Ciencia Moderna

El hecho fenoménico no es más que la superficie externa de un proceso que se desarrolla en profundidad, a través de una pluralidad de niveles suprafísicos, y que escapa, por tanto, a los órganos sensoriales lo mismo que a los instrumentos técnicos.

Estructurado según una visión mecanicista de la realidad, el moderno conocimiento científico es un saber ignorante, que deja escapar cuanto de significativo y decisivo hay en el mundo de los fenómenos para la existencia humana; pretende la universalidad, pero, limitando de entrada su visión al campo de lo físicamente constatable o de lo expresable en su lenguaje matemático, rechaza cualquier otra posibilidad de conocimiento y, a partir de ahí, con la misma autoridad con que un ciego podría negar la realidad de los colores, decreta la inexistencia de todo lo que no alcanza a percibir y niega el sentido a todo aquello que es incapaz de comprender; en otras palabras, erige su miopía en método y su desconocimiento en sistema. Amputada la realidad para ajustarla a los límites de sus hipótesis, la ciencia, excluyendo todo lo que podría cuestionarla, no puede hacer otra cosa que verificarse continuamente a sí misma.

Agustín López Tobajas, Manifiesto contra el Progreso (2005)

Aristofobia

Si tornamos los ojos a la realidad española, fácilmente descubriremos en ella un atroz paisaje saturado de indocilidad y sobremanera exento de ejemplaridad. Por una extraña y trágica perversión del instinto encargado de las valoraciones, el pueblo español, desde hace siglos, detesta todo hombre ejemplar o, cuando menos, está ciego para sus cualidades excelentes. Cuando se deja conmover por alguien, se trata, casi invariablemente, de algún personaje ruin e inferior que se pone al servicio de los instintos multitudinarios.

El dato que mejor define la peculiaridad de una raza es el perfil de los modelos que elige, como nada revela mejor la radical condición de un hombre que los tipos femeninos de que es capaz de enamorarse. En la elección de amada, hacemos, sin saberlo, nuestra más verídica confesión.

Después de haber mirado y remirado largamente los diagnósticos que suelen hacerse de la mortal enfermedad padecida por nuestro pueblo, me parece hallar el más cercano a la verdad en la aristofobia u odio a los mejores.

José Ortega y Gasset, España Invertebrada (1922)

Técnica

Cuando se hallaba ausente la igualdad, prevalecía lo repulsivo. La falta de equilibrio despertaba en mí una sensación de náusea. El adversario, o estaba armado, o dejaba de ser adversario. Yo amaba la caza y evitaba los mataderos. La pesca era mi pasión; pero me repugnó cuando supe que se podía pescar hasta el último gasterósteo en arroyos y lagos utilizando la electricidad. El mero hecho, sólo oírlo decir, me bastó; a partir de ese momento ya no volví a tomar en mis manos una caña de pescar. Una sombra fría había caído sobre los remolinos de las truchas y sobre las antiguas aguas en las que soñaban las musgosas carpas y los peregrinos, depojándolos de su encanto.

No era virtud sino asco puro lo que revolvía mi interior cuando veía caer a muchos sobre uno, a uno grande sobre uno pequeño o a un dogo sobre un lebrel enano. Variante primitiva de mi derrotismo, fue más tarde un rasgo de arcaísmo anacrónico que no hacía sino dañarme en nuestro mundo. A menudo me lo he reprochado diciéndome que, una vez que se ha apeado uno del caballo para meterse en un tanque, también debe hacer un nuevo aprendizaje en lo que respecta al pensamiento. Pero son cosas éstas que el pensamiento domina con dificultad.

Ernst Jünger, Abejas de Cristal (1957)

Vida humana

La vida indolora en una felicidad permanente habrá dejado de ser una vida humana. La vida que ahuyenta y proscribe su negatividad se suprime a sí misma. Muerte y dolor van juntos. En el dolor se anticipa la muerte. Quien pretenda erradicar todo dolor tendrá que eliminar también la muerte. Pero una vida sin muerte ni dolor ya no es una vida humana, sino una vida de muertos vivientes. El hombre abjura de sí mismo para sobrevivir. Posiblemente llegue a alcanzar la inmortalidad, pero habrá sido al precio de la vida.

Byung-Chul Han, La sociedad paliativa (2021)

*Francisco de Goya, Duelo a garrotazos (1820-23)

Misterio

La banalización de la sexualidad es un desprecio hacia el verdadero sentido de los sentimientos. Yo la enmarcaría dentro de una concepción ligth de la vida, según la cual todo vale, cualquier comportamiento es bueno si a uno le parece bien. Sexualidad y amor deben ir de la mano: es el mejor modo de favorecer la maduración de la personalidad.

