Inspiración

Para un principiante como yo, las personas de esa especie tan rara eran de gran provecho, pero todavía tenía que recibir la lección decisiva, la que me valdría para toda la vida. Fue un regalo del azar. En casa de Verhaeren nos habíamos enfrascado en una discusión con un historiador del arte que se lamentaba de que la gran época de la escultura y la pintura ya había pasado. Yo le contradije con vehemencia. ¿Acaso no contábamos todavía entre nosotros con Rodin, un creador de no menos valor que los grandes del pasado? Empecé a enumerar sus obras y, como con casi siempre que uno lucha contra una oposición, lo hice con una fogosidad casi encolerizada. Verhaeren sonreía disimuladamente.

—Alguien que tanto ama a Rodin, debería conocerlo —dijo finalmente—. Mañana voy a su estudio. Si te apetece, vienes conmigo. ¿Que si me apetecía? No pude dormir de alegría. Pero en casa de Rodin me quedé cohibido. No pude dirigirle la palabra ni una sola vez y permanecí entre las estatuas como una de ellas. Curiosamente, este desconcierto mío pareció complacerlo, pues al despedirnos el anciano me preguntó si quería ver su verdadero estudio, en Meudon, e incluso me invitó a comer. Había recibido la primera lección: los grandes hombres son siempre los más amables.

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La segunda me enseñó que casi siempre son los que viven de la forma más sencilla. En casa de este hombre, cuya fama llenaba el mundo y cuyas obras conocía nuestra generación línea por línea como se conoce a los amigos más íntimos, se comía con la misma simplicidad que en la de un campesino medio: un buen y sustancioso pedazo de carne, unas cuantas aceitunas y fruta en abundancia, y todo ello acompañado de un vigoroso vino de la tierra. Esto me infundió tantos ánimos que, al final, acabé hablando de nuevo con desenvoltura, como si aquel anciano y su esposa fueran íntimos amigos míos desde hacía años.

Después de comer pasamos al estudio. Era una sala enorme que reunía copias de sus obras más importantes, pero en medio había centenares de preciosos estudios de detalle: una mano, un brazo, una crin de caballo, una oreja de mujer; la mayoría sólo en yeso. Todavía hoy recuerdo con precisión muchos de aquellos esbozos, que Rodin había plasmado como meros ejercicios, y podría hablar de ellos durante horas. Finalmente, el maestro me condujo a un pedestal cubierto por unos trapos humedecidos que escondían su última obra, un retrato de mujer. Con sus pesadas y arrugadas manos de labriego retiró los trapos y retrocedió unos pasos. Sin querer, se escapó de mi pecho oprimido un grito de «admirable» y al acto me arrepentí de una reacción tan banal. Pero él, con una objetividad tranquila en la que no habría sido posible descubrir ni un asomo de vanidad, contemplando su obra, dijo en voz baja a modo de aprobación:

N’est-ce pas? —luego dudó—. Sólo aquí, en el hombro… ¡Un momento!

Se quitó el batín, lo echó al suelo, se puso la bata blanca, cogió una espátula y con trazo magistral alisó la blanda piel femenina del hombro, que respiraba como si estuviera viva. Luego retrocedió de nuevo unos pasos.

—Y aquí también —murmuró.

Y de nuevo realzó el efecto con un detalle minúsculo. Ya no dijo nada más. Avanzaba y retrocedía, contemplaba la figura en un espejo, murmuraba emitiendo ruidos incomprensibles, cambiaba y corregía. Sus ojos, divertidos y amables durante el almuerzo, ahora se contraían convulsivamente y despedían destellos extraños; parecía más alto y más joven. Trabajaba y trabajaba, trabajaba con toda la fuerza y la pasión de su enorme y robusto cuerpo; cada vez que avanzaba y retrocedía, crujían los maderos del piso. Pero él no los oía. No se daba cuenta de que detrás de él estaba un joven silencioso, con el corazón encogido y un nudo en la garganta, feliz de poder observar en pleno trabajo a un maestro único como él. Se había olvidado completamente de mí. Para él yo no existía. Sólo existía la escultura, la obra y, más allá de ella, la visión de la perfección absoluta.

Transcurrió un cuarto de hora, media hora, no sé cuánto rato. Los grandes momentos se hallan siempre más allá del tiempo. Rodin estaba tan absorto, tan sumido en el trabajo, que ni siquiera un trueno lo habría despertado. Sus movimientos eran cada vez más vehementes, casi furiosos; una especie de ferocidad o embriaguez se había apoderado de él, trabajaba cada vez más y más deprisa. Luego sus manos se volvieron más vacilantes. Parecía como si se hubieran dado cuenta de que ya no tenían nada más que hacer. Una, dos, tres veces retrocedió sin haber cambiado nada. Después masculló algo entre dientes y colocó de nuevo los trapos alrededor de la figura con la misma ternura con que un hombre cubre con un chal los hombros de su amada. Suspiró profunda y relajadamente. Su cuerpo parecía de nuevo más pesado. El fuego se había consumido. Y a continuación sucedió algo para mí incomprensible, la lección magistral: se quitó la bata, se puso el batín y se dio la vuelta para salir. Se había olvidado de mí por completo en aquellos momentos de máxima concentración. No se acordaba de que un joven al que él mismo había invitado al estudio para mostrarle sus obras había permanecido todo el tiempo detrás de él, desconcertado, sin aliento e inmóvil como una de sus estatuas.

