. Una vez que hayas hecho del mundo un fin, y de la fe un medio, ya casi has vencido a tu hombre, e importa muy poco qué clase de fin mundano persiga. Con tal de que los mítines, panfletos, políticas, movimientos, causas y cruzadas le importen más que las oraciones, los sacramentos y la caridad, será nuestro; y cuanto más «religioso» (en ese sentido), más seguramente nuestro. Podría enseñarte un buen montón aquí abajo.

Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

C. S. Lewis, Cartas del Diablo a su sobrino (1942)

Libre

¿Quieres marchar, hermano mío, a la soledad? ¿Quieres buscar el camino que lleva a ti mismo? Detente un poco y escúchame.

“El que busca, fácilmente se pierde a sí mismo. Todo irse a la soledad es culpa”: así habla el rebaño. Y tú has formado parte del rebaño durante mucho tiempo.

La voz de rebaño continuará resonando dentro de ti. Y cuando digas “yo ya no tengo la misma conciencia que vosotros”, eso será un lamento y un dolor.

Mira, aquella conciencia única dio a luz también ese dolor: y el último resplandor de aquella conciencia continúa brillando sobre tu tribulación.

Pero ¿tú quieres recorrer el camino de tu tribulación, que es el camino hacia ti mismo? ¡Muéstrame entonces tu derecho y tu fuerza para hacerlo!

¿Eres tú una nueva fuerza y un nuevo derecho? ¿Un primer movimiento? ¿Una rueda que se mueve por sí misma? ¿Puedes forzar incluso a las estrellas a que giren a tu alrededor?

¡Ay, existe tanta ansia de elevarse! ¡Existen tantas convulsiones de los ambiciosos! ¡Muéstrame que tú no eres un ansioso ni un ambicioso!

Ay, existen tantos grandes pensamientos que no hacen más que lo que el fuelle: inflan y producen un vacío aún mayor.

¿Libre te llamas a ti mismo? Quiero oír tu pensamiento dominante, y no que has escapado de un yugo.

¿Eres tú alguien al que le sea lícito escapar de un yugo? Más de uno hay que arrojó de sí su último valor al arrojar su servidumbre.

¿Libre de qué? ¡Qué importa eso a Zaratustra! Tus ojos deben anunciarme con claridad: ¿libre para qué?

¿Puedes prescribirte a ti mismo tu bien y tu mal y suspender tu voluntad por encima de ti como una ley? ¿Puedes ser juez para ti mismo y vengador de tu ley?

Terrible cosa es hallarse solo con el juez y vengador de la propia ley. Así es arrojada una estrella al espacio vacío y al soplo helado de hallarse solo.

Hoy sufres todavía a causa de los muchos, tú que eres uno solo: hoy conservas aún todo tu valor y todas tus esperanzas.

Mas alguna vez la soledad te fatigará, alguna vez tu orgullo se curvará y tu valor rechinará los dientes. Alguna vez gritarás: “¡estoy solo!”.

Alguna vez dejarás de ser tu altura y contemplarás demasiado cerca tu bajeza; tu sublimidad misma te aterrorizará como un fantasma. Alguna vez gritarás: “¡Todo es falso!”.

Hay sentimientos que quieren matar al solitario; ¡si no lo consiguen, ellos mismos tienen que morir entonces! Mas ¿eres tú capaz de ser asesino?

¿Conoces ya, hermano mío, la palabra “desprecio”? ¿Y el tormento de tu justicia, de ser justo con quienes te desprecian?

Tú fuerzas a muchos a cambiar de doctrina acerca de ti; esto te lo hacen pagar caro. Te aproximaste a ellos y pasaste de largo: esto no te lo perdonan nunca.

Tú caminas por encima de ellos: pero cuanto más alto subes, tanto más pequeño te ven los ojos de la envidia. El más odiado de todo es, sin embargo, el que vuela.

“¡Cómo vais a ser justos conmigo! –tienes que decir– yo elijo para mí vuestra injusticia como la parte que me ha sido asignada”.

Injusticia y suciedad arrojan ellos al solitario: pero, hermano mío, si quieres ser una estrella, ¡no tienes que iluminarlos menos por eso!

¡Y guárdate de los buenos y justos! Con gusto crucifican a quienes se inventan una virtud para sí mismos, –odian al solitario.

