Cuando en el jardín o en el paseo me paro ante una planta y la contemplo meditativamente, entonces no sólo veo lo que también ve quien no es químico, su figura, su color, su belleza, sino que además me asaltan ideas sobre su configuración, su vida interna, y sobre los procesos físicos y químicos que subyacen a ésta. Hay incontables combinaciones químicas singulares de las que se compone la planta. Puedo imaginarme sus fórmulas. Por nombrar sólo algunas: la síntesis de la sustancia que forma el armazón, la celulosa, a partir de subproductos del azúcar; luego, la compleja fórmula de la clorofila, que consta de varios anillos de hidrocarburos nitrogenados y de un átomo central de magnesio; después, la fórmula estructural de los pigmentos de la flor, por ejemplo, la fórmula de un pigmento azul, de un antocianuro. La mayoría de estos componentes de las plantas se puede obtener también mediante síntesis química. Conozco el esfuerzo que se necesita para ello en el laboratorio, su constitución a partir de grupos reactivos de átomos a través de muchos pasos intermedios, a altas o bajas temperaturas según el tipo de reacción química, bien al vacío, bien a presión elevada, etc. El químico que con toda una escuela de ayudantes y estudiantes realizó el trabajo decisivo en el descubrimiento de la estructura de la clorofila, el profesor Hans Fischer, de Munich, recibió en su día el Premio Nobel por ello, y el profesor de la Universidad de Harvard, Robert Woodward, fallecido hace pocos años, que logró finalmente la síntesis total de la clorofila, fué distinguido igualmente con el Premio Nobel. Mi venerado maestro y director de mi tesis doctoral, el profesor Paul Karrer, que en los años veinte y treinta trabajó en el Instituto de la Universidad de Zurich en el esclarecimiento de las estructuras y en la síntesis de los pigmentos de las flores, los antocianuros y carotinoideos, recibió también por estos trabajos el Premio Nobel. Todos estos logros fueron posibles únicamente sobre la base de los conocimientos acumulados por las generaciones anteriores de químicos. Menciono esto para mostrar el enorme trabajo químico que se esconde tras la síntesis de cada una de las numerosas sustancias que componen una planta.
Cualquier hierbecilla es capaz de producir este resultado. Con el mayor silencio y discreción, con la luz como única fuente de energía, produce estas sustancias, para cuya síntesis no bastaría el trabajo de cientos de químicos durante muchos años. El químico no puede menos que maravillarse ante esto.
Albert Hofmann, Mundo interior, mundo exterior (1986)



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