Se dirigió hacia la puerta. Cuando iba a cerrarla, me descubrió y, casi enojado, fijó en mí sus ojos: ¿quién era aquel joven desconocido que se había entrometido en su estudio? Pero se acordó enseguida y se me acercó casi avergonzado.

Pardon, monsieur —empezó a decir.

Pero no lo dejé continuar. Me limité a estrecharle la mano como muestra de agradecimiento; hubiera preferido besársela. En aquella hora había visto revelarse el eterno secreto de todo arte grandioso y, en el fondo, de toda obra humana: la concentración, el acopio de todas las fuerzas, de todos los sentidos, el éxtasis, el transporte fuera del mundo de todo artista. Había aprendido algo para toda la vida.

Stefan Zweig, El mundo de ayer (1942)

Nivel de vida

Si la codicia, asistida eficazmente por la envidia, no fuese la maestra del hombre moderno, ¿cómo puede ser que la locura del economismo no se reduzca en tiempos en que se obtienen más altos «niveles de vida» y son precisamente las sociedades más ricas las que persiguen ventajas económicas con absoluta voracidad? ¿Cómo podríamos explicar el rechazo casi total por parte de los que dirigen las sociedades ricas (estén éstas organizadas en empresas privadas o en empresas colectivas) del esfuerzo común hacia una humanización del trabajo?

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Basta que se diga que algo reducirá el «nivel de vida» para que toda posibilidad de debate desaparezca de inmediato. El hecho de que ese trabajo que destruye el alma carece de sentido, es mecánico, monótono y embrutecedor, constituye un insulto para la naturaleza humana y produce necesaria e inevitablemente escapismo o agresión, y el hecho de que ninguna cantidad de «pan y circo» puede compensar por el daño causado son cosas que nadie niega ni reconoce, pero que son admitidas con una inquebrantable conspiración de silencio, porque negarlas sería demasiado absurdo y reconocerlas condenaría la preocupación central de la sociedad moderna como un crimen en contra de la humanidad.

El olvido, y aun el rechazo, de la sabiduría han ido tan lejos que la gran mayoría de nuestros intelectuales no tienen ni siquiera una remota idea acerca del significado de la palabra. En consecuencia, están siempre tratando de curar una enfermedad por medio de la intensificación de sus propias causas. La enfermedad proviene de reemplazar la sabiduría por la técnica y ninguna dosis de investigación técnica parece ser capaz de producir una curación efectiva. Pero ¿qué es la sabiduría? ¿Dónde se puede encontrar? Aquí llegamos al corazón del problema; podemos leer acerca de ella en numerosas publicaciones, pero sólo puede ser encontrada dentro de uno mismo. Uno tiene que liberarse primero de maestros tales como la codicia y la envidia para estar en condiciones de encontrarla. La tranquilidad que sigue a la liberación, aunque sólo sea momentánea, posibilita una percepción de la sabiduría que no puede ser obtenida de otra manera.

Ella nos permite ver el vacío y las insatisfacciones de una vida dedicada básicamente a la obtención de fines materiales, con detrimento de lo espiritual. Tal vida necesariamente enfrenta al hombre contra su prójimo y a las naciones entre sí, porque las necesidades del hombre son infinitas y la infinitud puede ser alcanzada sólo en el reino de lo espiritual, jamás en lo material. El hombre necesita, sin duda, elevarse por encima de este aburrido «mundo» y la sabiduría le muestra el camino para hacerlo. Sin sabiduría el hombre se ve obligado a construir una economía monstruosa que destruye el mundo y a buscar afanosamente satisfacciones fantásticas, como la de poner un hombre en la Luna. En lugar de conquistar el «mundo» caminando hacia la santidad, el hombre trata de conquistarlo ganando prestigio en riqueza, poder, ciencia o incluso en cualquier «deporte» imaginable.

Éstas son las causas de la guerra y es puramente quimérico tratar de sentar los fundamentos de la paz sin eliminar primero aquellas causas. Es doblemente quimérico el construir la paz sobre fundamentos económicos que, al mismo tiempo, descansan sobre el fomento sistemático de la codicia y la envidia, fuerzas que verdaderamente sumergen al hombre en un estado de conflicto.

¿Cómo hacer para comenzar a desmantelar la codicia y la envidia? Tal vez comenzando a ser menos codiciosos y envidiosos nosotros mismos, o evitando la tentación de permitir que nuestros lujos se conviertan en necesidades y por un sistemático análisis de nuestras propias necesidades para encontrar la forma de simplificarlas y reducirlas. Si no tenemos fuerzas para hacer ninguna de estas cosas, ¿podríamos, por lo menos, dejar de aplaudir el tipo de «progreso» económico que adolece de falta de bases para la permanencia y a la vez dar nuestro apoyo, por modesto que sea, a quienes no teniendo temor de ser tildados de excéntricos trabajan por la no violencia como ecólogos, protectores de la vida salvaje, promotores de la agricultura orgánica, productores caseros, etc.? Un gramo de práctica es generalmente más valioso que una tonelada de teoría.

Se necesitarán muchos gramos, sin embargo, para sentar los fundamentos económicos de la paz. ¿Dónde puede uno encontrar las fuerzas necesarias para seguir trabajando en medio de perspectivas tan obviamente negativas? Es más, ¿dónde puede uno encontrar las fuerzas para vencer la violencia de la codicia, la envidia, el odio y la lujuria dentro de uno mismo?

