¿Es posible que el último fin de la ciencia sea suministrar al hombre todo el placer posible y ahorrarle todas las molestias que puedan evitarse?, ¿y cómo, si el placer y el dolor están tan fuertemente atados uno al otro, que quien quiera gozar del primero hasta donde quepa tendrá por fuerza que gustar también el último en proporción semejante, y el que aspire a elevarse en su júbilo al cielo ha de prepararse también a estar triste a par de la muerte? Y así es, tal vez. Al menos así lo entendían los estoicos, y eran consecuentes cuando pedían el menor placer posible para que la vida les causara pocas molestias. […] Hoy todavía cabe elegir: o bien la menor molestia posible, es decir, la ausencia del dolor —y los socialistas y los políticos de todos los partidos no deberían, honradamente, ofrecer más a sus partidarios—, o bien las mayores molestias posibles, como precio del aumento de una multitud de deleites y placeres refinados y rara vez calados hasta ahora. Si os decidís por lo primero, si queréis disminuir los padecimientos de los hombres, sabedlo bien, tendréis que disminuir también su capacidad para el deleite. Cierto es que con la ciencia se puede ayudar a uno y otro fin. Tal vez lo que se conoce ahora mejor de la ciencia es su facultad de privar a los hombres del placer y de tornarlos más fríos, más insensibles, más estoicos. Pero también podrían descubrirse en ella facultades de gran dispensadora de dolores. Y entonces se descubriría a la vez su fuerza contraria, su facultad inmensa de ofrecer al placer un nuevo cielo estrellado.
F. W. Nietzsche, La Gaya Ciencia (1882)




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