Friedrich Wilhelm Nietzsche, Así habló Zaratustra (1883)

Naufragio

Lo esencialmente confuso, intrincado, es la realidad vital concreta, que es siempre única. El que sea capaz de orientarse con precisión en ella; el que vislumbre bajo el caos que presenta toda situación vital la anatomía secreta del instante; en suma, el que no se pierda en la vida, ése es de verdad una cabeza clara. Observad a los que os rodean y veréis como avanzan perdidos por su vida; van como sonámbulos, dentro de su buena o mala suerte, sin tener la más ligera sospecha de lo que les pasa. Los oiréis hablar en fórmulas taxativas sobre sí mismos y sobre su contorno, lo cual indicaría que poseen ideas sobre todo ello. Pero si analizáis someramente esas ideas, notaréis que no reflejan mucho ni poco la realidad a que parecen referirse, y si ahondáis más en el análisis hallaréis que ni siquiera pretenden ajustarse a tal realidad. Todo lo contrario: el individuo trata con ellas de interceptar su propia visión de lo real, de su vida misma. Porque la vida es por lo pronto un caos donde uno está perdido. El hombre lo sospecha; pero le aterra encontrarse cara a cara con esa realidad, y procura ocultarla con un telón fantasmagórico donde todo está muy claro. Le trae sin cuidado que sus ‘ideas’ no sean verdaderas, como aspavientos para ahuyentar la realidad.

El hombre de cabeza clara es el que se liberta de esas «ideas» fantasmagóricas y mira de frente la vida, y se hace cargo de que todo en ella es problemático, y se siente perdido. Como esto es la pura verdad –a saber, que vivir es sentirse perdido–, el que lo acepta ya ha empezado a encontrarse, ya ha comenzado a descubrir su auténtica realidad, ya está en lo firme. Instintivamente, lo mismo que el náufrago, buscará algo a que agarrarse, y esa mirada trágica, perentoria, absolutamente veraz porque se trata de salvarse, le hará ordenar el caos de su vida. Estas son las únicas ideas verdaderas: las ideas de los náufragos. Lo demás es retórica, postura, íntima farsa. El que no se siente de verdad perdido se pierde inexorablemente; es decir, no se encuentra jamás, no topa nunca con la propia realidad.

Ortega y Gasset, La Rebelión de las Masas (1930)

Opuestos

Como es natural, yerra, y en sumo grado, quien piensa que, cuando reconocemos lo que de no valioso hay en un valor o lo que de falso encierra una verdad, uno y otra habrían sido suprimidos. Lo único que ha sucedido es que ambos se han vuelto relativos. Todo lo humano es relativo, porque todas las cosas reposan sobre contradicciones internas, pues todo cuanto existe constituye un fenómeno energético. La energía, sin embargo, descansa necesariamente sobre una antítesis anterior, sin la cual no podría haber energía en absoluto. Lo alto y lo profundo, lo caliente y lo frío, etc., tienen forzosamente que existir para que el proceso de compensación, el cual no es otra cosa que energía, pueda tener lugar. Por ello, en la tendencia a rechazar todos los valores anteriores en beneficio de sus contrarios anida la misma exageración que en la unilateralidad primera. Pero dado que los rechazados ahora son valores indiscutibles y por todos reconocidos, las pérdidas sufridas de este modo son incalculables. Quien se conduce de este modo, se arroja a sí mismo por la borda junto con sus valores, tal y como apuntó ya Nietzsche en una ocasión.

La cuestión no radica en convertirse en lo opuesto de uno mismo, sino en mantener los antiguos valores reconociendo a la vez lo valioso de sus contrarios. Esto es algo que implica un conflicto y un divorcio internos. Es comprensible que uno vacile antes de dar este paso, tanto en un sentido filosófico como moral; por ello, el expediente al que se recurre para no darlo consistente, con aun mayor frecuencia que en convertirse en lo opuesto de uno mismo, es enquistarse más que nunca en las viejas opiniones. Es preciso reconocer que en esta nada agradable manifestación por la que se distinguen algunos varones al envejecer hay escondido, pese a todo, un cierto mérito: al menos no se convierten en renegados, sino que se mantienen en pie, sin rendirse a lo incierto ni hundirse en el fango. Renuncian a declararse en bancarrota y se transforman en árboles que se limitan a marchitarse, en ‘testigos del pretérito’, expresándolo eufemísticamente. Pero los síntomas concomitantes, la rigidez, la inmovilidad, la estrechez de miras y el no querer seguir avanzando con los otros de los laudatores temporis acti, resultan desagradables y aun perjudiciales; pues el modo en que defienden una verdad o cualquier otro valor peca hasta tal punto de intransigente y violento que el rechazo producido por sus malos modales supera con creces al atractivo despedido por sus valores, con lo cual consiguen todo lo contrario de lo que pretendían realmente. La causa de su rigidez se debe en rigor a su angustia frente al problema de los opuestos: se siente la presencia del hermano siniestro de Medardo, y en secreto se le teme. Por ello, no puede haber más que una única verdad y una única directriz de conducta, que, además, ha de ser absoluta, pues de lo contrario no garantizaría ninguna protección contra el desastre que se olfatea en todas partes menos en uno mismo.

