La Gaya Ciencia

¿Es posible que el último fin de la ciencia sea suministrar al hombre todo el placer posible y ahorrarle todas las molestias que puedan evitarse?, ¿y cómo, si el placer y el dolor están tan fuertemente atados uno al otro, que quien quiera gozar del primero hasta donde quepa tendrá por fuerza que gustar también el último en proporción semejante, y el que aspire a elevarse en su júbilo al cielo ha de prepararse también a estar triste a par de la muerte? Y así es, tal vez. Al menos así lo entendían los estoicos, y eran consecuentes cuando pedían el menor placer posible para que la vida les causara pocas molestias. […] Hoy todavía cabe elegir: o bien la menor molestia posible, es decir, la ausencia del dolor —y los socialistas y los políticos de todos los partidos no deberían, honradamente, ofrecer más a sus partidarios—, o bien las mayores molestias posibles, como precio del aumento de una multitud de deleites y placeres refinados y rara vez calados hasta ahora. Si os decidís por lo primero, si queréis disminuir los padecimientos de los hombres, sabedlo bien, tendréis que disminuir también su capacidad para el deleite. Cierto es que con la ciencia se puede ayudar a uno y otro fin. Tal vez lo que se conoce ahora mejor de la ciencia es su facultad de privar a los hombres del placer y de tornarlos más fríos, más insensibles, más estoicos. Pero también podrían descubrirse en ella facultades de gran dispensadora de dolores. Y entonces se descubriría a la vez su fuerza contraria, su facultad inmensa de ofrecer al placer un nuevo cielo estrellado.

F. W. Nietzsche, La Gaya Ciencia (1882)

Devenir

El curso de la vida humana está ligado al orden titánico. La vida forma una unidad con él; el curso de la vida no se desprende de él. Es curso del tiempo, curso del año, curso del día. Las mareas y los astros se mueven. El devenir se encuentra en interminable fluir. Crono impera sobre el retorno elemental y todo retorna, se repite, se asemeja. Ésta es la ley de los titanes y su necesidad. Su movimiento tiene un orden cíclico riguroso, un turno de retorno del que no puede escapar el hombre. Su vida es una copia de este ciclo, gira dentro del turno titánico de Crono.

El devenir carece de historia precisamente debido a esta necesidad que va ligada a él. El pensamiento mítico no conoce nuestro concepto de naturaleza. No obstante, está ya aquí lo que llamamos naturaleza pura, mediante la cual establecemos una contraposición con lo que viene determinado por imposición divina o humana, por el orden divino o humano. Para nosotros la naturaleza es todo lo que depende de las leyes naturales. En el reino de Crono no falta esta ley, está lleno de ella. Sin embargo, allí donde imperan una ley y una necesidad como ésta no puede haber historia, nada puede entrar en la historia. Del mismo modo que no puede existir una historia de las flores y de los árboles, puesto que siempre retornan en el tiempo, así tampoco existe una historia para el hombre que está totalmente insertado dentro del retorno del devenir elemental. De él no se desprende acontecer alguno en el que el hombre se pueda comprender por medio del pasado. No puede formarse el escalonamiento que se requiere para ello. Aquí no hay evolución, ni progreso, ni cambio que pueda ser retenido por la memoria y el recuerdo; aquí sólo hay un ir y venir de estirpes que se vuelven a sumergir en el anonimato. De ellos no sabemos nada, se han marchitado como la hierba y caído como las hojas de los árboles. Aquí el hombre todavía no tiene destino, como lo tienen los semidioses y los héroes.

Mitos griegos, Friedrich-Georg Jünger (1947)