Puesto que para la creencia en un origen y en un trasfondo espiritual del universo es decisiva la hipótesis de que no se puede atribuir a la casualidad el origen de formas tan altamente desarrolladas, como el átomo y la célula, hay que reforzar esta suposición con una metáfora que salte a los ojos. Como ejemplo del origen de una forma altamente organizada puede aducirse la construcción de una catedral; pero cabría encontrar otros innumerables ejemplos para este fin. Supongamos que en algún sitio estuviera todo el material de construcción para levantar una catedral, incluso las instalaciones técnicas y la energía necesaria. Sin la idea de un arquitecto, sin sus planes y sin su dirección no surgiría jamás una catedral. Estas reflexiones deben tener también validez para la aparición del átomo y de las células vivas, que son formaciones esencialmente más complicadas y, en muchas cosas, más sutilmente pensadas que una catedral. Si ni siquiera respecto de una célula, la unidad más pequeña de los organismos vivos, es pensable un origen casual, tanto menos lo es respecto de las innumerables formas superiores de vida del reino vegetal y animal. Para la validez deductiva de estas reflexiones es totalmente irrelevante si la evolución de las plantas primitivas a plantas con floración, o la evolución de los reptiles a aves y a mamíferos, se produjo a través de mutaciones paulatinas o a través de grandes saltos; del mismo modo es totalmente intrascendente en qué periodos ocurrió, pues cada nuevo organismo vivo representa la trasposición de un plan, de una nueva idea, a la realidad.
Albert Hofmann, Mundo interior, mundo exterior (1986)


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