Ernst Friedrich Schumacher, Lo pequeño es hermoso (1973)

Reflexión

Casi todos los que desconfían de sus propias fuerzas ignoran el maravilloso poder de la atención prolongada. Esta especie de polarización cerebral con relación a un cierto orden de percepciones afina el juicio, enriquece nuestra sensibilidad analítica, espolea la imaginación constructiva y, en fin, condensando toda la luz de la razón en las negruras del problema, permite descubrir en éste inesperadas y sutiles relaciones. A fuerza de horas de exposición, una placa fotográfica situada en el foco de un anteojo dirigida al firmamento llega a revelar astros tan lejanos, que el telescopio más potente es incapaz de mostrarlos; a fuerza de tiempo y de atención, el intelecto llega a percibir un rayo de luz en las tinieblas del más abstruso problema.

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La comparación precedente no es del todo exacta. La fotografía astronómica limítase a registrar actos preexistentes de tenue fulgor, mas en la labor cerebral se da un acto de creación. Parece como si la representación mental obstinadamente contemplada, emitiera, al modo de un amibo, apéndices invasores que, después de crecer en todos sentidos y de sufrir extravíos y detenciones, acabaran por vincularse estrechamente con las ideas afines.

La forja de la nueva verdad exige casi siempre severas abstenciones y renuncias. Convendrá durante la susodicha incubación intelectual que el investigador, al modo del sonámbulo, atento sólo a la voz del hipnotizador, no vea ni considere otra cosa que lo relacionado con el objeto de estudio: en la cátedra, en el paseo, en el teatro, en la conversación, hasta en la lectura meramente artística, buscará ocasión de intuiciones, de comparaciones y de hipótesis, que le permitan llevar alguna claridad a la cuestión que le obsesiona. En este proceso adaptativo nada es inútil: los primeros groseros errores, así como las falsas rutas por donde la imaginación se aventura, son necesarios, pues acaban por conducirnos al verdadero camino, y entran, por tanto, en el éxito final, como entran en el acabado cuadro del artista los primeros informes bocetos.

Cuando se reflexiona sobre la curiosa propiedad que el hombre posee de cambiar y perfeccionar su actividad mental con relación a un objeto o problema profundamente meditado, no puede menos de sospecharse que el cerebro, merced a su plasticidad, evoluciona anatómica y dinámicamente, adaptándose progresivamente al tema. Esta adecuada y específica organización adquirida por las células nerviosas produce a la larga lo que yo llamaría talento profesional o de adaptación, y tiene por motor la propia voluntad, es decir, la resolución enérgica de adecuar nuestro entendimiento a la naturaleza del asunto. En cierto sentido no sería paradójico afirmar que el hombre que plantea un problema no es enteramente el mismo que lo resuelve, por donde tienen fácil y llana explicación estas exclamaciones de asombro en que prorrumpe todo investigador al considerar lo fácil de la solución tan laboriosamente buscada. ¡Cómo no se me ocurrió esto desde el principio! —exclamamos—. ¡Qué obcecación la mía al obstinarme en marchar por caminos que no conducen a parte alguna!

Santiago Ramón y Cajal, Reglas y consejos sobre investigación científica. Los tónicos de la voluntad (1897)

*Pintura: Santiago Ramón y Cajal, capitán médico en Cuba, retratado por Izquierdo Vives

El Corazón

Es un gusto profundo y consolador comprobar, y se comprueba siempre que se quiere, que el hombre que piensa de otro modo es como uno mismo y como cualquier otro que tenga los ideales que le plazca. Basta que nos despojemos del disfraz con que andamos por la vida y hablemos, en silencio, de lo que pasa en nuestro corazón.

El corazón, si se le deja solo, es, siempre, casi igual a todos los demás corazones.

Gregorio Marañón, Prólogo de Almas Ardiendo (Léon Degrelle)

Cultura de la Sinceridad

En la República Popular China entra en funcionamiento la «cultura de la sinceridad», que se prevé estará totalmente desarrollada y a plena capacidad para 2020. El sistema se articula alrededor del llamado «crédito social», mediante el cual el Estado, utilizando la información sobre los ciudadanos obtenida a través de herramientas diversas —como el reconocimiento biométrico a partir de cámaras de seguridad (en el momento, hay instaladas 175 millones en el país)—, controla los archivos de pago de impuestos, compras en plataformas de venta online, licencias de tráfico, uso de redes sociales, etc. Utilizando técnicas de Big Data, el Estado chino creará una lista de personas físicas y jurídicas «no dignas de confianza» que serán penalizadas con castigos diversos, de un año de duración como mínimo. Se les prohibirá, por ejemplo, que soliciten un crédito, trabajen en determinadas entidades y ocupen determinados cargos, adquieran pasajes de avión, puedan cursar estudios en una determinada escuela o universidad o, incluso, que puedan residir en determinadas ciudades. La lista será actualizada cada mes. Transportar objetos prohibidos, comportarse de manera «problemática» (comportamientos diferentes a los debidos), no pagar impuestos o multas, utilizar documentación falsa, difundir falsas alarmas terroristas, fumar en lugares prohibidos… son conductas que supondrán la inclusión de los individuos en la lista. Únicamente serán promocionadas las personas que no estén incluidas. Además, el sistema contempla establecer incentivos para mejorar la clasificación, como participar en actividades organizadas por el Partido Comunista Chino y demostrar lealtad al Estado.

