Encuentro consigo mismo

Es cierto que quien mira en el espejo del agua, ve ante todo su propia imagen. El que va hacia sí mismo corre el riesgo de encontrarse consigo mismo. El espejo no favorece, muestra con fidelidad la figura que en él se mira, nos hace ver ese rostro que nunca mostramos al mundo, porque lo cubrimos con la persona, la máscara del actor. Pero el espejo está detrás de la máscara y muestra el verdadero rostro. Esa es la primera prueba de coraje en el camino interior; una prueba que basta para asustar a la mayoría, pues el encuentro consigo mismo es una de las cosas más desagradables y el hombre lo evita en tanto puede proyectar todo lo negativo sobre su mundo circundante. Si uno está en situación de ver su propia sombra y soportar el saber que la tiene, sólo se ha cumplido una pequeña parte de la tarea: al menos se ha trascendido lo inconsciente personal.

Pero la sombra es una parte viviente de la personalidad y quiere entonces vivir de alguna forma. No es posible rechazarla ni esquivarla inofensivamente. Este problema es extraordinariamente grave, pues no sólo pone en juego al hombre todo, sino que también le recuerda al mismo tiempo su desamparo y su impotencia. A las naturalezas fuertes —¿o hay que decir más bien débiles?— no les gusta esta alusión y se fabrican entonces algún más allá del bien y del mal, cortando así el nudo gordiano en lugar de deshacerlo. Pero tarde o temprano la cuenta debe ser saldada. Hay que confesarse que existen problemas que de ningún modo se pueden resolver con los medios propios. Esta confesión tiene la ventaja de la probidad, de la verdad y de la realidad, y así al asumir esa imposibilidad se ponen las bases para una reacción compensatoria de lo inconsciente colectivo, es decir, que quien reconoce la existencia del problema está inclinado a prestar atención a una ocurrencia útil o percibir ideas que antes no había dejado aparecer.

Atenderá quizás a sueños que sobrevienen en tales momentos o reflexionará sobre ciertos acontecimientos que justamente en ese tiempo tienen lugar en nosotros. Si se tiene tal actitud se pueden despertar y captar fuerzas útiles que dormitan en la naturaleza profunda del hombre, pues el desamparo y la debilidad son la vivencia eterna y el eterno problema de la humanidad y para esa situación existe también una respuesta eterna: de lo contrario el hombre hubiera desaparecido hace ya mucho. Una vez que se ha hecho todo lo que se pudo hacer, queda todavía lo que se podría hacer si uno tuviera conocimiento de ello. Pero, ¿cuánto sabe el hombre de sí mismo? De acuerdo con todo lo que la experiencia nos muestra, es muy poco. Por eso queda todavía mucho espacio libre para lo inconsciente.

Carl Gustav Jung, Arquetipos e Inconsciente Colectivo (1933-55)

Selbst

Si se pudiese mejorar al individuo, me parece que existiría un fundamento para mejorar la totalidad de las cosas. Pero un millón de ceros siguen sin hacer un uno. Sostengo, por tanto, la opinión poco popular de que incluso el mejor acuerdo en el mundo solamente puede partir del individuo y efectuarse a través de él. Pero debido a las desmesuradas cifras que se deben tener en cuenta, esta verdad aparece como una nulidad casi desesperante. No obstante, supongamos que alguien quisiese hacer el esfuerzo de realizar su aportación infinitesimal al anhelado ideal; en ese caso debe ser capaz de comprender verdaderamente a otra persona. La condición imprescindible para esto es que se comprenda a sí mismo. Si no lo hace, entonces es inevitable que vea a los demás solamente a través de la niebla distorsionada y engañosa de sus propios prejuicios y proyecciones, y que impute y aconseje a los semejantes precisamente aquellas cosas que a él mismo más falta le hacen. Hay que comprenderse en buena medida a uno mismo si uno pretende realmente entenderse con otro.

Carl Gustav Jung, Cartas II, 418 s.

*Foto: Torre de Bollingen

Opuestos

Como es natural, yerra, y en sumo grado, quien piensa que, cuando reconocemos lo que de no valioso hay en un valor o lo que de falso encierra una verdad, uno y otra habrían sido suprimidos. Lo único que ha sucedido es que ambos se han vuelto relativos. Todo lo humano es relativo, porque todas las cosas reposan sobre contradicciones internas, pues todo cuanto existe constituye un fenómeno energético. La energía, sin embargo, descansa necesariamente sobre una antítesis anterior, sin la cual no podría haber energía en absoluto. Lo alto y lo profundo, lo caliente y lo frío, etc., tienen forzosamente que existir para que el proceso de compensación, el cual no es otra cosa que energía, pueda tener lugar. Por ello, en la tendencia a rechazar todos los valores anteriores en beneficio de sus contrarios anida la misma exageración que en la unilateralidad primera. Pero dado que los rechazados ahora son valores indiscutibles y por todos reconocidos, las pérdidas sufridas de este modo son incalculables. Quien se conduce de este modo, se arroja a sí mismo por la borda junto con sus valores, tal y como apuntó ya Nietzsche en una ocasión.