Una cuestión interesante al respecto es el pudor que sienten muchos adolescentes; pudor ante el cuerpo propio y el ajeno, que le enseña a descubrir y preservar la intimidad. Enseñarles la importancia del pudor, con naturalidad, es despertar el respeto por la persona y su misterio.


Hoy se está perdiendo esa parcela misteriosa y mágica de la sexualidad por la masiva difusión, en el cine y en especial en la televisión, de imágenes de sexo, pornografía y sus derivados. Contra ese carácter explícito, el pudor tiene una nota significativa esencial: no mostrar lo que debe permanecer escondido. La cultura actual se ha convertido en una civilización de las cosas y no de las personas. El resultado es que las personas se usan como si fueran cosas, degradándose así su trato.

Enrique Rojas, ¿Quién eres? (2001)

Aduladores

No quiero pasar por alto un asunto importante, y es la falta en que con facilidad caen los príncipes si no son muy prudentes o no saben elegir bien. Me refiero a los aduladores, que abundan en todas las cortes. Porque los hombres se complacen tanto en sus propias obras, de tal modo se engañan, que no atinan a defenderse de aquella calamidad; y cuando quieren defenderse, se exponen al peligro de hacerse despreciables. Pues no hay otra manera de evitar la adulación que el hacer comprender a los hombres que no ofenden al decir la verdad; y resulta que, cuando todos pueden decir la verdad, faltan al respeto. Por lo tanto, un príncipe prudente debe preferir un tercer modo: rodearse de los hombres de buen juicio de su Estado, únicos a los que dará libertad para decirle la verdad, aunque en las cosas sobre las cuales sean interrogados y sólo en ellas. Pero debe interrogarlos sobre todos los tópicos, escuchar sus opiniones con paciencia y después resolver por sí y a su albedrío. Y con estos consejeros comportarse de tal manera que nadie ignore que será tanto más estimado cuanto más libremente hable. Fuera de ellos, no escuchar a ningún otro, poner enseguida en práctica lo resuelto y ser obstinado en su cumplimiento. Quien no procede así se pierde por culpa de los aduladores o, si cambia a menudo de parecer, es tenido en menos.

Niccolò Machiavelli, El Príncipe (1532)

Buen Gusto

Que consideremos una obra de arte disfrutable o no puede ser en última instancia irrelevante en cuanto al efecto que esa obra tenga en nosotros. Una película puede afectarnos muy profundamente aun cuando nos haya resultado difícil de ver o no hayamos entendido del todo lo que el director pretende decirnos, si es que ha pretendido decir algo. Muchas personas han tenido una experiencia ante determinadas obras de arte que, aunque su ego pueda haberla rechazado en ciertos aspectos, ha persistido durante largo tiempo afectándolas sutilmente, lo quisieran o no. El factor crucial no es si la obra nos ha agradado o divertido, sino si hemos permitido que su fuerza interior penetrara el perímetro cerrado de nuestra existencia para expandir nuestro horizonte. La auténtica sensibilidad, el verdadero buen gusto, está en la capacidad de reconocer la presencia de esas fuerzas, de saber distinguir entre una reacción superficial y las profundas emociones que suscitan las fuerzas del arte.

J. F. Martel, Vindicación del Arte en la Era del Artificio (2015)

Pasividad

«Entonces, vive de tortas de jengibre —pensé—. Hablando con propiedad, nunca almuerza. Así que debe de ser vegetariano. Pero no. Nunca come siquiera verduras; no come nada excepto tortas de jengibre». Entonces, mi mente comenzó a soñar despierta en referencia a los efectos que probablemente tendría en la constitución humana vivir exclusivamente de tortas de jengibre. A las tortas de jengibre se las llama así porque uno de sus componentes característicos es el jengibre, que es el que da todo su sabor. Bueno, ¿y qué era el jengibre? Algo picante. ¿Era Bartleby picante? En absoluto. Por lo tanto, el jengibre no tenía ningún efecto en Bartleby. Probablemente él prefería que no lo tuviera.