Santiago Niño-Becerra, Capitalismo 1679-2065 (2020)

Música

Para mí siempre ha sido motivo de consuelo y justificación para toda la vida que haya música en el mundo, que uno muchas veces se sienta impresionado por ciertos ritmos e inundado por armonías. ¡Oh, la música! Le nace a uno cierta melodía, la canta uno silenciosamente, en el interior solamente; toda la naturaleza individual se posesiona de la tonada y se deja uno llevar por ella por su fuerza y emotividad, y lo notable es que mientras se adueña de uno se olvida lo fortuito, lo banal y lo burdo, nos armoniza con el universo y nos da fuerzas y alas contra nuestra torpeza y depresiones. La melodía de una canción folklórica hace todo eso, y sobre todo nos armoniza sentimentalmente. Por cada armonía agradable, de notas bellamente combinadas, quizás en un solo acorde, nuestro espíritu se siente halagado y anhela seguir escuchando con deleite; hay momentos en la vida en que el corazón se siente lleno de gozo y regocijo que ningún otro placer sensual nos pueda dar.

Hermann Hesse, Gertrude (1910)

Perfección

La perfección humana y la perfección técnica son incompatibles. Si queremos la una debemos sacrificar la otra; en esta decisión comienza la bifurcación. Quien llegue a descubrirlo trabajará más limpiamente, de una manera u otra.

La perfección tiende hacia lo mesurable, y lo perfecto hacia lo inconmensurable. Por eso los mecanismos perfectos llevan a su alrededor el aura de un brillo turbador, pero también fascinante. Suscitan el temor, pero también el orgullo titánico que no quiebra la comprensión, sino solamente la catástrofe.

El temor, y también el entusiasmo que nos comunica la contemplación de mecanismos perfectos, es la contrapartida exacta de la sensación placentera que produce la contemplación de la obra de arte perfecta. Sentimos el ataque a nuestra integridad, a nuestro equilibrio.

Ernst Jünger, Abejas de Cristal (1957)

Arte

Cuando la mayoría de las obras de arte no logran asombrarnos, la explicación tal vez resida en la insensibilidad arraigada que caracteriza y forma parte del estilo de vida contemporáneo. Pero también puede ser consecuencia, como elocuentemente expuso Solzhenitsyn, de los usos que hacemos del arte, tan alejados de su esencia, ya que desde el momento en que aparece la obra de arte entran en juego infinidad de factores —instituciones culturales, presiones sociales, leyes, modas, costumbres, tendencias…— que nos arrastran cada uno en una dirección diferente. La fama, el dinero, el conformismo, la búsqueda de atención, el impulso a rebelarse provocan que el artista abandone su propio enfoque para acomodarse al de otros, de acuerdo a formulismos y esquemas preestablecidos, o que valore los convencionalismos externos por encima de su visión interior. El resultado inevitable es una multitud de obras de arte mediocres, incapaces de conmover a nadie. No es de extrañar, pues, que ante la saturación de objetos estéticos que nos rodea tengamos que distinguir entre el arte auténtico y el que no lo es; es decir, entre el arte que nos asombra, nos maravilla y nos sitúa ante la profundidad del misterio del ser, y el arte que simplemente intenta reforzar nuestras ilusiones compartidas, buscando reconfortarnos o intimidarnos, bajo la idea de que no hay nada ante lo cual maravillarse, puesto que todo ha sido ya inventado.

J. F. Martel, Vindicación del Arte en la Era del Artificio (2015)

Estado del Bienestar

Los años comprendidos entre 2002 y 2007 fueron los años de «el mundo va bien«. Los años en los que todo era posible, porque a cualquiera le estaba permitido acceder a los niveles de endeudamiento que fueran necesarios para cumplir su sueño. Evidentemente, en un contexto como ese no estar bien, no sentirse bien, no comportarse animadamente, no tenía cabida ni era aceptable.

Desde los años ochenta proliferaron medicamentos y sustancias orientadas a mejorar el rendimiento, a reducir el cansancio, a eliminar la ansiedad o a propiciar el descanso. Posiblemente, el más conocido sea el Prozac, de los laboratorios Eli Lilly and Company, comercializado a partir de 1987. Pero desde finales de los noventa comenzaron a generalizarse componentes químico-farmacéuticos cuyo objetivo era, simplemente, ayudar a sentirse bien.

En un mundo exitoso, en crecimiento, en el que todo era posible, ¿cómo iba alguien a no estar receptivo, a no sentirse bien? Incomprensible e inaceptable, y más aún si una batería de sustancias lo hacían posible y lo fomentaban: sentirse bien contribuía a hacer negocios, lo que generaba un aún mayor sentimiento de bienestar.

Santiago Niño-Becerra, Capitalismo 1679-2065 (2020)

Kósmos

La palabra griega kósmos no admite una sola traducción, dado que se refiere a una presencia dual de orden y belleza. Cuando Pitágoras llamó kósmos al universo, lo hizo movido por el afán de describir la encarnación del orden, la belleza y la armonía de la naturaleza.

