Innovación

Jung expresándose siempre con suma sencillez y claridad, y, sin embargo, no lo advertimos porque nos está vedado. Así de poderosa es la magia de este mundo en que vivimos.

En su biografía publicada encontramos negro sobre blanco una declaración explícita de que esta maldad no es, como nos gustaría creer, propia de un mercader o un hombre de negocios sin escrúpulos, sino de todos nosotros. Es el ansia implacable por mejorar, por conseguir lo más reciente, lo más nuevo, lo último.

Es la punzante sensación de descontento e insatisfacción, que nos empuja con cada vez más fuerza hacia un futuro inexistente; es la adicción diabólica a la velocidad, que nos priva de nuestro tiempo y nos despoja de nuestras vidas mientras nos engatusa haciéndonos abandonar lo que somos y lo que deberíamos ser; es la violencia salvaje de los torrentes del progreso, que nos arranca de nuestras raíces; es la estupidez individual y colectiva por convertir algo bueno en algo que se promociona como lo mejor y siempre acaba, como por arte de magia, mucho peor; es la creciente esclavitud ejercida no solo por la tecnología y la ciencia, sino por Gobiernos y poderes estatales que prometen grandes libertades solo para arrebatárnoslas.

O, como Jung expuso en una de las entrevistas que nunca llegaron a publicarse, es la maldad de todos aquellos que se erigen como depravados innovadores. Y no se estaba refiriendo únicamente a las innovaciones tecnológicas, sino también a las espirituales, a las novedosas formas de comunicación, interacción y educación, a las vías mejoradas de hacer el bien, a los métodos más iluminados para alcanzar el despertar, a cualquier solución espiritual que pareciera ofrecer una nueva alternativa a nuestro corrupto mundo moderno de progreso y materialismo, pero que no era más que una versión maquillada de dicho mundo, una elegante extensión.

En otras palabras, cada uno de nosotros es, y sin notarlo siquiera, un perverso promotor inmobiliario: todos somos Faustos dominados por nuestra «hybris e inflación»; cada día asesinamos a Filemón y su mujer. Somos los que continúan quemando su pequeña casa con la intensidad de nuestros pensamientos y la lucidez de nuestras acciones, pues así son las cosas en nuestro tiempo.

Peter Kingsley, Catafalco (2021)

Realidad

No importa adónde parece que vayas, o de dónde vengas, todo sucede en tu consciencia. Y la consciencia no se mueve, es siempre idéntica.

Pero, aun así, hay cientos de miles de maneras para perdernos dentro de ella, para quedar atrapados por nuestra propia magia. Y una de las más fáciles es imaginar que lo que pensamos tiene alguna importancia.

Si todo lo que pensamos existe, parecería sensato que bastara con elegir nuestros pensamientos: pensar sólo cosas buenas. Pero esto significa caer de nuevo en la distinción. El hecho de elegir los pensamientos buenos supone descargar los males, y descartar algo es tenerlo en consideración, es decir, hacer que exista. El momento de la elección crea el momento de la negación, que sólo nos trae más y más problemas a medidas que avanzamos por este camino.

Tenemos posibilidad real de elegir. Y es ver que, tal y como somos, no podemos elegir nada porque nuestros pensamientos no son nuestros; nunca lo han sido. Simplemente son la realidad pensándose a sí misma. Cuando intentamos pensar en cosas buenas estamos creando una ilusión bondadosa, la más seductora de las ilusiones, porque nos sume en un sueno aún más profundo.

Y ésta es la historia de nuestras vidas. Nuestro pensamiento siempre nos separa de nosotros mismos, salta al futuro o al pasado. Incluso aquello que pensamos del pasado y el futuro se encuentra en el presente, pero estamos demasiado ocupados para verlo, porque seguimos corriendo tras cosas insignificantes, arrancando pedazos de realidad, porque somos demasiado avariciosos para conformarnos con el todo.

Peter Kingsley, Realidad (2004)