Vivir

No, la vida no es existir sólo mi mente, mis ideas: es todo lo contrario. Desde Descartes el hombre occidental se había quedado sin mundo. Pero vivir significa tener que ser fuera de mí, en el absoluto fuera que es la circunstancia o mundo: es tener, quiera o no, que enfrentarme y chocar constante, incesantamente con cuanto integra este mundo: minerales, plantas, animales, los otros hombres. No hay remedio. Tengo que apechugar con todo eso. Tengo velis nolis que arreglármelas, mejor o peor, con todo ello. Pero eso —encontrarme con todo ello y necesitar arreglármelas con todo ello—, eso me pasa últimamente a mí solo y tengo que hacerlo solitariamente sin que en el plano decisivo —nótese que digo en el plano decisivo— pueda nadie echarme una mano.

Ortega y Gasset, El Hombre y la Gente, Vol. I (1957)

Tabula rasa

Existe hoy día el miedo, cada vez más amenazador, de un fin catastrófico del mundo producido por las armas termonucleares. En la conciencia de los occidentales, este fin será radical y definitivo; no le seguirá una nueva creación del mundo. No nos es posible emprender aquí un análisis sistemático de las múltiples expresiones del miedo atómico moderno. Pero otros fenómenos culturales occidentales nos parecen significativos para nuestra investigación. Me refiero especialmente a la historia del arte occidental. Desde principios de siglo las artes plásticas, así como la literatura y la música, han conocido transformaciones tan radicales que se ha podido hablar incluso de una «destrucción del lenguaje artístico». Comenzada en la pintura, esta «destrucción del lenguaje» se ha extendido a la poesía, a la novela y, recientemente, con Ionesco, al teatro. En ciertos casos se trata de una verdadera destrucción del Universo artístico establecido. Al contemplar algunas obras recientes, se tiene la impresión de que el artista ha querido hacer tabula rasa de toda la historia de la pintura. Mas que una destrucción, es una regresión al Caos, a una especie de massa confusa primordial. Y, sin embargo, ante tales obras, se adivina que el artista está a la búsqueda de algo que no se ha expresado aún. Le era preciso reducir a la nada las ruinas y los escombros acumulados por las revoluciones plásticas precedentes; le era preciso llegar a una modalidad gremial de la materia para poder recomenzar a cero la historia del arte. En muchos artistas modernos se nota que la «destrucción del lenguaje plástico» no es sino la primera fase de un proceso más complejo y que la recreación de un nuevo Universo debe seguir necesariamente.

Mircea Eliade, Mito y Realidad (1963)

Orden Digital

El orden terreno, el orden de la tierra, está terminando hoy. Está siendo reemplazado por el orden digital. Heidegger es el último pensador del orden terreno. La muerte y el dolor no tienen cabida en el orden digital. No hacen más que perturbar. También son sospechosos el duelo y la nostalgia. El orden digital desconoce el dolor de la cercanía de la lejanía. La cercanía está marcada por la lejanía. El orden digital allana la cercanía reduciéndola a la falta de distancia, de modo que no duele. Bajo la presión por hacer todo disponible, todo se vuelve conseguible y consumible. El hábito digital dice: todo tiene que estar disponible de inmediato. El telos del orden digital es la total disponibilidad. Carece de la «lentitud del vacilante recato ante lo no factible».

El secreto es esencial para el orden terreno. Por el contrario, el lema del orden digital es «transparencia». Esta elimina todo ocultamiento. El orden digital también hace transparente el lenguaje, es decir, lo hace disponible al cosificarlo reduciéndolo a informaciones. Las informaciones carecen de reverso oculto. El mundo se vuelve transparente cuando es transformado en datos. Los algoritmos y la inteligencia artificial hacen transparente también la conducta humana, es decir, la hacen predecible y manejable. El orden digital está animado por el dataísmo, por el totalitarismo de los datos. Reemplaza la narración por la adición. «Digital» significa numérico. Lo numérico es más transparente, está más disponible que lo narrativo.

Byung-Chul Han, La sociedad paliativa (2021)

*Las tres velas, Joaquín Sorolla

Gratitud

Los milagros son comparables a las piedras: están por todas partes ofreciendo su belleza y casi nadie les concede valor. Vivimos en una realidad donde abundan los prodigios, pero ellos son vistos solamente por quienes han desarrollado su percepción. Sin esa senbilidad todo se hace banal, al acontecimiento maravilloso se le llama casualidad, se avanza por el mundo sin esa llave que es la gratitud. Cuando sucede lo extraordinario se le ve como un fenómeno natural, del que, como parásitos, podemos usufructar sin dar nada en cambio. Mas el milagro exige un intercambio: aquello que me es dado debo hacerlo fructificar para los otros.

Alejandro Jodorowsky, La danza de la realidad (2001)

La Gaya Ciencia

¿Es posible que el último fin de la ciencia sea suministrar al hombre todo el placer posible y ahorrarle todas las molestias que puedan evitarse?, ¿y cómo, si el placer y el dolor están tan fuertemente atados uno al otro, que quien quiera gozar del primero hasta donde quepa tendrá por fuerza que gustar también el último en proporción semejante, y el que aspire a elevarse en su júbilo al cielo ha de prepararse también a estar triste a par de la muerte? Y así es, tal vez. Al menos así lo entendían los estoicos, y eran consecuentes cuando pedían el menor placer posible para que la vida les causara pocas molestias. […] Hoy todavía cabe elegir: o bien la menor molestia posible, es decir, la ausencia del dolor —y los socialistas y los políticos de todos los partidos no deberían, honradamente, ofrecer más a sus partidarios—, o bien las mayores molestias posibles, como precio del aumento de una multitud de deleites y placeres refinados y rara vez calados hasta ahora. Si os decidís por lo primero, si queréis disminuir los padecimientos de los hombres, sabedlo bien, tendréis que disminuir también su capacidad para el deleite. Cierto es que con la ciencia se puede ayudar a uno y otro fin. Tal vez lo que se conoce ahora mejor de la ciencia es su facultad de privar a los hombres del placer y de tornarlos más fríos, más insensibles, más estoicos. Pero también podrían descubrirse en ella facultades de gran dispensadora de dolores. Y entonces se descubriría a la vez su fuerza contraria, su facultad inmensa de ofrecer al placer un nuevo cielo estrellado.

F. W. Nietzsche, La Gaya Ciencia (1882)