No hay nada que exaspere más a una persona seria que una resistencia pasiva. Si el individuo que padece la resistencia no tiene un carácter inhumano y el que la opone es perfectamente inofensivo en su pasividad, entonces el primero, con sus mejores modos, se empeñará generosamente en interpretar con su ingenio lo que resulta imposible dilucidar con la razón. Incluso así, en general, yo tenía una buena opinión de Bartleby y de sus costumbres. «¡Pobre hombre! —pensé—, no supone ningún problema. Está claro que no pretende ser impertinente. Su aspecto pone de manifiesto suficientemente que sus excentricidades son involuntarias. Me resulta útil. Puedo llevarme bien con él. Si lo rechazo, lo más probable es que caiga en manos de algún patrón menos indulgente y, entonces, lo tratarán con brusquedad y quizá lo empujen a morir de hambre miserablemente. Sí, entonces, con poco dinero puedo comprar un grato engrandecimiento personal. Hacerme amigo de Bartleby, seguirle la corriente en su extraña voluntad me costará poco o nada y mientras, yo custodiaré en mi alma lo que al final terminará siendo un dulce bocado para mi conciencia». Pero esta euforia no me duraba siempre. La pasividad de Bartleby me irritaba algunas veces. Me sentía extrañamente empujado a topármelo en un nuevo desacuerdo para provocar, en respuesta, alguna chispa de cólera por su parte.

Herman Melville, Bartleby, el escribiente (1853)

Realidad

No importa adónde parece que vayas, o de dónde vengas, todo sucede en tu consciencia. Y la consciencia no se mueve, es siempre idéntica.

Pero, aun así, hay cientos de miles de maneras para perdernos dentro de ella, para quedar atrapados por nuestra propia magia. Y una de las más fáciles es imaginar que lo que pensamos tiene alguna importancia.

Si todo lo que pensamos existe, parecería sensato que bastara con elegir nuestros pensamientos: pensar sólo cosas buenas. Pero esto significa caer de nuevo en la distinción. El hecho de elegir los pensamientos buenos supone descargar los males, y descartar algo es tenerlo en consideración, es decir, hacer que exista. El momento de la elección crea el momento de la negación, que sólo nos trae más y más problemas a medidas que avanzamos por este camino.

Tenemos posibilidad real de elegir. Y es ver que, tal y como somos, no podemos elegir nada porque nuestros pensamientos no son nuestros; nunca lo han sido. Simplemente son la realidad pensándose a sí misma. Cuando intentamos pensar en cosas buenas estamos creando una ilusión bondadosa, la más seductora de las ilusiones, porque nos sume en un sueno aún más profundo.

Y ésta es la historia de nuestras vidas. Nuestro pensamiento siempre nos separa de nosotros mismos, salta al futuro o al pasado. Incluso aquello que pensamos del pasado y el futuro se encuentra en el presente, pero estamos demasiado ocupados para verlo, porque seguimos corriendo tras cosas insignificantes, arrancando pedazos de realidad, porque somos demasiado avariciosos para conformarnos con el todo.

Peter Kingsley, Realidad (2004)

Trinomio Social

La dinámica histórica hoy va contra la ciudadanía. Antes, aunque a costa de mucha sangre, el pueblo acababa sacando algo de sus revueltas contra la nobleza primero y contra la burguesía después; porque unos y otros necesitaban a esa ciudadanía. Pero ya no es así: el Poder cada vez precisa menos de la fuerza de trabajo que la población quiere vender. Y, encima, las revoluciones ya no están a la orden del día; eso es algo que la Generación Y, los millennials, han entendido muy bien, por eso no protestan nada, dicen que sí a todo, aunque luego procuran hacer lo que creen más conveniente.

Ahora queda el Trinomio Social: renta básica, marihuana legal y ocio casi gratis para asegurar la subsistencia de quienes no sean necesarios, para garantizar que esa población permanezca calmada, y para que no haya duda de que estará entretenida. Eso ya es el nuevo modelo, que en esta Tercera Fase se está poniendo claramente de manifiesto.

Santiago Niño-Becerra, Capitalismo 1679-2065 (2020)

Quimeras

—Vive Dios, señor Caballero de la Triste Figura, que no puedo sufrir ni llevar en paciencia algunas cosas que vuestra merced dice, y que por ellas vengo a imaginar que todo cuanto me dice de caballerías y de alcanzar reinos e imperios, de dar ínsulas y de hacer otras mercedes y grandezas, como es uso de caballeros andantes, que todo debe de ser cosa de viento y mentira, y todo pastraña, o patraña, o como lo llamáremos. Porque quien oyere decir a vuestra merced que una bacía de barbero es el yelmo de Mambrino, y que no salga de este error en más de cuatro días, ¿qué ha de pensar, sino que quien tal dice y afirma debe de tener güero el juicio? La bacía yo la llevo en el costal, toda abollada, y llévola para aderezarla en mi casa y hacerme la barba en ella, si Dios me diere tanta gracia que algún día me vea con mi mujer y hijos.