Que el mundo físico encarna ambos conceptos, el de belleza y el de armonía, puede demostrarse de muy diversas formas, pero nosotros precisamos de una prueba racional definitiva porque hemos olvidado nuestra conexión con la red interna de la vida. Cuando somos capaces de apreciar la exquisita magnificencia de un bosque, de una cadena montañosa o de una galaxia lejana con la mirada limpia, sin ceder a ninguna perturbación, la belleza y la armonía del universo de inmediato nos resultan obvias y las percibimos sin necesidad de disertaciones. Como escribió William Blake: «Si las puertas de la percepción estuvieran limpias, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito».

David Fideler, Restaurar el alma del mundo (2023)

Razón vital

La vida es prisa y necesita con urgencia saber a qué atenerse y es preciso hacer de esta urgencia el método de la verdad. El progresismo que colocaba la verdad en un vago mañana ha sido el opio entontecedor de la humanidad. Verdad es lo que ahora es verdad y no lo que se va a descubrir en un futuro indeterminado. […] Era una curiosa manera de existir a cargo de la posteridad, dejando la propia vida sin cimientos, raíces ni encaje profundo. El vicio se engendra tan en la raíz de esta actitud, que se encuentra ya en la «moral provisional» de Descartes. De aquí que al primer empellón sufrido por la armazón superficial de nuestra civilización: ciencia, economía, moral, política, el hombre se ha encontrado con que no tenía verdades propias, posiciones claras y firmes sobre nada importante.

Lo único en que creía era en la razón física, y ésta, al hacerse urgente su verdad sobre los problemas más humanos, no ha sabido qué decir. Y estos pueblos de Occidente han experimentado de súbito la impresión de que perdían pie, que carecían de punto de apoyo, y han sentido terror pánico y les parece que se hunden, que naufragan en el vacío.

Y, sin embargo, basta un poco de serenidad para que el pie vuelva a sentir la deliciosa sensación de tocar lo duro, lo sólido de la madre tierra, un elemento capaz de sostener al hombre. Como siempre ha acaecido, es preciso y bastante, en vez de azorarse y perder la cabeza, convertir en punto de apoyo aquello mismo que engendró la impresión de abismo. La razón física no puede decirnos nada claro sobre el hombre. ¡Muy bien! Pues esto quiere decir simplemente que debemos desasirnos con todo radicalismo de tratar al modo físico y naturalista lo humano. En vez de ello tomémoslo en su espontaneidad, según lo vemos y nos sale al paso. O, dicho de otro modo: el fracaso de la razón física deja la vía libre para la razón vital e histórica.

Ortega y Gasset, Historia como Sistema (1942)

Soledad

Pero en medio de la libertad lograda se dio bien pronto cuenta Harry de que esa su independencia era una muerte, que estaba solo, que el mundo lo abandonaba de un modo siniestro, que los hombres no le importaban nada; es más, que él mismo a sí tampoco, que lentamente iba ahogándose en una atmósfera cada vez más tenue de falta de trato y aislamiento. Porque ya resultaba que la soledad y la independencia no eran su afán y su objetivo, eran su destino y su condenación, que su mágico deseo se había cumplido y ya no era posible retirarlo, que ya no servía de nada extender los brazos abiertos lleno de nostalgia y con el corazón henchido de buena voluntad, brindando solidaridad y unión; ahora lo dejaban solo. Y no es que fuera odioso y detestado y antipático a los demás. Al contrario, tenía muchos amigos. Muchos lo querían bien. Pero siempre era únicamente simpatía y amabilidad lo que encontraba; lo invitaban, le hacían regalos, le escribían bonitas cartas, pero nadie se le aproximaba espiritualmente, por ninguna parte surgía compenetración con nadie, y nadie estaba dispuesto ni era capaz de compartir su vida. Ahora lo envolvía el ambiente de soledad, una atmósfera de quietud, un apartamiento del mundo que lo rodeaba, una incapacidad de relación, contra la cual no podía nada ni la voluntad, ni el afán, ni la nostalgia. Este era uno de los caracteres más importantes de su vida.

Hermann Hesse, El Lobo Estepario (1927)

Pseudofilosofía

Nuestra cultura se ha prendado tan ciegamente de la tecnología que permitimos que la ciencia, con fundamento en un malentendido, quede sobrerrepresentada en nuestra élite intelectual. Las consecuencias dañinas de este error se perciben con creciente intensidad en la cultura, en forma de un paradigma materialista que, aun siendo infundado, desintegra todo significado y esperanza de la vida humana. Es hora de que lo corrijamos. Es hora de que entendamos que la física, aunque valiosa y extremadamente importante, sólo modela los elementos del «juego»: hacia dónde disparar, qué muro evitar, etcétera. La verdadera naturaleza subyacente a la realidad —las operaciones internas del ordenador que ejecutan el juego— es una cuestión filosófica. Requiere métodos diferentes para ser valorada y entendida del modo apropiado. Pues mientras se permita a científicos como Stephen Hawking hacer absurdas declaraciones pseudofilosóficas sin que sean ignorados o ridiculizados con rotundidad por los principales medios de comunicación —exactamente de la misma manera, digamos, que un artista famoso sería ridiculizado o ignorado por hacer manifestaciones pseudofilosóficas—, nuestra cultura no logrará entender la naturaleza de la difícil situación que atravesamos.

