Pensar

Solo el dolor causa un cambio radical. En la sociedad paliativa prosigue lo igual. Viajamos por todas partes sin hacer ninguna experiencia. Nos enteramos de todo sin alcanzar un auténtico conocimiento. Las informaciones no conducen ni a la experiencia ni al conocimiento. Carecen de la negatividad de la transformación.

La negatividad del dolor es constitutiva del pensamiento. El dolor es lo que distingue al pensar del calcular, de la inteligencia artificial. Inteligencia significa «escoger entre» (inter-legere). Es una capacidad de discernimiento. Por eso no se sale del ámbito de lo ya existente. No es capaz de engendrar lo totalmente distinto. En eso se diferencia del espíritu. El dolor hace que el pensamiento sea más profundo. Pero no hay un cálculo profundo. ¿En qué consiste la hondura del pensar? A diferencia del cálculo, el pensar crea una perspectiva totalmente nueva del mundo, e incluso un nuevo mundo. Solo lo vivo, la vida capaz de sentir dolor, es capaz de pensar. La inteligencia artificial carece justamente de esta vida.

Byung-Chul Han, La sociedad paliativa (2021)

*Fotografía: Elina Brotherus

Vida humana

La vida indolora en una felicidad permanente habrá dejado de ser una vida humana. La vida que ahuyenta y proscribe su negatividad se suprime a sí misma. Muerte y dolor van juntos. En el dolor se anticipa la muerte. Quien pretenda erradicar todo dolor tendrá que eliminar también la muerte. Pero una vida sin muerte ni dolor ya no es una vida humana, sino una vida de muertos vivientes. El hombre abjura de sí mismo para sobrevivir. Posiblemente llegue a alcanzar la inmortalidad, pero habrá sido al precio de la vida.

Byung-Chul Han, La sociedad paliativa (2021)

*Francisco de Goya, Duelo a garrotazos (1820-23)

Muerte

Aprender a vivir no significa aprender a morir. Una vida lograda consiste más bien en olvidar la muerte, igual que uno olvida el azar o se «anticipa» a él. La muerte aparece como clinamen que amenaza con torcer la rectitud del alma. Es, exactamente igual que el azar, una mera exterioridad de la vida que a ella no le incumbe nada. Al igual que el átomo, la muerte es puntual, no se puede introducir en la vida. Mientras se vive, la muerte no se ha presentado, y cuando la muerte se presenta, uno ya no está ahí. La muerte es un punto, no puede trazar líneas del destino.

De la inadmisible soledad del acontecimiento se busca refugio en lo general en cuanto que lo común a todos. La ley de la caída no puede superar la soledad de la teja que cae del techo.

Byung-Chul Han, Caras de la Muerte (2015)

Existencia Desapacible

Según Heidegger, la angustia surge cuando se derrumba el edificio de los modelos familiares y cotidianos de percepción y comportamiento, en el que habitualmente estamos instalados con toda obviedad. Ese derrumbe da paso a una “intemperie”. La angustia saca la existencia de su “esfera pública cotidiana”, de la “interpretación pública”. 4 En la cotidianidad se hace una interpretación conformista del mundo. La gente obedece a modos ya implantados de percibir y de juzgar, como si fueran obvios. Esta conducta conformista es encarnada por el “uno impersonal”, que nos dicta cómo debemos actuar, percibir, juzgar, sentir y pensar: “Gozamos y nos divertimos como se goza; leemos, vemos y juzgamos sobre literatura y arte como se ve y se juzga, pero también nos indignamos de aquello de lo que uno se indigna”.5 El “uno impersonal” aliena a la existencia de su posibilidad ontológica más propia: “En esta forma de compararse tranquilamente con todo entendiéndolo todo, la existencia cae en una alienación, en la cual le queda oculta su posibilidad ontológica más propia”.6 Esta posibilidad solo se le abre a la existencia con la angustia. Este es el argumento central de Ser y tiempo: para no caer en el “uno impersonal” hay que abrazar el sí mismo más propio, hay que hacer realidad la posibilidad ontológica más propia. Solo la angustia nos salva de la alienación. En ella, la existencia se recobra finalmente a sí misma. “La forma original de hacerse compañía a sí mismo es la existencia desapacible”.7

La angustia nos libera de la “existencia pública cotidiana del uno impersonal”, en la que uno se había habituado a vivir distrayéndose de sí mismo. Pero, en esa liberación, la angustia aísla a la existencia en sí misma.

Notas: Martin Heidegger, Ser y tiempo.

Byung Chul-Han, El Espíritu de la Esperanza (2024)

Sociedad paliativa

Precisamente en la Modernidad, cuando el entorno nos depara cada vez menos dolores, parece que nuestros nervios del dolor se vuelven cada vez más sensibles. Se desarrolla una hipersensibilidad. Precisamente la algofobia nos vuelve en extremo sensibles al dolor. Ella puede incluso inducir dolores.

[…]

El cuento de Andersen La princesa y el guisante se puede leer como una parábola de la hipersensibilidad del sujeto de la Modernidad tardía. Un guisante bajo los colchones le causa a la futura princesa tanto dolor que se pasa una noche en vela. Las personas padecen hoy el «síndrome de la princesa y el guisante». La paradoja de este síndrome de dolor consiste en que cada vez se sufre más por cada vez menos. El dolor no es una magnitud que se pueda constatar de forma objetiva, sino una sensación subjetiva. Unas expectativas cada vez más altas puestas en la medicina, unidas al sinsentido del dolor, hacen que incluso dolores insignificantes resulten insoportables. Y ya no tenemos sentidos referenciales, narrativas ni instancias y objetivos superiores que revistan el dolor y lo hagan soportable. Si desaparece el doloroso guisante, entonces la gente empieza a sentir dolores porque los colchones son blandos. Al fin y al cabo, lo que duele es, justamente, el persistente sinsentido de la vida misma.

Byung-Chul Han, La sociedad paliativa (2021)

Orden Digital

El orden terreno, el orden de la tierra, está terminando hoy. Está siendo reemplazado por el orden digital. Heidegger es el último pensador del orden terreno. La muerte y el dolor no tienen cabida en el orden digital. No hacen más que perturbar. También son sospechosos el duelo y la nostalgia. El orden digital desconoce el dolor de la cercanía de la lejanía. La cercanía está marcada por la lejanía. El orden digital allana la cercanía reduciéndola a la falta de distancia, de modo que no duele. Bajo la presión por hacer todo disponible, todo se vuelve conseguible y consumible. El hábito digital dice: todo tiene que estar disponible de inmediato. El telos del orden digital es la total disponibilidad. Carece de la «lentitud del vacilante recato ante lo no factible».

El secreto es esencial para el orden terreno. Por el contrario, el lema del orden digital es «transparencia». Esta elimina todo ocultamiento. El orden digital también hace transparente el lenguaje, es decir, lo hace disponible al cosificarlo reduciéndolo a informaciones. Las informaciones carecen de reverso oculto. El mundo se vuelve transparente cuando es transformado en datos. Los algoritmos y la inteligencia artificial hacen transparente también la conducta humana, es decir, la hacen predecible y manejable. El orden digital está animado por el dataísmo, por el totalitarismo de los datos. Reemplaza la narración por la adición. «Digital» significa numérico. Lo numérico es más transparente, está más disponible que lo narrativo.

Byung-Chul Han, La sociedad paliativa (2021)

*Las tres velas, Joaquín Sorolla