Inventar

La verdad es que, por ahora, los vascos asombramos un poco a los palurdos del interior con nuestras novedades mecánicas; pero esos palurdos nos podrían decir, si lo supieran, que ellos hicieron antes algo muy original y que nosotros no hacemos ahora más que repetir lo que se hace fuera de España. También se deslumbra a la gente de fuera con el dinero. Es cosa ésta que no me produce ningún fervor ni ningún respeto. En Bilbao, como en todo el País Vasco, echan más chispas las chimeneas que el espíritu de los hombres. No inventamos, no podemos inventar. ¡Inventar! Esta es la gloria de la humanidad.

La invención, como las grandes concepciones de la Filosofía, nos están, por ahora al menos, vedadas. Llevamos mucho lastre inútil para ser ligeros, ágiles e inventores; llevamos el peso de todos los mitos semíticos, de esos mitos que, como dice Nietzsche, ni son europeos ni nobles; llevamos el peso de todas las viejas, de todas las muertas fórmulas latinas.

Cuando se ve a un moro que tiene en un libro toda la verdad, se comprende que su raza no podrá dar nunca un Kant o un Newton. La mayoría de los españoles, y la casi totalidad de los vascos, son moros que, en vez de llevar el Corán, llevan en el espíritu la doctrina del Padre Astete.

Pero perdonad si mi divagación toma un giro agrio, político y lamentable. Yo no sé decir más que lo que pienso, aunque lo que piense sea malo.

Pío Baroja, Las horas solitarias (1918)

A Pan y Agua

Porque he cobrado por un cuento doscientas pesetas se ha hablado entre algunos escritores y periodistas como de una cosa inaudita.

—Es mucho —me decían todos.

—No creo que sea mucho —replicaba yo—. Por mi parte, yo no soy capaz de escribir un cuento medianamente divertido todas las semanas. Si lo fuera y publicase uno cada ocho días cobrando doscientas pesetas, ganaría diez mil ochocientas pesetas al año, es decir, mucho menos de lo que cobran una porción de generales inútiles, de ministros inútiles, de subsecretarios inútiles, de profesores inútiles, de abogados mediocres y de médicos mediocres.

—¿Pero hombre, usted se quiere comparar?

—Por qué no.

—Es un orgullo satánico.

—Hay que ver lo difícil, lo extraordinario que es escribir algo divertido y ameno. La gente no quiere creerlo así. Supone que es mucho más serio lo que le aburre que lo que le divierte, considera mucho más lógico que un señor gane cuatro mil duros por dormirse unas horas en un sillón que por escribir algo. Si a la mayoría le enseñan un mamotreto de abogado ilegible y le dicen: «Por esto se ha cobrado diez mil duros», le parecerá muy natural, pero si le mostraran una novela de cien páginas de Turguénev o un sainete de Molière y le dijeran: «Por esto se ha cobrado diez mil duros», le parecería un absurdo.

Pío Baroja, Las horas solitarias (1918)