C. G. Jung, Sobre la psicología de lo inconsciente (1917-1943)

Inocencia

Esta inocencia del corazón importa mucho más a mis ojos que la erudición y la ciencia. El mundo es sucio, rencoroso a menudo, mediocre casi siempre. Cuando se piensa sobre él para ser feliz, no se muerde más que frutas amargas o podridas. Cuanto más se avanza sobre las sonrisas hipócritas, los ojos codiciosos o indecentes, las manos interesadas, más se queda uno decepcionado por la insipidez de la existencia. Se da uno cuenta rápidamente que solo permanecen siendo sólidas, fraternales y eternas, las robustas alegrías puestas en nuestros corazones cuando éramos pequeños. Es entonces cuando nos volvemos felices o infelices para siempre.

Si tuvimos una infancia tranquila y dulce como un gran cielo dorado; si aprendimos a amar y a entregarnos; si disfrutamos, muy pequeños ya, del encantamiento que nos dispensan cualquier momento, el cielo y la luz, el follaje, el verdor, la naturaleza siempre a nuestro alcance y cambiante; si se nos hizo un corazón simple como la mirada de los animales, ingenuo como la mañana, humano, sensible, bueno, ligado a efectos verdaderos y naturales, la vida transcurre para nosotros, justo al borde de los caminos rocosos o fangosos, similar al cielo que domina, potente y claro, las más malas carreteras.

Hay una vocación a la felicidad. Se la desarrolla o se la sofoca.

Si se forma a los niños, sencillamente, en alegrías profundas pero elementales, avanzarán en la vida guardando en sus ojos la luz de su vida interior, equilibrada, sin desvíos continuados.

Pero si se desvía su infancia, si han visto demasiado o han comprendido demasiado, quedarán atrapados en un remolino. Si años de infancia tranquila no consolidó en ellos la felicidad frágil de su inocencia, entonces su vida será lo que su infancia fue: en vez de ver el desorden, ellos mismos serán el desorden; no habiendo nunca estado estabilizados en sus gustos, sus sentimientos, sus pensamientos, estarán a merced de las borrascas, de las alegrías turbias, que les quemarán, les escurrirán en los dedos y recrearán la desdicha a costa de los otros…

Después, se vuelve difícil cambiar: no se endereza un árbol endurecido; se puede a lo sumo, entonces, retirar el  follaje o cortar las ramas. Pero cuando era joven, lleno de savia, se le habría podido doblar con un dedo ágil, guiarlo, ayudarle a desarrollarse.

Es en la hora en que los niños tienen simplemente la cosa de jugar, observar, sin más, un gorrión o una alondra, deletrear palabras y dar besos, es la hora que fotografían en su corazón, su imaginación, el espectáculo exacto que les damos. La vida no hará más que desarrollar la fotografía; los ácidos de la existencia imprimirán en ellos imágenes, bonitas y potentes, o turbias y grises, que habremos ofrecido a sus pequeños ojos curiosos, a su corazón blanco como una hoja de papel brillante.

Esto que nuestro orgullo, o nuestra agitación, o, desgraciadamente, nuestras pasiones, les hubiera privado, lo pagaríamos cruelmente más tarde, viéndoles inestables, descontentos, el alma débil o el alma devastada por nuestra falta.

Léon Degrelle, Feldpost (1941)

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Sociedad paliativa

Precisamente en la Modernidad, cuando el entorno nos depara cada vez menos dolores, parece que nuestros nervios del dolor se vuelven cada vez más sensibles. Se desarrolla una hipersensibilidad. Precisamente la algofobia nos vuelve en extremo sensibles al dolor. Ella puede incluso inducir dolores.