—Mira, Sancho, por el mismo que denantes juraste, te juro —dijo don Quijote— que tienes el más corto entendimiento que tiene ni tuvo escudero en el mundo. ¿Que es posible que en cuanto ha que andas conmigo no has echado de ver que todas las cosas de los caballeros andantes parecen quimeras, necedades y desatinos, y que son todas hechas al revés? Y no porque sea ello ansí, sino porque andan entre nosotros siempre una caterva de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan y les vuelven según su gusto, y según tienen la gana de favorecernos o destruirnos; y así, eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí el yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa. Y fue rara providencia del sabio que es de mi parte hacer que parezca bacía a todos lo que real y verdaderamente es yelmo de Mambrino, a causa que, siendo él de tanta estima, todo el mundo me perseguirá por quitármele; pero, como ven que no es más de un bacín de barbero, no se curan de procuralle, como se mostró bien en el que quiso rompelle y le dejó en el suelo sin llevarle; que a fe que si le conociera, que nunca él le dejara. Guárdale, amigo, que por ahora no le he menester; que antes me tengo de quitar todas estas armas y quedar desnudo como cuando nací, si es que me da en voluntad de seguir en mi penitencia más a Roldán que a Amadís.

Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (1605)

Don Quijote leyendo (1865-1867), Honoré Daumier

Divinidad

Nada más desventurado que el hombre que recorre en círculo todas las cosas y «que indaga», dice, «las profundidades de la tierra», y que busca, mediante conjeturas, lo que ocurre en el alma del vecino, pero sin darse cuenta de que le basta estar junto a la única divinidad que reside en su interior y ser su sincero servidor. Y el culto que se le debe consiste en preservarla pura de pasión, de irreflexión y de disgusto contra lo que procede de los dioses y de los hombres. Porque lo que procede de los dioses es respetable por su excelencia, pero lo que procede de los hombres nos es querido por nuestro parentesco, y a veces, incluso, en cierto modo, inspira compasión, por su ignorancia de los bienes y de los males, ceguera no menor que la que nos priva de discernir lo blanco de lo negro.

Marco Aurelio, Meditaciones (180 d. C)

Muerte

Aprender a vivir no significa aprender a morir. Una vida lograda consiste más bien en olvidar la muerte, igual que uno olvida el azar o se «anticipa» a él. La muerte aparece como clinamen que amenaza con torcer la rectitud del alma. Es, exactamente igual que el azar, una mera exterioridad de la vida que a ella no le incumbe nada. Al igual que el átomo, la muerte es puntual, no se puede introducir en la vida. Mientras se vive, la muerte no se ha presentado, y cuando la muerte se presenta, uno ya no está ahí. La muerte es un punto, no puede trazar líneas del destino.

De la inadmisible soledad del acontecimiento se busca refugio en lo general en cuanto que lo común a todos. La ley de la caída no puede superar la soledad de la teja que cae del techo.

Byung-Chul Han, Caras de la Muerte (2015)

Ilusión

Una ventaja de estar tan lejos de casa es poderse olvidar de las fiestas, con su pesebre y sus Reyes Magos, que me traen recuerdos melancólicos y también un punto de rabia. La melancolía viene de todo lo inconmovible que se movió, empezando por mis padres —desaparecidos hace ya más de tres décadas—, siguiendo por dos bellos y largos matrimonios y terminando por todos los seres queridos de cuando creía, o fingía creer, en los Reyes. No he sido capaz de devolver con creces el afecto que tantos benefactores me otorgaron tan liberalmente, bien porque ya no están o bien porque la vida impide estar en varios sitios a la vez, albergando sentimientos iguales hacia distintas personas. Como la culpa es del tiempo, o mía, esta reacción ante las fiestas navideñas intenta proteger de una ternura que corta como un bisturí el caparazón del carácter, llegando hasta las vísceras que exigen cuidado, benevolencia y, en definitiva, amor sin condiciones. Debo darlo, cuando ya es demasiado tarde.

La rabia navideña me viene de los regalos, y concretamente de las montañas de juguetes que algunos niños reciben, tan absurdos y desproporcionados como para que solo les interesen unos segundos, cuando mucho un par de minutos. Entre cinco y quince cajas de cartón depositadas al pie del árbol o el pesebre ofrecen fantoches de plástico con bocinas y luces, un vehículo de pedales o a motor, los últimos muñecos exhibidos por la televisión, algún invento técnico infantilizado, disfraces, chucherías y cualquier cosa que el niño haya pedido a los Reyes. Como en su cumpleaños, el tira y afloja de la vida se convierte en un obsequio que suspende las reglas de economía, cooperación y realismo de cada día. Los donantes entienden que esas reglas son tristes, y —corrigiendo en su hogar la miseria de la sagrada familia en Nazaret— acumulan donaciones cuyos meros envoltorios no caben en dos cubos colectivos de basura, de tan voluminoso como resulta ser el continente. Por otra parte, es imposible que el regalo emocione cuando se hace de manera masiva dos veces al año, y la alegría imborrable de recibir uno se convierte en costumbre de abrir caja tras caja de insulsas excentricidades.

