Pasividad

«Entonces, vive de tortas de jengibre —pensé—. Hablando con propiedad, nunca almuerza. Así que debe de ser vegetariano. Pero no. Nunca come siquiera verduras; no come nada excepto tortas de jengibre». Entonces, mi mente comenzó a soñar despierta en referencia a los efectos que probablemente tendría en la constitución humana vivir exclusivamente de tortas de jengibre. A las tortas de jengibre se las llama así porque uno de sus componentes característicos es el jengibre, que es el que da todo su sabor. Bueno, ¿y qué era el jengibre? Algo picante. ¿Era Bartleby picante? En absoluto. Por lo tanto, el jengibre no tenía ningún efecto en Bartleby. Probablemente él prefería que no lo tuviera.

No hay nada que exaspere más a una persona seria que una resistencia pasiva. Si el individuo que padece la resistencia no tiene un carácter inhumano y el que la opone es perfectamente inofensivo en su pasividad, entonces el primero, con sus mejores modos, se empeñará generosamente en interpretar con su ingenio lo que resulta imposible dilucidar con la razón. Incluso así, en general, yo tenía una buena opinión de Bartleby y de sus costumbres. «¡Pobre hombre! —pensé—, no supone ningún problema. Está claro que no pretende ser impertinente. Su aspecto pone de manifiesto suficientemente que sus excentricidades son involuntarias. Me resulta útil. Puedo llevarme bien con él. Si lo rechazo, lo más probable es que caiga en manos de algún patrón menos indulgente y, entonces, lo tratarán con brusquedad y quizá lo empujen a morir de hambre miserablemente. Sí, entonces, con poco dinero puedo comprar un grato engrandecimiento personal. Hacerme amigo de Bartleby, seguirle la corriente en su extraña voluntad me costará poco o nada y mientras, yo custodiaré en mi alma lo que al final terminará siendo un dulce bocado para mi conciencia». Pero esta euforia no me duraba siempre. La pasividad de Bartleby me irritaba algunas veces. Me sentía extrañamente empujado a topármelo en un nuevo desacuerdo para provocar, en respuesta, alguna chispa de cólera por su parte.

Herman Melville, Bartleby, el escribiente (1853)