[…]

El cuento de Andersen La princesa y el guisante se puede leer como una parábola de la hipersensibilidad del sujeto de la Modernidad tardía. Un guisante bajo los colchones le causa a la futura princesa tanto dolor que se pasa una noche en vela. Las personas padecen hoy el «síndrome de la princesa y el guisante». La paradoja de este síndrome de dolor consiste en que cada vez se sufre más por cada vez menos. El dolor no es una magnitud que se pueda constatar de forma objetiva, sino una sensación subjetiva. Unas expectativas cada vez más altas puestas en la medicina, unidas al sinsentido del dolor, hacen que incluso dolores insignificantes resulten insoportables. Y ya no tenemos sentidos referenciales, narrativas ni instancias y objetivos superiores que revistan el dolor y lo hagan soportable. Si desaparece el doloroso guisante, entonces la gente empieza a sentir dolores porque los colchones son blandos. Al fin y al cabo, lo que duele es, justamente, el persistente sinsentido de la vida misma.

Byung-Chul Han, La sociedad paliativa (2021)

Ciencia y Alma

El hombre de hoy se ha hecho más problemático que nunca. Los inmensos conocimientos que nos ofrece la ciencia moderna no ayudan, en principio, a desvelar las dudas que la existencia plantea; todo lo más la bordean. La hipertrofia concedida al valor de la ciencia positiva nos da la imagen precisa de lo que es el hombre de hoy. Hay que reconocer que el hombre no ha sabido tanto de sí mismo como en la actualidad y que, en el fondo, nunca ha sabido menos en lo que se refiere a su condición más específica. El hombre se escapa por entre las rendijas de los números y de los planteamientos científicos estrictamente naturales. El valor supremo de la ciencia estriba en su ansia de objetividad. Pero el hombre es algo más y algo distinto que mera objetividad. El hombre no es sólo naturaleza, sino también historia.

¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que no puede regirse exclusivamente por las normas de la causalidad, sino que, además, está sujeto al principio de imprevisión, que es tanto como decir que el hombre necesita ser comprendido: buscar en él relaciones de sentido consigo mismo, con los demás y con el mundo. El hombre no es un ser fijo, sino al contrario, un ser cambiante, que se mueve, que oscila. Es cambio sustancial. Y esto, en cierto modo, es dramático. Por eso, entender el acontecer humano es acercarse a él y analizar sus movimientos en una especie de arco que, partiendo del pasado, se centra en el presente y abarca el porvenir. El análisis biográfico de muchos suicidas es revelador, nos aclara su realidad presente a través de su historia. Algo parecido sucede cuando queremos comprender al hombre actual. Tenemos antes que observar su historia más reciente y la atmósfera intelectual que le envuelve. Lo que hace, en el fondo, la objetivación de la ciencia moderna es cosificar al hombre, hacerlo desaparecer y reducirlo a número.


Y el hombre, que había creído en el progreso indefinido, empieza a dudar de su eficacia, ya que para alcanzar aquél es necesario yugular lo más genuino de sí mismo. He aquí una fuente de angustia.

Enrique Rojas, Estudios sobre el Suicidio (1978)

Estilo

Decir arte, es decir «estilo». Todo arte implica un estilo, una forma bien estudiada para hacer las cosas de manera correcta y que hace que éstas resulten bellas y ordenadas. Estilo significa norma, ritmo y medida, ley formadora, modelo a seguir, cuño a troquel forjador, molde exacto y preciso. El estilo excluye el movimiento caprichoso, la fantasía extravagante, el impulso antojadizo, la acción desordenada o desmedida, todo lo que sea informidad o deformidad.

Adoptar un estilo implica introducirse en un cauce impersonal a través del cual puede lograrse la destreza y la maestría en un determinado campo de actividad humana.

Rafael Alonso y Antonio Medrano, Tai Chi Xin Yi de Shaolin (1999)

Batalla de Mühlberg (1547)

La celeridad y la totalidad de la victoria fueron asombrosas. Hacia el 10 de abril, las fuerzas imperiales se unieron a Mauricio y Fernando en Tischenreuth. El Elector conocía sus movimientos, pero no tomó otra acción que cruzar el Elba con la esperanza de emplear el río como línea defensiva. Avanzó río abajo siguiendo la orilla izquierda, alcanzando la aldea de Mühlberg en la noche del 23 de abril. Entretanto, Carlos y Alba habían ascendido desde el Suroeste y acamparon en la orilla opuesta del río.

