Perfección

La perfección humana y la perfección técnica son incompatibles. Si queremos la una debemos sacrificar la otra; en esta decisión comienza la bifurcación. Quien llegue a descubrirlo trabajará más limpiamente, de una manera u otra.

La perfección tiende hacia lo mesurable, y lo perfecto hacia lo inconmensurable. Por eso los mecanismos perfectos llevan a su alrededor el aura de un brillo turbador, pero también fascinante. Suscitan el temor, pero también el orgullo titánico que no quiebra la comprensión, sino solamente la catástrofe.

El temor, y también el entusiasmo que nos comunica la contemplación de mecanismos perfectos, es la contrapartida exacta de la sensación placentera que produce la contemplación de la obra de arte perfecta. Sentimos el ataque a nuestra integridad, a nuestro equilibrio.

Ernst Jünger, Abejas de Cristal (1957)

Técnica

Cuando se hallaba ausente la igualdad, prevalecía lo repulsivo. La falta de equilibrio despertaba en mí una sensación de náusea. El adversario, o estaba armado, o dejaba de ser adversario. Yo amaba la caza y evitaba los mataderos. La pesca era mi pasión; pero me repugnó cuando supe que se podía pescar hasta el último gasterósteo en arroyos y lagos utilizando la electricidad. El mero hecho, sólo oírlo decir, me bastó; a partir de ese momento ya no volví a tomar en mis manos una caña de pescar. Una sombra fría había caído sobre los remolinos de las truchas y sobre las antiguas aguas en las que soñaban las musgosas carpas y los peregrinos, depojándolos de su encanto.

No era virtud sino asco puro lo que revolvía mi interior cuando veía caer a muchos sobre uno, a uno grande sobre uno pequeño o a un dogo sobre un lebrel enano. Variante primitiva de mi derrotismo, fue más tarde un rasgo de arcaísmo anacrónico que no hacía sino dañarme en nuestro mundo. A menudo me lo he reprochado diciéndome que, una vez que se ha apeado uno del caballo para meterse en un tanque, también debe hacer un nuevo aprendizaje en lo que respecta al pensamiento. Pero son cosas éstas que el pensamiento domina con dificultad.

Ernst Jünger, Abejas de Cristal (1957)

 

Seguridad y Miedo

El miedo es uno de los síntomas de nuestro tiempo. La consternación causada por el miedo es tanto mayor cuanto que ese miedo viene a continuación de una época en la cual hubo una gran libertad individual y en la que también se había vuelto casi desconocida esa clase de penurias que nos describe, por ejemplo, Dickens.

La transición de aquella seguridad a este miedo, ¿cómo se ha producido? Si quisiéramos elegir una fecha concreta, probablemente ninguna otra resultaría más apropiada que el día en que se hundió el Titanic. En esa fecha chocan de frente, con toda violencia, la luz y las sombras: aparecen juntos la hybris del progreso y el pánico, las máximas comodidades y la destrucción, el automatismo y la catástrofe; esta última se presenta como un accidente de tráfico.

De hecho, el automatismo y el miedo van estrechamente unidos, desde el momento en que el ser humano coarta sus propias decisiones en beneficio de las facilidades tecnológicas. Éstas procuran numerosas comodidades. Pero también aumenta, y ello de manera necesaria, la pérdida de libertad. La persona singular no está ya en la sociedad como lo está un árbol en el bosque.

Antes al contrario, se asemeja al pasajero de una nave que se mueve a una velocidad cada vez mayor. La nave puede llamarse Titanic o puede llamarse también Leviatán. Mientras el tiempo sea bueno y agradables las perspectivas, el pasajero casi no reparará en la situación a que ha ido a parar y que es una situación en que la libertad es menor. Por el contrario, lo que surge es un optimismo, una conciencia de poder generada por la velocidad. Pero las cosas cambian cuando emergen en la superficie islas que escupen fuego o aparecen icebergs. No sólo ocurre entonces que la tecnología se traslada de las confortables comodidades a otros ámbitos, sino que, al mismo tiempo, se hace visible la falta de libertad y eso se pone de manifiesto, ya sea en el triunfo de las fuerzas de los elementos, ya sea en el hecho de que en ese instante quienes ejercen el poder absoluto del mando son las personas singulares que han permanecido fuertes.

Ernst Jünger, La Emboscadura (1951)

Adversario

En la guerra he aspirado siempre a contemplar sin odio al adversario, a apreciarlo como hombre de acuerdo con su valor. Me he esforzado en buscarlo en la lucha para matarlo y no he esperado de él otra cosa. Pero nunca he pensado que fuera un ser vil. Cuando más tarde cayeron en mis manos prisioneros, me sentí responsable de su seguridad y procuré hacer por ellos todo lo que estaba a mi alcance.

Ernst Jünger, Tempestades de Acero (1920)

Agua clara

Por lo general solían decepcionarme los platos que escogía por el nombre. Más tarde, en mis viajes, me sucedió algo similar con los refinamientos exóticos que rara vez dejaba pasar sin probar. Las casas y tabernas de mala reputación, los barrios de mala nota, las tiendas de antigüedades obscenas, me atraían por igual. No podía resistirme al tipo que, en Montmartre, me hacía una seña para que le siguiese al interior de algún portal, o al chiquillo árabe que quería llevarme con su hermana. Esto no habría tenido nada de particular si al mismo tiempo no me hubiese inhibido una viva repugnancia. Pero la curiosidad prevalecía. El caso es que no sacaba de ello placer alguno. Del mismo modo que no tenía ninguna satisfacción al comer aquellos platos extraños, tampoco me satisfacía contemplar la pérdida de la dignidad humana.

El vicio me dejaba un sombrío recuerdo que persistía largo tiempo. Esto explica por qué no podía demorarme en él, pero no deja de ser un enigma que volvía a buscarlo una y otra vez. Tuvo que aparecer Theresa para que descubriera que un trago de agua clara es más fuerte que todas las esencias.

Ernst Jünger, Abejas de Cristal (1957)