Bernardo Kastrup, ¿Por qué el materialismo es un embuste? (2013)

Pena de Muerte

Sabido es que el comandante en jefe de un ejército es a la vez su máximo poder judicial, y que lo más doloroso de su función en este sentido es la confirmación de las penas de muerte. Por un lado, es deber inexcusable el de mantener la disciplina y sancionar con rigor la cobardía en el combate, por cuanto con ello se defiende el interés de la colectividad. Mas, por otro, ¡es tan duro extinguir una vida con la propia firma!

¿Que la muerte reclama cada día en la guerra cientos o miles de vidas y que cada soldado tiene que hallarse dispuesto a entregar la suya? Desde luego; pero es algo muy distinto caer con honor en el combate, prematuramente alcanzado por la incierta aunque no inesperada bala, de caer con vilipendio frente a las bocas de fuego de los fusiles antes fraternos.

Erich von Manstein, Victorias Frustradas (1955)

Pensar

Solo el dolor causa un cambio radical. En la sociedad paliativa prosigue lo igual. Viajamos por todas partes sin hacer ninguna experiencia. Nos enteramos de todo sin alcanzar un auténtico conocimiento. Las informaciones no conducen ni a la experiencia ni al conocimiento. Carecen de la negatividad de la transformación.

La negatividad del dolor es constitutiva del pensamiento. El dolor es lo que distingue al pensar del calcular, de la inteligencia artificial. Inteligencia significa «escoger entre» (inter-legere). Es una capacidad de discernimiento. Por eso no se sale del ámbito de lo ya existente. No es capaz de engendrar lo totalmente distinto. En eso se diferencia del espíritu. El dolor hace que el pensamiento sea más profundo. Pero no hay un cálculo profundo. ¿En qué consiste la hondura del pensar? A diferencia del cálculo, el pensar crea una perspectiva totalmente nueva del mundo, e incluso un nuevo mundo. Solo lo vivo, la vida capaz de sentir dolor, es capaz de pensar. La inteligencia artificial carece justamente de esta vida.

Byung-Chul Han, La sociedad paliativa (2021)

*Fotografía: Elina Brotherus

Karma

El momento crítico del “sufrimiento” es aquel en que aparece; el padecimiento sólo perturba en la medida en que su causa permanece todavía ignorada. En cuanto el brujo o el sacerdote descubre la causa por la cual los hijos o los animales mueren, la sequía se prolonga, las lluvias arrecian, la casa desaparece, etcétera, el “sufrimiento” empieza a hacerse soportable; tiene un sentido y una causa, y por consiguiente puede ser incorporado a un sistema y explicado.

Lo que acabamos de decir del “primitivo” se aplica también en buena parte al hombre de las culturas arcaicas. Ciertamente, los motivos que sirven como justificación del sufrimiento y el dolor varían según los pueblos, pero la justificación vuelve a encontrarse en todas partes. En general puede decirse que el sufrimiento es considerado como la consecuencia de un extravío con relación a la “norma”. Cae de su peso que esa “norma” difiere de un pueblo a otro y de una civilización a otra. Pero lo importante para nosotros es que el sufrimiento y el dolor no son en parte alguna —en el cuadro de las civilizaciones arcaicas— considerados como “ciegos” y desprovistos de sentido.

Así, los hindúes elaboraron tempranamente una concepción de la causalidad universal, el karma, que explica los acontecimientos y padecimientos actuales del individuo, y a un mismo tiempo explica la necesidad de las transmigraciones. A la luz de la ley del karma, los sufrimientos no sólo hallan un sentido, sino que adquieren también un valor positivo. Los sufrimientos de la existencia actual no sólo son merecidos —puesto que son el efecto fatal de los crímenes y de las faltas cometidos en el curso de las existencias anteriores—, sino además bienvenidos, pues sólo de ese modo es posible recordar y liquidar una parte de la deuda kármica que pesa sobre el individuo y decide el ciclo de sus existencias futuras. Según la concepción hindú, todo hombre nace con una deuda, pero con la libertad de contraer otras nuevas. Su existencia forma una larga serie de pagos y préstamos cuya contabilidad no siempre es aparente. El que no está totalmente desprovisto de inteligencia puede sobrellevar con serenidad los sufrimientos, los dolores, los golpes que recibe, las injusticias de que se le hace objeto, etcétera, porque por cada una de ellas resuelve una ecuación kármica que en el curso de una existencia anterior quedó sin solución.

Mircea Eliade, El Mito del Eterno Retorno (1949)

Autocrítica

La gente ha sido inexplicablemente buena conmigo. No tengo enemigos, y si ciertas personas se han puesto ese disfraz, han sido tan bondadosas que ni siquiera me han lastimado. Cada vez que leo algo que han escrito contra mí, no sólo comparto el sentimiento sino que pienso que yo mismo podría hacer mucho mejor el trabajo. Quizá debería aconsejar a los aspirantes a enemigos que me envíen sus críticas de antemano, con la seguridad de que recibirán toda mi ayuda y mi apoyo. Hasta he deseado secretamente escribir, con seudónimo, una larga invectiva contra mí mismo. ¡Ay, las crudas verdades que guardo!

A mi edad uno debería tener conciencia de los propios límites, y ese conocimiento quizá contribuya a la felicidad.