La noche era oscura y brumosa, pero, como siempre, Alba se hallaba en movimiento. Entre las nieblas que preceden al amanecer, pudo de algún modo localizar a un campesino que le mostró un punto por el cual vadear el río y, ya sobornándole, ya con amenazas, logró que el hombre le sirviera de guía. A la mañana siguiente, un domingo, Juan Federico asistió a misa y desayunó tranquilamente. Confiado en que el río le protegía, permaneció alegremente ignorante de los preparativos que se efectuaban en el campamento imperial, y no hizo nada por estorbarlos, a excepción de situar unos cuantos hombres armados en barcas para vigilar la orilla opuesta. Entre las diez y las once, los protestantes reanudaron su marcha río abajo, y comenzó la ofensiva. Los arcabuceros españoles, vadeando el río con el agua helada hasta el pecho, asaltaron a los ocupantes de las barcas y, cuando hubo cesado el fuego defensivo, otros españoles salieron en tropel y abordaron las embarcaciones como piratas, con los cuchillos apretados entre los dientes. Así consiguió Carlos el medio para transportar sus pertrechos y víveres en perfecto estado. Mientras, el grueso del ejército empezó a cruzar a pie y a caballo por el vado encontrado por Alba. Hay que atribuir a la disciplina impuesta por el duque y a la estrategia -que el tiempo iba a justificar- de hacer cruzar a la caballería por la parte alta del río, para interponerse a la corriente, el que las pérdidas fueran mínimas. Una vez en el otro lado, la situación satisfacía en todo las exigencias de Alba para entrar en combate. El enemigo fue sorprendido; su ejército se extendía en formación de marcha a lo largo de varios kilómetros a la orilla del río. En el tiempo con el que contaban era imposible disponer las tropas de modo que se aproximara siquiera a una formación de batalla, y además la artillería había sido enviada por delante el día anterior. No quedaba al Elector otra opción que dirigirse a toda prisa hacia la densamente boscosa reserva de caza de Lochau y rezar para que la mayoría de sus hombres pudieran refugiarse en ella antes de que la vanguardia imperial les hiciera pedazos.

Vana esperanza. Mühlberg sería, en efecto, una cacería, no una batalla, y Alba era aún lo bastante joven para ataviarse de acuerdo con la ocasión. Vestido con armadura blanca y montando un caballo blanco, dirigió el asalto y rastreó todo el bosque en busca del Elector, mientras sus tropas practicaban una matanza sistemática sobre los desperdigados sajones. Tan sólo en este empeño quedó decepcionado. Cuando por fin apareció ante el emperador, bañados él y su caballo en sangre enemiga, supo que Juan Federico había entregado su espada a un caballero alemán, Thilo von Trotha.

William S. Maltby, El gran Duque de Alba (1985)

Destino

Quien no comprenda que nada puede alterarse a ese resultado final, que hay que querer eso o no querer nada, que hay que amar ese sino o desesperar del futuro y de la vida; quien no sienta la grandeza que reside en esa eficacia de las inteligencias magnas, en esa energía y disciplina de las naturalezas férreas, en esa lucha con los más fríos y abstractos medios; quien se entretenga en idealismos provincianos y busque para la vida estilos de tiempos pretéritos, ése…, que renuncie a comprender la historia, a vivir la historia, a crear la historia.

Oswald Spengler, La Decadencia de Occidente (1918)

*Robert Hubert, El Gran Incendio de Roma

Agua clara

Por lo general solían decepcionarme los platos que escogía por el nombre. Más tarde, en mis viajes, me sucedió algo similar con los refinamientos exóticos que rara vez dejaba pasar sin probar. Las casas y tabernas de mala reputación, los barrios de mala nota, las tiendas de antigüedades obscenas, me atraían por igual. No podía resistirme al tipo que, en Montmartre, me hacía una seña para que le siguiese al interior de algún portal, o al chiquillo árabe que quería llevarme con su hermana. Esto no habría tenido nada de particular si al mismo tiempo no me hubiese inhibido una viva repugnancia. Pero la curiosidad prevalecía. El caso es que no sacaba de ello placer alguno. Del mismo modo que no tenía ninguna satisfacción al comer aquellos platos extraños, tampoco me satisfacía contemplar la pérdida de la dignidad humana.

El vicio me dejaba un sombrío recuerdo que persistía largo tiempo. Esto explica por qué no podía demorarme en él, pero no deja de ser un enigma que volvía a buscarlo una y otra vez. Tuvo que aparecer Theresa para que descubriera que un trago de agua clara es más fuerte que todas las esencias.