Me molesta ver la segunda bicicleta regalada a una niña cuyos padres temen dejarla montar, mientras el hijo del vecino sueña ya con la primera como un alquimista con su piedra filosofal. Ese hijo del vecino se resigna sin amargura a que sus padres tengan un coche menos caro, por ejemplo; pero el derroche navideño acontece en la misma fecha del año, cuando al día siguiente la pandilla se reunirá para compararlos, y le sitúa ante algunos compañeros en una posición que no es tanto envidia como inferioridad. Cada juguete que recibe un niño sin ilusión frustra las ilusiones de su coleguilla, incomparablemente más que si lo recibiese con entusiasmo, porque en vez de compartirlo con él se apilará en un armario o esquina de su cuarto, recordando que algunos tienen hasta lo indeseado. El adulto conquista su posición económica, y si uno tiene más consumo suntuario se deberá a que puede o quiere. Los niños, en cambio, van a remolque de sus mayores, y los fastos de Santa Claus les enfrentan a algo no ya ajeno al poder y al querer, sino al merecimiento.

Ponerme tanto en el lugar de los niños que reciben menos en estos banquetes del plástico viene sin duda de mi propia infancia, pues aunque mi padre ganaba buen dinero tuvo la ocurrencia de llevarme a un colegio de millonarios. Yo tenía sin duda bastante e incluso de sobra con los liberales regalos que él y mi madre me hacían, y no recuerdo una sola ocasión en que me doliesen los Reyes de otro. Pero el olvido es una cortina piadosa que corremos para honrar a seres queridos, o descargarnos nosotros de mezquinos resentimientos. Ahora, cuando de mí depende atiborrar o no con presentes a los pequeños, querría que ningún niño se entristeciera pensando en la fragilidad económica de sus padres. Quizá si el ir de compras no fuese tan absorbente —para damas con déficit en otras vocaciones— podríamos devolver el juguete a su sentido más práctico y conmovedor. Esto es, algo que tienda puentes entre el mundo infantil y el mundo adulto, hecho si posible fuese con las manos de los padres, como una muñeca que vi producir a una pareja de italianos sin dinero, en una aislada casa payesa de Ibiza hacia 1973. Él talló su cuerpo a partir de un trozo de madera blanda, y ella le hizo un traje de florecitas, como el que usaba la propia niña, Andrea. Quince años más tarde, cuando Andrea volvió convertida en mujer, la muñeca y ella seguían siendo inseparables.

—Le cambio el vestido cada tres o cuatro años, aunque siempre será de flores.

Hasta qué punto los niños prefieren sencillez y aprendizaje me lo ha ido haciendo ver también mi propia prole. Antes de tener su playstation (un invento de indiscutible mérito), mi hijo Antonio nunca había disfrutado tanto ni tanto tiempo como gracias a una peonza. Empezó con la regalada, que estaba llena de adornos inútiles, y según fue haciéndose más competente buscó otras cada vez más simples y eficaces, pues hasta en peonzas o yoyós hay grandes campeones. Esto no es exactamente lo que pretende El Corte Inglés en sus campañas de Navidad, y tampoco colma el ansia adquisitiva de madres y abuelas, justificada en que los niños conserven así «la ilusión». Pero el efecto más recurrente de tanto regalo convencional es una especie de indigestión para unos, combinada con melancolía para otros. Cuando la ilusión resulta ser milagrera —apoyada sobre Reyes Magos, Santa Claus o Papá Noel—, que estos santos empachen a ciertos niños mientras ignoran al resto no resulta tan alegre, ni para los unos ni para los otros.

Antonio Escohotado, Sesenta semanas en el trópico (2003)

Solos

A fines de abril de 1939, voy a verles nuevamente a Lisboa […] Papá habla mucho conmigo de los problemas futuros de España y de Europa, que va claramente hacia la segunda guerra mundial. Yo le digo: «El general Franco es un hombre que indudablemente tiene enorme capacidad de mando, pero ha faltado a su palabra. Antes de que se tomara Madrid prometió no perseguir a nadie que no tuviera delitos de sangre y, por lo pronto, entre nuestros amigos, aparte de haber encarcelado a muchos y de juzgar y perseguir a otros, ha permitido que condenen a cadena perpetua a Julián Besteiro, viejo y con mala salud, que es un hombre bueno y que no ha hecho más que salvar vidas. Está en la cárcel de Carmona y su final no va a ser bueno. Por tanto, con un hombre que falta a su palabra, no podemos tener nosotros nada que ver».