Jorge Luis Borges, Notas autobiográficas (1970)

Encuentro consigo mismo

Es cierto que quien mira en el espejo del agua, ve ante todo su propia imagen. El que va hacia sí mismo corre el riesgo de encontrarse consigo mismo. El espejo no favorece, muestra con fidelidad la figura que en él se mira, nos hace ver ese rostro que nunca mostramos al mundo, porque lo cubrimos con la persona, la máscara del actor. Pero el espejo está detrás de la máscara y muestra el verdadero rostro. Esa es la primera prueba de coraje en el camino interior; una prueba que basta para asustar a la mayoría, pues el encuentro consigo mismo es una de las cosas más desagradables y el hombre lo evita en tanto puede proyectar todo lo negativo sobre su mundo circundante. Si uno está en situación de ver su propia sombra y soportar el saber que la tiene, sólo se ha cumplido una pequeña parte de la tarea: al menos se ha trascendido lo inconsciente personal.

Pero la sombra es una parte viviente de la personalidad y quiere entonces vivir de alguna forma. No es posible rechazarla ni esquivarla inofensivamente. Este problema es extraordinariamente grave, pues no sólo pone en juego al hombre todo, sino que también le recuerda al mismo tiempo su desamparo y su impotencia. A las naturalezas fuertes —¿o hay que decir más bien débiles?— no les gusta esta alusión y se fabrican entonces algún más allá del bien y del mal, cortando así el nudo gordiano en lugar de deshacerlo. Pero tarde o temprano la cuenta debe ser saldada. Hay que confesarse que existen problemas que de ningún modo se pueden resolver con los medios propios. Esta confesión tiene la ventaja de la probidad, de la verdad y de la realidad, y así al asumir esa imposibilidad se ponen las bases para una reacción compensatoria de lo inconsciente colectivo, es decir, que quien reconoce la existencia del problema está inclinado a prestar atención a una ocurrencia útil o percibir ideas que antes no había dejado aparecer.

Atenderá quizás a sueños que sobrevienen en tales momentos o reflexionará sobre ciertos acontecimientos que justamente en ese tiempo tienen lugar en nosotros. Si se tiene tal actitud se pueden despertar y captar fuerzas útiles que dormitan en la naturaleza profunda del hombre, pues el desamparo y la debilidad son la vivencia eterna y el eterno problema de la humanidad y para esa situación existe también una respuesta eterna: de lo contrario el hombre hubiera desaparecido hace ya mucho. Una vez que se ha hecho todo lo que se pudo hacer, queda todavía lo que se podría hacer si uno tuviera conocimiento de ello. Pero, ¿cuánto sabe el hombre de sí mismo? De acuerdo con todo lo que la experiencia nos muestra, es muy poco. Por eso queda todavía mucho espacio libre para lo inconsciente.

Carl Gustav Jung, Arquetipos e Inconsciente Colectivo (1933-55)

Infancia

Yo nunca he sido niño. No he tenido infancia.

Cálidas y blondas jornadas de embriaguez pueril; largas serenidades de la inocencia; sorpresas de los descubrimientos cotidianos del universo: ¿qué son para mí? No los conozco o no los recuerdo. Después los he sabido por los libros, los adivino, ahora, en los muchachos que veo; los he sentido y probado por primera vez en mí, pasados los veinte años, en algún instante feliz del armisticio o de abandono. Infancia es amor, alegría, despreocupación, y yo me veo en el pasado siempre, separado y meditabundo.

Giovanni Papini, Un Hombre Acabado (1913)

Vivir

Nadie puede dejar que su vida se la den hecha; cada cual tiene que hacerla y rehacerla continuamente, día tras día, momento a momento, con sus propias decisiones, con su inteligencia y su voluntad, si quiere que la suya sea una vida realmente humana. Cada uno de nosotros tiene que hacer él mismo su proyecto y llevarlo a la práctica: tiene, en primer lugar, que idearlo, forjarlo, fundarlo, darle forma y fundamento; y, después, empeñar en él su voluntad, esforzarse por que ese proyecto se cumpla, trabajar y organizarse para que se haga realidad en la vida de todos los días, vigilar para asegurarse de que va avanzando hacia su consecución y culminación. No podemos tolerar que nuestra vida nos venga dictada por los órganos de poder o por las consignas más o menos subbliminales lanzadas por la propaganda, la prensa y los medios de comunicación de masas. Y menos aún podemos tolerar vivir sin un proyecto, sin horizonte alguno, sin brújula ni norte que guíe nuestros pasos, como entes inertes y acéfalos o como sacos que son llevados de aquí para allá, como cuerpos sin decisión ni mando propio que van al garete arrastrados por la corriente.

Antonio Medrano, Magia y Misterio del Liderazgo (1996)

El olvido del Ser

Esta Europa, en atroz ceguera y siempre a punto de apuñalarse a sí misma, yace hoy bajo la gran tenaza formada entre Rusia, por un lado, y América por otro. Rusia y América, metafísicamente vistas, son la misma cosa: la misma furia desesperada de la técnica desencadenada y de la organización abstracta del hombre normal. Cuando el más apartado rincón del globo haya sido técnicamente conquistado y económicamente explotado; cuando un suceso cualquiera sea rápidamente accesible en un lugar cualquiera y en un tiempo cualquiera; cuando se puedan “experimentar”, simultáneamente, el atentado a un rey, en Francia, y un concierto sinfónico en Tokio; cuando el tiempo solo sea rapidez, instantaneidad y simultaneidad, mientras que lo temporal, entendido como acontecer histórico, haya desaparecido de la existencia de todos los pueblos; cuando el boxeador rija como el gran hombre de una nación, cuando en número de millones triunfen las masas reunidas en asambleas populares, entonces, justamente entonces, volverán a atravesar todo el aquelarre, como fantasmas, las preguntas: ¿para qué?, ¿hacia dónde?, ¿y después qué?