Ernst Jünger, Abejas de Cristal (1957)

Vacío

Si admitimos por el momento que los desafíos al liberalismo representados por el fascismo y el comunismo han muerto, ¿queda algún otro competidor ideológico? O planteado de otra manera, ¿existen en la sociedad liberal otras contradicciones, más allá de la de clases, que no se puedan resolver? Dos posibilidades saltan a la vista: la religión y el nacionalismo.

El surgimiento en los últimos años del fundamentalismo religioso dentro de las tradiciones cristiana, judía y musulmana ha sido ampliamente señalado. Uno se siente tentado a decir que el resurgimiento de la religión confirma, en cierto modo, una gran insatisfacción con la impersonalidad y el vacío espiritual de las sociedades consumistas liberales. Sin embargo, mientras que el vacío existente en el fondo del liberalismo es, casi con total seguridad, un defecto de la ideología —de hecho, es un fallo que se detecta sin necesidad de recurrir a la perspectiva de la religión—, no está nada claro que pueda remediarse a través de la política.

Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre (1992)

Asombro

Al principio, la ciencia y la filosofía eran lo mismo, y ambas estaban interconectadas con la religión, porque el deseo de entender el cosmos siempre ha sido un impulso espiritual. Einstein escribió lo siguiente: «Sostengo que un sentimiento cósmico de carácter religioso es el motivo más noble para emprender la investigación científica». El orden y la belleza de la naturaleza despiertan sorpresa, asombro y admiración. La sensación de asombro es el impulso, o la semilla, que comparten la religión, la filosofía y la ciencia. Con el tiempo pueden haber seguido caminos diferentes, pero la raíz de las tres se encuentra en la misma experiencia fundamental que define un aspecto esencial de la naturaleza humana. Al apreciar su origen común en el impulso cosmológico, salta a la vista la estrecha relación que hay entre la religión, la filosofía y la ciencia.

David Fideler, Restaurar el alma del mundo (2023)

Philosophia Perennis

En el mundo tal como es realmente, por el hecho de que estamos insertos en él y de él formamos parte, los modos existenciales corpóreos, psíquicos y espirituales se entrelazan en un conjunto que el método puramente analítico de la ciencia moderna no puede captar. La más mínima percepción, el hecho de aprehender con los sentidos un objeto cualquiera, de incorporarlo a la red de imágenes interiores y que el espíritu lo reconozca como verdadero y real, constituye un proceso indivisible que demuestra cómo, en este mundo, condiciones de tipo muy diverso se insertan unas en otras, unas en modo espacio-temporal, otras en modo temporal no espacial y aun otras en modo supraespacial y supratemporal. De ello resulta que la «realidad» no consiste en meras «cosas», sino que representa un orden de inconcebible sutileza y multiplicidad de niveles. Todos los pueblos que no están deformados por la modernidad lo saben. El tener conciencia de la múltiple gradación interna de la existencia forma parte de la experiencia primordial humana. Sólo en virtud de una evolución muy particular del pensamiento podía ignorarse este complejo de experiencias hasta llegar al punto de aceptar una ciencia basada exclusivamente en datos numéricos como explicación satisfactoria del cosmos.

Titus Burckhardt, Ciencia Moderna y Sabiduría Tradicional (1979)

Armonía

El primer prerrequisito para el éxito de una sinfonía es que cada instrumento esté bien fabricado y se encuentre en óptimas condiciones. Un solo instrumento defectuoso dará inmediatamente al traste con la coherencia de la sinfonía. En ese caso, para corregir nuestra orquesta debemos averiguar qué instrumento falla y repararlo. A este nivel, que podemos denominar «pensamiento de factor único», el reduccionismo funciona a la perfección.

El segundo prerrequisito es que todos los músicos cooperen y estén bien coordinados. Aunque cada instrumento esté en buenas condiciones y cada músico ejecute la pieza como es debido, la falta de coordinación arruinará la sinfonía. A este nivel, el pensamiento de factor único y el reduccionismo ya no sirven.

Es evidente que la medicina occidental se ha centrado en el primer prerrequisito para crear una bella sinfonía. El desafío actual de la medicina es avanzar hacia la capacidad de reparar la sinfonía cuando no se cumple el segundo prerrequisito, es decir, cuando la cooperación y la coordinación no funcionan como es debido. Esto supone un reto de segundo nivel, de gran importancia para el intelecto humano. Para los científicos, el análisis objetivo y cuantitativo de algo tan complejo como el sistema mente-cuerpo es una tarea complicadísima.