[…]

La respuesta de mi padre fue casi literalmente así: «Lo más grave es que España, después de los años que van a venir, quedará, en gran parte, encanallada. Eso no quiere decir que los exiliados tengan ninguna razón, porque también la mayor parte de ellos, después de su actuación en la guerra civil, han quedado en peor situación inclusive. Por lo tanto, quedamos flotando, sin pertenecer a nadie».

Miguel Ortega, Ortega y Gasset, mi padre (1983)

Miguel y Jose Ortega

Matar

La resistencia a matar de cerca a alguien de nuestra propia especie es tan grande que a menudo resulta suficiente para imponerse a las influencias acumuladas del instinto de autoprotección, la fuerza coercitiva de la autoridad, las expectativas de los compañeros y la obligación de preservar las vidas de los camaradas.

El soldado en combate se ve atrapado en este trágico callejón sin salida. Si supera su resistencia a matar y mata de cerca a un soldado enemigo en el combate, soportará para siempre la carga de una culpa manchada de sangre. Si elige no matar, entonces la culpa manchada de la sangre de sus camaradas caídos y el oprobio de su profesión, nación y causa recaerán en él. Se trata de un círculo vicioso.

Teniente Coronel Dave Grossman, Matar (2019)

Multitud

Uno de los principales efectos de una democracia, según Tocqueville, es que la noción del honor, peculiar en las sociedades aristocráticas, queda completamente diluida. Como bien escribía Tocqueville “las diferencias y desigualdades de los hombres fueron el origen de la noción de honor; tal noción se debilita en proporción a la extinción de esas diferencias y, con ellas, desaparece”. En una aristocracia feudal, cada una de las clases elevadas tiene su propio sentido del honor, claramente definido por ellas. Porque esas clases se esfuerzan por conservar, exclusiva y hereditariamente, educación, riqueza y poder entre sus propios miembros y, al mismo tiempo, desarrollar nociones de honor más idealmente fijas entre ellos que en el caso de un país democrático que está en constante movimiento, y donde la sociedad, transformada a diario por su propio funcionamiento, cambia sus opiniones juntamente con sus deseos. En tal país, los hombres tienen fugaces destellos de las reglas del honor, pero raramente tienen tiempo de prestarles atención.

El resultado final de tal sistema de individualismo sin propósito es un gradual, pero seguro debilitamiento de su fuerza espiritual y su reducción a un estado de universal estupidez:

Lo primero que llama la atención es una innumerable multitud de hombres, todos iguales, incesantemente ocupados en obtener los mezquinos y miserables placeres con los que sacian sus vidas.

El gobierno, entretanto, se preocupa obsesivamente por la mejora de las condiciones materiales de sus ciudadanos, con el resultado de que cada día el ejercicio del libre albedrío del hombre se vuelve menos útil y menos frecuente; circunscribe la voluntad a límites cada vez más estrechos y gradualmente le va quitando al hombre el goce de sí mismo… tal poder no destruye, pero minoriza la existencia; no tiraniza, pero comprime, enerva, restringe e idiotiza a un pueblo, hasta que cada nación es reducida a nada más que un rebaño de tímidos e industriosos animales, de los cuales el gobierno es el pastor.

Alexander Jacob, Nobilitas (2001)

Selbst

Si se pudiese mejorar al individuo, me parece que existiría un fundamento para mejorar la totalidad de las cosas. Pero un millón de ceros siguen sin hacer un uno. Sostengo, por tanto, la opinión poco popular de que incluso el mejor acuerdo en el mundo solamente puede partir del individuo y efectuarse a través de él. Pero debido a las desmesuradas cifras que se deben tener en cuenta, esta verdad aparece como una nulidad casi desesperante. No obstante, supongamos que alguien quisiese hacer el esfuerzo de realizar su aportación infinitesimal al anhelado ideal; en ese caso debe ser capaz de comprender verdaderamente a otra persona. La condición imprescindible para esto es que se comprenda a sí mismo. Si no lo hace, entonces es inevitable que vea a los demás solamente a través de la niebla distorsionada y engañosa de sus propios prejuicios y proyecciones, y que impute y aconseje a los semejantes precisamente aquellas cosas que a él mismo más falta le hacen. Hay que comprenderse en buena medida a uno mismo si uno pretende realmente entenderse con otro.

Carl Gustav Jung, Cartas II, 418 s.

*Foto: Torre de Bollingen

Dicha o Desdicha

Cuando pienso en mi vida de forma objetiva, considero que no ha sido particularmente feliz. Sin embargo, tampoco la juzgo realmente infeliz, a pesar de todos mis errores. Después de todo, es gran tontería hablar de dicha o de desdicha, ya que por mi parte no cambiaría los días más penosos de mi vida por todos los más felices de mi existencia.

