Música

Para mí siempre ha sido motivo de consuelo y justificación para toda la vida que haya música en el mundo, que uno muchas veces se sienta impresionado por ciertos ritmos e inundado por armonías. ¡Oh, la música! Le nace a uno cierta melodía, la canta uno silenciosamente, en el interior solamente; toda la naturaleza individual se posesiona de la tonada y se deja uno llevar por ella por su fuerza y emotividad, y lo notable es que mientras se adueña de uno se olvida lo fortuito, lo banal y lo burdo, nos armoniza con el universo y nos da fuerzas y alas contra nuestra torpeza y depresiones. La melodía de una canción folklórica hace todo eso, y sobre todo nos armoniza sentimentalmente. Por cada armonía agradable, de notas bellamente combinadas, quizás en un solo acorde, nuestro espíritu se siente halagado y anhela seguir escuchando con deleite; hay momentos en la vida en que el corazón se siente lleno de gozo y regocijo que ningún otro placer sensual nos pueda dar.

Hermann Hesse, Gertrude (1910)

Soledad

Pero en medio de la libertad lograda se dio bien pronto cuenta Harry de que esa su independencia era una muerte, que estaba solo, que el mundo lo abandonaba de un modo siniestro, que los hombres no le importaban nada; es más, que él mismo a sí tampoco, que lentamente iba ahogándose en una atmósfera cada vez más tenue de falta de trato y aislamiento. Porque ya resultaba que la soledad y la independencia no eran su afán y su objetivo, eran su destino y su condenación, que su mágico deseo se había cumplido y ya no era posible retirarlo, que ya no servía de nada extender los brazos abiertos lleno de nostalgia y con el corazón henchido de buena voluntad, brindando solidaridad y unión; ahora lo dejaban solo. Y no es que fuera odioso y detestado y antipático a los demás. Al contrario, tenía muchos amigos. Muchos lo querían bien. Pero siempre era únicamente simpatía y amabilidad lo que encontraba; lo invitaban, le hacían regalos, le escribían bonitas cartas, pero nadie se le aproximaba espiritualmente, por ninguna parte surgía compenetración con nadie, y nadie estaba dispuesto ni era capaz de compartir su vida. Ahora lo envolvía el ambiente de soledad, una atmósfera de quietud, un apartamiento del mundo que lo rodeaba, una incapacidad de relación, contra la cual no podía nada ni la voluntad, ni el afán, ni la nostalgia. Este era uno de los caracteres más importantes de su vida.

Hermann Hesse, El Lobo Estepario (1927)

Dicha o Desdicha

Cuando pienso en mi vida de forma objetiva, considero que no ha sido particularmente feliz. Sin embargo, tampoco la juzgo realmente infeliz, a pesar de todos mis errores. Después de todo, es gran tontería hablar de dicha o de desdicha, ya que por mi parte no cambiaría los días más penosos de mi vida por todos los más felices de mi existencia.

Cuando una persona ha llegado a la etapa de la vida en la que acepta lo inevitable con ecuanimidad, cuando ha probado el bien y el mal hasta llenar su copa, y se ha labrado para sí mismo al margen de su vida exterior, una existencia interna más real y nada fortuita, entonces estipulo que mi vida no ha sido vacía o inútil. Aun cuando mi destino externo se haya desenvuelto como sucede para todos, inevitablemente y según lo decretado por los dioses, mi vida íntima es obra propiamente mía, con sus gozos y amarguras, y soy yo, en lo personal, el responsable de la misma.

Hermann Hesse, Gertrude (1910)

Guardianes del Sueño

Esa noche, en Zúrich, tuve un sueño. Veía un gran edificio de color blanco, de construcción extendida, con varios pisos, que parecía una universidad. En él estudiaban numerosos alumnos; cada dependencia era una sala de clases. Se estudiaban de preferencia las ciencias exactas y aplicadas, la ingeniería, la física. Cada alumno en ese ejército incontable sería luego un científico, un ingeniero, que aplicaría los maravillosos conocimientos adquiridos para lograr resultados tangibles. Utilizaría esos conocimientos automáticamente, por así decirlo, sin jamás maravillarse, ni prolongar el pensamiento hacia la duda, sin sacar conclusiones vitales, sin remontarse a las esencias. Era éste el mundo del presente y del futuro. Los hombres salidos de estas aulas serían duros, grises, hechos para expresarse en las leyes de la mecánica, productos ellos mismos de la mecánica. Los últimos exponentes de un mundo con alma, de un tiempo solar, con carne y espíritu; los últimos representantes de los dioses y demonios clásicos, de la tierra viva, del vino y de la sangre, ya se fueron. Acababan de morir. Semidioses, hombres vivos, los últimos hijos heroicos del ensueño y de la magia. Serían juzgados por los hombres-hormigas del presente como románticos, como idealistas, productos de la superestructura de una sociedad burguesa en descomposición. Los arquetipos del presente serán los hombres-grises del átomo, de la máquina, los conquistadores físicos del espacio, los que se preparan tan sañudamente en estas universidades de cemento, en estos países de asfalto. Y cada vez será peor, cada vez más.

¿Qué tenía que hacer yo aquí?, me preguntaba. ¿Cuál era mi lugar, mi sitio? Extraño, ajeno, no existía para mí un solo hueco, un solo espacio. ¿Y Hesse, y Jung, dónde se habían ido? Muy lejos, totalmente inalcanzables. Ellos no retornarían jamás; irían a otros mundos, a otros universos ganados por el trabajo que realizaron en su alma. Y yo, ¿qué podía hacer? Prepararme también, cumplir con el esfuerzo para no retornar nunca más a esta tierra y merecer a mi vez el paso a otra esfera. Me quedaba muy poco tiempo para ello, debería hacer el esfuerzo último. Pronto, ahora mismo, si quería salvarme del desierto gris en que la tierra será transformada por la mecánica, de la prisión horrible, y poder avanzar por el mismo sendero que mis camaradas mayores, que mis amigos, los semidioses de sangre y carne, los magos, los guardianes del sueño.

Miguel Serrano, El Círculo Hermético (1965)

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