Changling Zhang, El campo vibratorio (2022)

A Pan y Agua

Porque he cobrado por un cuento doscientas pesetas se ha hablado entre algunos escritores y periodistas como de una cosa inaudita.

—Es mucho —me decían todos.

—No creo que sea mucho —replicaba yo—. Por mi parte, yo no soy capaz de escribir un cuento medianamente divertido todas las semanas. Si lo fuera y publicase uno cada ocho días cobrando doscientas pesetas, ganaría diez mil ochocientas pesetas al año, es decir, mucho menos de lo que cobran una porción de generales inútiles, de ministros inútiles, de subsecretarios inútiles, de profesores inútiles, de abogados mediocres y de médicos mediocres.

—¿Pero hombre, usted se quiere comparar?

—Por qué no.

—Es un orgullo satánico.

—Hay que ver lo difícil, lo extraordinario que es escribir algo divertido y ameno. La gente no quiere creerlo así. Supone que es mucho más serio lo que le aburre que lo que le divierte, considera mucho más lógico que un señor gane cuatro mil duros por dormirse unas horas en un sillón que por escribir algo. Si a la mayoría le enseñan un mamotreto de abogado ilegible y le dicen: «Por esto se ha cobrado diez mil duros», le parecerá muy natural, pero si le mostraran una novela de cien páginas de Turguénev o un sainete de Molière y le dijeran: «Por esto se ha cobrado diez mil duros», le parecería un absurdo.

Pío Baroja, Las horas solitarias (1918)

Guardianes del Sueño

Esa noche, en Zúrich, tuve un sueño. Veía un gran edificio de color blanco, de construcción extendida, con varios pisos, que parecía una universidad. En él estudiaban numerosos alumnos; cada dependencia era una sala de clases. Se estudiaban de preferencia las ciencias exactas y aplicadas, la ingeniería, la física. Cada alumno en ese ejército incontable sería luego un científico, un ingeniero, que aplicaría los maravillosos conocimientos adquiridos para lograr resultados tangibles. Utilizaría esos conocimientos automáticamente, por así decirlo, sin jamás maravillarse, ni prolongar el pensamiento hacia la duda, sin sacar conclusiones vitales, sin remontarse a las esencias. Era éste el mundo del presente y del futuro. Los hombres salidos de estas aulas serían duros, grises, hechos para expresarse en las leyes de la mecánica, productos ellos mismos de la mecánica. Los últimos exponentes de un mundo con alma, de un tiempo solar, con carne y espíritu; los últimos representantes de los dioses y demonios clásicos, de la tierra viva, del vino y de la sangre, ya se fueron. Acababan de morir. Semidioses, hombres vivos, los últimos hijos heroicos del ensueño y de la magia. Serían juzgados por los hombres-hormigas del presente como románticos, como idealistas, productos de la superestructura de una sociedad burguesa en descomposición. Los arquetipos del presente serán los hombres-grises del átomo, de la máquina, los conquistadores físicos del espacio, los que se preparan tan sañudamente en estas universidades de cemento, en estos países de asfalto. Y cada vez será peor, cada vez más.

¿Qué tenía que hacer yo aquí?, me preguntaba. ¿Cuál era mi lugar, mi sitio? Extraño, ajeno, no existía para mí un solo hueco, un solo espacio. ¿Y Hesse, y Jung, dónde se habían ido? Muy lejos, totalmente inalcanzables. Ellos no retornarían jamás; irían a otros mundos, a otros universos ganados por el trabajo que realizaron en su alma. Y yo, ¿qué podía hacer? Prepararme también, cumplir con el esfuerzo para no retornar nunca más a esta tierra y merecer a mi vez el paso a otra esfera. Me quedaba muy poco tiempo para ello, debería hacer el esfuerzo último. Pronto, ahora mismo, si quería salvarme del desierto gris en que la tierra será transformada por la mecánica, de la prisión horrible, y poder avanzar por el mismo sendero que mis camaradas mayores, que mis amigos, los semidioses de sangre y carne, los magos, los guardianes del sueño.