Cuando una persona ha llegado a la etapa de la vida en la que acepta lo inevitable con ecuanimidad, cuando ha probado el bien y el mal hasta llenar su copa, y se ha labrado para sí mismo al margen de su vida exterior, una existencia interna más real y nada fortuita, entonces estipulo que mi vida no ha sido vacía o inútil. Aun cuando mi destino externo se haya desenvuelto como sucede para todos, inevitablemente y según lo decretado por los dioses, mi vida íntima es obra propiamente mía, con sus gozos y amarguras, y soy yo, en lo personal, el responsable de la misma.

Hermann Hesse, Gertrude (1910)

Naturaleza humana

Cuando la razón naturalista se ocupa del hombre, busca, consecuente consigo misma, poner al descubierto su naturaleza. Repara en que el hombre tiene cuerpo —que es una cosa— y se apresura a extender a él la física, y, como ese cuerpo es además un organismo, lo entrega a la biología. Nota asimismo que en el hombre, como en el animal, funciona cierto mecanismo incorporal o confusamente adscrito al cuerpo, el mecanismo psíquico, que es también una cosa, y encarga de su estudio a la psicología, que es ciencia natural. Pero el caso es que así llevamos trescientos años, y que todos los estudios naturalistas sobre el cuerpo y el alma del hombre no han servido para aclararnos nada de lo que sentimos como más estrictamente humano, eso que llamamos cada cual su vida y cuyo entrecruzamiento forma las sociedades que, perviviendo, integran el destino humano. El prodigio que la ciencia natural representa como conocimiento de cosas contrasta brutalmente con el fracaso de esa ciencia natural ante lo propiamente humano. Lo humano se escapa a la razón físico-matemática como el agua por una canastilla.

Y aquí tienen ustedes el motivo por el cual la fe en la razón ha entrado en deplorable decadencia. El hombre no puede esperar más. Necesita que la ciencia le aclare los problemas humanos. Está ya, en el fondo, un poco cansado de astros y de reacciones nerviosas y de átomos. Las primeras generaciones racionalistas creyeron con su ciencia física poder aclarar el destino humano. Descartes mismo escribió ya un Tratado del hombre. Pero hoy sabemos que todos los portentos, en principio inagotables, de las ciencias naturales se detendrán siempre ante la extraña realidad que es la vida humana. ¿Por qué? Si todas las cosas han rendido grandes porciones de su secreto a la razón física, ¿por qué se resiste esta sola denodadamente? La causa tiene que ser profunda y radical; tal vez, nada menos que esto: que el hombre no es una cosa, que es falso hablar de la naturaleza humana, que el hombre no tiene naturaleza. Yo comprendo que oír esto ponga los pelos de punta a cualquier físico, ya que significa, con otras palabras, declarar de raíz a la física incompetente para hablar del hombre. Pero que no se hagan ilusiones con más o menos claridad de conciencia, sospechando o no que hay otro modo de conocimiento, otra razón capaz de hablar sobre el hombre —la convicción de esa incompetencia es hoy un hecho de primera magnitud en el horizonte europeo—. Podrán los físicos sentir ante él enojo o dolor —aunque ambos sean en este caso un poco pueriles—, pero esa convicción es el precipitado histórico de trescientos años de fracaso.

La vida humana, por lo visto, no es una cosa, no tiene una naturaleza, y, en consecuencia, es preciso resolverse a pensarla con categorías, con conceptos radicalmente distintos de los que nos aclaran los fenómenos de la materia. La empresa es difícil, porque, desde hace tres siglos, el fisicismo nos ha habituado a dejar a nuestra espalda, como entidad sin importancia ni realidad, precisamente esa extraña realidad que es la vida humana. Y así, mientras los naturalistas vacan, beatamente absortos, a sus menesteres profesionales, le ha venido en gana a esa extraña realidad de cambiar el cuadrante, y al entusiasmo por la ciencia ha sucedido tibieza, despego, ¿quién sabe si, mañana, franca hostilidad?