La decadencia espiritual de la tierra ha ido tan lejos que los pueblos están amenazados por perder la última fuerza del espíritu, la que todavía permitiría ver y apreciar la decadencia como tal (pensada en relación con el destino del  “ser”). Esta simple comprobación no tiene nada que ver con el pesimismo cultural, ni tampoco, como es obvio, con el optimismo. En efecto, el oscurecimiento del mundo, la huida de los dioses, la destrucción de la tierra, la masificación del hombre, la sospecha insidiosa contra todo lo creador y libre, ha alcanzado en todo el planeta tales dimensiones que, categorías tan pueriles como las del pesimismo y del optimismo, se convirtieron, desde hace tiempo, en risibles.

Martin Heidegger, Introducción a la metafísica (1953)

Ciencia Moderna

El hecho fenoménico no es más que la superficie externa de un proceso que se desarrolla en profundidad, a través de una pluralidad de niveles suprafísicos, y que escapa, por tanto, a los órganos sensoriales lo mismo que a los instrumentos técnicos.

Estructurado según una visión mecanicista de la realidad, el moderno conocimiento científico es un saber ignorante, que deja escapar cuanto de significativo y decisivo hay en el mundo de los fenómenos para la existencia humana; pretende la universalidad, pero, limitando de entrada su visión al campo de lo físicamente constatable o de lo expresable en su lenguaje matemático, rechaza cualquier otra posibilidad de conocimiento y, a partir de ahí, con la misma autoridad con que un ciego podría negar la realidad de los colores, decreta la inexistencia de todo lo que no alcanza a percibir y niega el sentido a todo aquello que es incapaz de comprender; en otras palabras, erige su miopía en método y su desconocimiento en sistema. Amputada la realidad para ajustarla a los límites de sus hipótesis, la ciencia, excluyendo todo lo que podría cuestionarla, no puede hacer otra cosa que verificarse continuamente a sí misma.

Agustín López Tobajas, Manifiesto contra el Progreso (2005)

Aristofobia

Si tornamos los ojos a la realidad española, fácilmente descubriremos en ella un atroz paisaje saturado de indocilidad y sobremanera exento de ejemplaridad. Por una extraña y trágica perversión del instinto encargado de las valoraciones, el pueblo español, desde hace siglos, detesta todo hombre ejemplar o, cuando menos, está ciego para sus cualidades excelentes. Cuando se deja conmover por alguien, se trata, casi invariablemente, de algún personaje ruin e inferior que se pone al servicio de los instintos multitudinarios.

El dato que mejor define la peculiaridad de una raza es el perfil de los modelos que elige, como nada revela mejor la radical condición de un hombre que los tipos femeninos de que es capaz de enamorarse. En la elección de amada, hacemos, sin saberlo, nuestra más verídica confesión.

Después de haber mirado y remirado largamente los diagnósticos que suelen hacerse de la mortal enfermedad padecida por nuestro pueblo, me parece hallar el más cercano a la verdad en la aristofobia u odio a los mejores.

José Ortega y Gasset, España Invertebrada (1922)

Técnica

Cuando se hallaba ausente la igualdad, prevalecía lo repulsivo. La falta de equilibrio despertaba en mí una sensación de náusea. El adversario, o estaba armado, o dejaba de ser adversario. Yo amaba la caza y evitaba los mataderos. La pesca era mi pasión; pero me repugnó cuando supe que se podía pescar hasta el último gasterósteo en arroyos y lagos utilizando la electricidad. El mero hecho, sólo oírlo decir, me bastó; a partir de ese momento ya no volví a tomar en mis manos una caña de pescar. Una sombra fría había caído sobre los remolinos de las truchas y sobre las antiguas aguas en las que soñaban las musgosas carpas y los peregrinos, depojándolos de su encanto.

No era virtud sino asco puro lo que revolvía mi interior cuando veía caer a muchos sobre uno, a uno grande sobre uno pequeño o a un dogo sobre un lebrel enano. Variante primitiva de mi derrotismo, fue más tarde un rasgo de arcaísmo anacrónico que no hacía sino dañarme en nuestro mundo. A menudo me lo he reprochado diciéndome que, una vez que se ha apeado uno del caballo para meterse en un tanque, también debe hacer un nuevo aprendizaje en lo que respecta al pensamiento. Pero son cosas éstas que el pensamiento domina con dificultad.

Ernst Jünger, Abejas de Cristal (1957)

 

Vida humana

La vida indolora en una felicidad permanente habrá dejado de ser una vida humana. La vida que ahuyenta y proscribe su negatividad se suprime a sí misma. Muerte y dolor van juntos. En el dolor se anticipa la muerte. Quien pretenda erradicar todo dolor tendrá que eliminar también la muerte. Pero una vida sin muerte ni dolor ya no es una vida humana, sino una vida de muertos vivientes. El hombre abjura de sí mismo para sobrevivir. Posiblemente llegue a alcanzar la inmortalidad, pero habrá sido al precio de la vida.

Byung-Chul Han, La sociedad paliativa (2021)

*Francisco de Goya, Duelo a garrotazos (1820-23)