La cuestión no radica en convertirse en lo opuesto de uno mismo, sino en mantener los antiguos valores reconociendo a la vez lo valioso de sus contrarios. Esto es algo que implica un conflicto y un divorcio internos. Es comprensible que uno vacile antes de dar este paso, tanto en un sentido filosófico como moral; por ello, el expediente al que se recurre para no darlo consistente, con aun mayor frecuencia que en convertirse en lo opuesto de uno mismo, es enquistarse más que nunca en las viejas opiniones. Es preciso reconocer que en esta nada agradable manifestación por la que se distinguen algunos varones al envejecer hay escondido, pese a todo, un cierto mérito: al menos no se convierten en renegados, sino que se mantienen en pie, sin rendirse a lo incierto ni hundirse en el fango. Renuncian a declararse en bancarrota y se transforman en árboles que se limitan a marchitarse, en ‘testigos del pretérito’, expresándolo eufemísticamente. Pero los síntomas concomitantes, la rigidez, la inmovilidad, la estrechez de miras y el no querer seguir avanzando con los otros de los laudatores temporis acti, resultan desagradables y aun perjudiciales; pues el modo en que defienden una verdad o cualquier otro valor peca hasta tal punto de intransigente y violento que el rechazo producido por sus malos modales supera con creces al atractivo despedido por sus valores, con lo cual consiguen todo lo contrario de lo que pretendían realmente. La causa de su rigidez se debe en rigor a su angustia frente al problema de los opuestos: se siente la presencia del hermano siniestro de Medardo, y en secreto se le teme. Por ello, no puede haber más que una única verdad y una única directriz de conducta, que, además, ha de ser absoluta, pues de lo contrario no garantizaría ninguna protección contra el desastre que se olfatea en todas partes menos en uno mismo.

C. G. Jung, Sobre la psicología de lo inconsciente (1917-1943)

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Guardianes del Sueño

Esa noche, en Zúrich, tuve un sueño. Veía un gran edificio de color blanco, de construcción extendida, con varios pisos, que parecía una universidad. En él estudiaban numerosos alumnos; cada dependencia era una sala de clases. Se estudiaban de preferencia las ciencias exactas y aplicadas, la ingeniería, la física. Cada alumno en ese ejército incontable sería luego un científico, un ingeniero, que aplicaría los maravillosos conocimientos adquiridos para lograr resultados tangibles. Utilizaría esos conocimientos automáticamente, por así decirlo, sin jamás maravillarse, ni prolongar el pensamiento hacia la duda, sin sacar conclusiones vitales, sin remontarse a las esencias. Era éste el mundo del presente y del futuro. Los hombres salidos de estas aulas serían duros, grises, hechos para expresarse en las leyes de la mecánica, productos ellos mismos de la mecánica. Los últimos exponentes de un mundo con alma, de un tiempo solar, con carne y espíritu; los últimos representantes de los dioses y demonios clásicos, de la tierra viva, del vino y de la sangre, ya se fueron. Acababan de morir. Semidioses, hombres vivos, los últimos hijos heroicos del ensueño y de la magia. Serían juzgados por los hombres-hormigas del presente como románticos, como idealistas, productos de la superestructura de una sociedad burguesa en descomposición. Los arquetipos del presente serán los hombres-grises del átomo, de la máquina, los conquistadores físicos del espacio, los que se preparan tan sañudamente en estas universidades de cemento, en estos países de asfalto. Y cada vez será peor, cada vez más.

¿Qué tenía que hacer yo aquí?, me preguntaba. ¿Cuál era mi lugar, mi sitio? Extraño, ajeno, no existía para mí un solo hueco, un solo espacio. ¿Y Hesse, y Jung, dónde se habían ido? Muy lejos, totalmente inalcanzables. Ellos no retornarían jamás; irían a otros mundos, a otros universos ganados por el trabajo que realizaron en su alma. Y yo, ¿qué podía hacer? Prepararme también, cumplir con el esfuerzo para no retornar nunca más a esta tierra y merecer a mi vez el paso a otra esfera. Me quedaba muy poco tiempo para ello, debería hacer el esfuerzo último. Pronto, ahora mismo, si quería salvarme del desierto gris en que la tierra será transformada por la mecánica, de la prisión horrible, y poder avanzar por el mismo sendero que mis camaradas mayores, que mis amigos, los semidioses de sangre y carne, los magos, los guardianes del sueño.

Miguel Serrano, El Círculo Hermético (1965)

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