Hace algunos años, en un viaje a Australia, me contaron la historia del primer encuentro entre un aborigen que vivía en lo más profundo del Outback y la civilización moderna, en algún momento de la década de 1920. Al parecer, nunca había estado cerca de una ciudad o un pueblo y se las había arreglado para evitar cualquier contacto significativo con los europeos. Hasta que un día atisbó a lo lejos una nube de polvo que se desplazaba lentamente hacia él. Cuando estuvo cerca oyó un sonido que nunca había oído antes. Era como un grave gruñido, pero no se parecía al de ninguna criatura viviente. Aquel sonido no expresaba ninguna cualidad anímica reconocible. Cuando la Cosa gruñidora se acercó aún más, el aborigen vio que no se movía como los animales, sino que iba directa hacia él con increíble determinación. La Cosa era totalmente negra, salvo algunas partes que brillaban y lanzaban destellos a la luz del Sol. El aborigen se quedó paralizado, incapaz de hacer otra cosa que observar con creciente nerviosismo aquella ruidosa y bestial aparición que iba acercándose. Cuando al final, arrojando humo y vapores, se alzó amenazante frente a donde él estaba parado, el aborigen cayó involuntariamente de rodillas y, en lo que podemos suponer que fue un absoluto paroxismo de terror, murió.
Esta historia del aborigen cuya alma no fue lo bastante fuerte para sobrevivir a su primer encuentro con un vehículo motorizado expresa de forma conmovedora el problema que entraña la tecnología moderna. La historia sugiere que, para convivir con los vehículos de motor, algo en nuestra alma debe morir. Hay que matar, o al menos suprimir, algo de nuestra humanidad primordial. La tecnología carece de alma. Más aún: tiene un efecto nocivo en nuestra alma. Para relacionarnos no sólo con los vehículos de motor sino con el resto de las máquinas y los aparatos, cada vez más sofisticados, que acompañan nuestra vida cotidiana, parece que debemos distanciarnos de la parte de nuestro ser interior que participa instintivamente en la naturaleza primordial o se siente cercana a ella. Nos volvemos insensibles tanto a lo que es visible como a lo que es invisible en la naturaleza. El mundo de las máquinas, casi por definición, exige que nos cerremos al intrínseco misterio de estar vivos. Y cuanto más sofisticadas son, más nos induce la relación que mantenemos con las máquinas a endurecer el alma: debemos perder nuestra «inocencia» para ser capaces de convivir con ellas.
Jeremy Naydler, La lucha por el futuro humano (2020)


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