Miguel Serrano, El Círculo Hermético (1965)

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Pasión Civil

Siempre cuentan los hombres antes que las ideas. Para mí las ideas siempre han tenido ojos, nariz, boca, brazos y piernas. Mi historia política es ante todo una historia de presencias humanas. Cuando uno menos se la espera descubre que Italia también está llena de buenas personas.

Mi generación fue una hermosa generación, aunque no hiciera todo lo que habría podido hacer. Ciertamente, durante años la política tuvo para nosotros una importancia tal vez exagerada, mientras que la vida está hecha de muchas cosas. Pero esa pasión civil dio un armazón a nuestra formación cultural.

Si nos interesamos por tantas cosas fue por eso. Si miro a mi alrededor en Europa y en Norteamérica, y comparo a nuestros coetáneos con los más jóvenes, debo decir que nosotros éramos de mejor pasta. De los jóvenes que crecieron después de nosotros en los últimos años en Italia, los mejores saben más que nosotros, pero todos son más teóricos, tienen una pasión ideológica nacida en los libros; nosotros teníamos sobre todo pasión por hacer y esto no quiere decir que fuéramos más superficiales, al contrario.

Italo Calvino, Ermitaño en París (1974)

Poder

Sabía Winston de antemano lo que iba a decirle O’Brien: que el Partido no buscaba el poder por el poder mismo, sino sólo para el bienestar de la mayoría. Que le interesaba tener en las manos las riendas porque los hombres de la masa eran criaturas débiles y cobardes que no podían soportar la libertad ni encararse con la verdad y debían ser dominados y engañados sistemáticamente por otros hombres más fuertes que ellos. Que la Humanidad sólo podía escoger entre la libertad y la felicidad, y para la gran masa de la Humanidad era preferible la felicidad. Que el Partido era el eterno guardián de los débiles, una secta dedicada a hacer el mal para lograr el bien sacrificando su propia felicidad a la de los demás.

George Orwell, 1984 (1949)

Héroe

El héroe es el hombre o la mujer que ha sido capaz de combatir y triunfar sobre sus limitaciones históricas personales y locales, y ha alcanzado las formas humanas generales, válidas y normales.

De esta manera las visiones, las ideas y las inspiraciones surgen prístinas de las fuentes primarias de la vida y del pensamiento humano. De aquí su elocuencia, no de la sociedad y de la psique presentes y en estado de desintegración, sino de la fuente inagotable a través de la cual la sociedad ha de renacer. El héroe ha muerto en cuanto hombre moderno; pero como hombre eterno —perfecto, no específico, universal— ha vuelto a nacer. Su segunda tarea y hazaña formal ha de ser (como Toynbee declara y como todas las mitologías de la humanidad indican) volver a nosotros transfigurado y enseñar las lecciones que ha aprendido sobre la renovación de la vida.

Joseph Campbell, El Héroe de las Mil Caras (1949)

Mecanicismo

La ciencia se centra cada vez más en las probabilidades que en los hechos indiscutibles, y entre la gran diversidad de puntos de vista que conforman el Zeitgeist contemporáneo, reconocemos que nuestra visión de la realidad la constituyen, al menos parcialmente, nuestras interpretaciones, teorías y paradigmas subjetivos; no se trata de una mera descripción sin prejuicios de la verdad objetiva. Sin embargo, la visión científica del mundo aceptada que configura la comprensión colectiva de la realidad sigue estando basada en un modelo mecanicista del universo, en el que se considera que cualquier suceso está determinado por una serie de causas previas.

Para la mente moderna, el universo es un mecanismo funcional carente de alma, compuesto únicamente de materia inerte que se mueve de forma mecánica por la influencia de fuerzas externas. Como partes separadas de este mecanismo gigantesco, los seres humanos no son capaces de verse a sí mismo como pertenecientes a «una gran imagen sagrada única». El sentimiento de alienación que padecen muchas personas respecto al entorno, a la naturaleza e incluso a sus propias raíces psicológicas surge, aunque sean indirectamente, de una visión del mundo que ha quedado ya anticuada, fundamentada en la física del siglo XIX. Si queremos redescubrir el sentimiento de participación significativa con la naturaleza y el cosmos, la visión del mundo dominante debe liberarse de las ataduras del antiguo paradigma. Una mitología nueva y una nueva visión del mundo deben presentar una imagen del universo alternativa, que se refleje en la ciencia de hoy, no en la del pasado, y quizá incluso anticipar las verdades científicas que apenas empiezan a emerger.

Keiron Le Grice, El Cosmos arquetipal (2018)