El miedo es uno de los síntomas de nuestro tiempo. La consternación causada por el miedo es tanto mayor cuanto que ese miedo viene a continuación de una época en la cual hubo una gran libertad individual y en la que también se había vuelto casi desconocida esa clase de penurias que nos describe, por ejemplo, Dickens.
La transición de aquella seguridad a este miedo, ¿cómo se ha producido? Si quisiéramos elegir una fecha concreta, probablemente ninguna otra resultaría más apropiada que el día en que se hundió el Titanic. En esa fecha chocan de frente, con toda violencia, la luz y las sombras: aparecen juntos la hybris del progreso y el pánico, las máximas comodidades y la destrucción, el automatismo y la catástrofe; esta última se presenta como un accidente de tráfico.
De hecho, el automatismo y el miedo van estrechamente unidos, desde el momento en que el ser humano coarta sus propias decisiones en beneficio de las facilidades tecnológicas. Éstas procuran numerosas comodidades. Pero también aumenta, y ello de manera necesaria, la pérdida de libertad. La persona singular no está ya en la sociedad como lo está un árbol en el bosque.
Antes al contrario, se asemeja al pasajero de una nave que se mueve a una velocidad cada vez mayor. La nave puede llamarse Titanic o puede llamarse también Leviatán. Mientras el tiempo sea bueno y agradables las perspectivas, el pasajero casi no reparará en la situación a que ha ido a parar y que es una situación en que la libertad es menor. Por el contrario, lo que surge es un optimismo, una conciencia de poder generada por la velocidad. Pero las cosas cambian cuando emergen en la superficie islas que escupen fuego o aparecen icebergs. No sólo ocurre entonces que la tecnología se traslada de las confortables comodidades a otros ámbitos, sino que, al mismo tiempo, se hace visible la falta de libertad y eso se pone de manifiesto, ya sea en el triunfo de las fuerzas de los elementos, ya sea en el hecho de que en ese instante quienes ejercen el poder absoluto del mando son las personas singulares que han permanecido fuertes.
Ernst Jünger, La Emboscadura (1951)
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