Ortega y Gasset, Historia como Sistema (1942)

Vida privada

La vida privada requiere para ser vivida ese fondo de insobornable personalidad. Muchos hombres carecen de él; éstos carecen entonces de auténtica vida privada. Muchos hombres son por completo o casi por completo producto de las influencias sociales ambientes y construyen su ser con las aportaciones que de lo exterior y colectivo les llegan. Tienen un alma formada de puras abstracciones, y su personalidad se reduce a poco más que nada. Son los hombres de tipo medio, vulgar y mostrenco; hombres que aceptan automática y pasivamente cualquier relación, porque para ellos toda relación es, en el fondo, pública, y se basa en mero intercambio de cosas, funciones y servicios: hombres que carecen de soledad y huyen de la soledad, porque al hallarse solos perciben algo así como el vacío de su ser, que está compuesto exclusivamente de tópicos comunes; hombres que repelen toda originalidad, toda frescura prístina de pensamiento y de acción; hombres gregarios, de masa, que repiten como autómatas lo aprendido y que, tras el caudal de formas abstractas recibidas, no alimentan ninguna ilusión personal, ninguna convicción realmente propia, ninguna valoración y preferencia criada en el seno de su vida personal.

Manuel García Morente, Ensayo sobre la Vida Privada (1945)

Origen

Puesto que para la creencia en un origen y en un trasfondo espiritual del universo es decisiva la hipótesis de que no se puede atribuir a la casualidad el origen de formas tan altamente desarrolladas, como el átomo y la célula, hay que reforzar esta suposición con una metáfora que salte a los ojos. Como ejemplo del origen de una forma altamente organizada puede aducirse la construcción de una catedral; pero cabría encontrar otros innumerables ejemplos para este fin. Supongamos que en algún sitio estuviera todo el material de construcción para levantar una catedral, incluso las instalaciones técnicas y la energía necesaria. Sin la idea de un arquitecto, sin sus planes y sin su dirección no surgiría jamás una catedral. Estas reflexiones deben tener también validez para la aparición del átomo y de las células vivas, que son formaciones esencialmente más complicadas y, en muchas cosas, más sutilmente pensadas que una catedral. Si ni siquiera respecto de una célula, la unidad más pequeña de los organismos vivos, es pensable un origen casual, tanto menos lo es respecto de las innumerables formas superiores de vida del reino vegetal y animal. Para la validez deductiva de estas reflexiones es totalmente irrelevante si la evolución de las plantas primitivas a plantas con floración, o la evolución de los reptiles a aves y a mamíferos, se produjo a través de mutaciones paulatinas o a través de grandes saltos; del mismo modo es totalmente intrascendente en qué periodos ocurrió, pues cada nuevo organismo vivo representa la trasposición de un plan, de una nueva idea, a la realidad.

Albert Hofmann, Mundo interior, mundo exterior (1986)

Karma

El momento crítico del “sufrimiento” es aquel en que aparece; el padecimiento sólo perturba en la medida en que su causa permanece todavía ignorada. En cuanto el brujo o el sacerdote descubre la causa por la cual los hijos o los animales mueren, la sequía se prolonga, las lluvias arrecian, la casa desaparece, etcétera, el “sufrimiento” empieza a hacerse soportable; tiene un sentido y una causa, y por consiguiente puede ser incorporado a un sistema y explicado.

Lo que acabamos de decir del “primitivo” se aplica también en buena parte al hombre de las culturas arcaicas. Ciertamente, los motivos que sirven como justificación del sufrimiento y el dolor varían según los pueblos, pero la justificación vuelve a encontrarse en todas partes. En general puede decirse que el sufrimiento es considerado como la consecuencia de un extravío con relación a la “norma”. Cae de su peso que esa “norma” difiere de un pueblo a otro y de una civilización a otra. Pero lo importante para nosotros es que el sufrimiento y el dolor no son en parte alguna —en el cuadro de las civilizaciones arcaicas— considerados como “ciegos” y desprovistos de sentido.

Así, los hindúes elaboraron tempranamente una concepción de la causalidad universal, el karma, que explica los acontecimientos y padecimientos actuales del individuo, y a un mismo tiempo explica la necesidad de las transmigraciones. A la luz de la ley del karma, los sufrimientos no sólo hallan un sentido, sino que adquieren también un valor positivo. Los sufrimientos de la existencia actual no sólo son merecidos —puesto que son el efecto fatal de los crímenes y de las faltas cometidos en el curso de las existencias anteriores—, sino además bienvenidos, pues sólo de ese modo es posible recordar y liquidar una parte de la deuda kármica que pesa sobre el individuo y decide el ciclo de sus existencias futuras. Según la concepción hindú, todo hombre nace con una deuda, pero con la libertad de contraer otras nuevas. Su existencia forma una larga serie de pagos y préstamos cuya contabilidad no siempre es aparente. El que no está totalmente desprovisto de inteligencia puede sobrellevar con serenidad los sufrimientos, los dolores, los golpes que recibe, las injusticias de que se le hace objeto, etcétera, porque por cada una de ellas resuelve una ecuación kármica que en el curso de una existencia anterior quedó sin solución.

Mircea Eliade, El Mito del Eterno Retorno (1949)