Aduladores

No quiero pasar por alto un asunto importante, y es la falta en que con facilidad caen los príncipes si no son muy prudentes o no saben elegir bien. Me refiero a los aduladores, que abundan en todas las cortes. Porque los hombres se complacen tanto en sus propias obras, de tal modo se engañan, que no atinan a defenderse de aquella calamidad; y cuando quieren defenderse, se exponen al peligro de hacerse despreciables. Pues no hay otra manera de evitar la adulación que el hacer comprender a los hombres que no ofenden al decir la verdad; y resulta que, cuando todos pueden decir la verdad, faltan al respeto. Por lo tanto, un príncipe prudente debe preferir un tercer modo: rodearse de los hombres de buen juicio de su Estado, únicos a los que dará libertad para decirle la verdad, aunque en las cosas sobre las cuales sean interrogados y sólo en ellas. Pero debe interrogarlos sobre todos los tópicos, escuchar sus opiniones con paciencia y después resolver por sí y a su albedrío. Y con estos consejeros comportarse de tal manera que nadie ignore que será tanto más estimado cuanto más libremente hable. Fuera de ellos, no escuchar a ningún otro, poner enseguida en práctica lo resuelto y ser obstinado en su cumplimiento. Quien no procede así se pierde por culpa de los aduladores o, si cambia a menudo de parecer, es tenido en menos.

Niccolò Machiavelli, El Príncipe (1532)

Buen Gusto

Que consideremos una obra de arte disfrutable o no puede ser en última instancia irrelevante en cuanto al efecto que esa obra tenga en nosotros. Una película puede afectarnos muy profundamente aun cuando nos haya resultado difícil de ver o no hayamos entendido del todo lo que el director pretende decirnos, si es que ha pretendido decir algo. Muchas personas han tenido una experiencia ante determinadas obras de arte que, aunque su ego pueda haberla rechazado en ciertos aspectos, ha persistido durante largo tiempo afectándolas sutilmente, lo quisieran o no. El factor crucial no es si la obra nos ha agradado o divertido, sino si hemos permitido que su fuerza interior penetrara el perímetro cerrado de nuestra existencia para expandir nuestro horizonte. La auténtica sensibilidad, el verdadero buen gusto, está en la capacidad de reconocer la presencia de esas fuerzas, de saber distinguir entre una reacción superficial y las profundas emociones que suscitan las fuerzas del arte.

J. F. Martel, Vindicación del Arte en la Era del Artificio (2015)

Realidad

No importa adónde parece que vayas, o de dónde vengas, todo sucede en tu consciencia. Y la consciencia no se mueve, es siempre idéntica.

Pero, aun así, hay cientos de miles de maneras para perdernos dentro de ella, para quedar atrapados por nuestra propia magia. Y una de las más fáciles es imaginar que lo que pensamos tiene alguna importancia.

Si todo lo que pensamos existe, parecería sensato que bastara con elegir nuestros pensamientos: pensar sólo cosas buenas. Pero esto significa caer de nuevo en la distinción. El hecho de elegir los pensamientos buenos supone descargar los males, y descartar algo es tenerlo en consideración, es decir, hacer que exista. El momento de la elección crea el momento de la negación, que sólo nos trae más y más problemas a medidas que avanzamos por este camino.

Tenemos posibilidad real de elegir. Y es ver que, tal y como somos, no podemos elegir nada porque nuestros pensamientos no son nuestros; nunca lo han sido. Simplemente son la realidad pensándose a sí misma. Cuando intentamos pensar en cosas buenas estamos creando una ilusión bondadosa, la más seductora de las ilusiones, porque nos sume en un sueno aún más profundo.

Y ésta es la historia de nuestras vidas. Nuestro pensamiento siempre nos separa de nosotros mismos, salta al futuro o al pasado. Incluso aquello que pensamos del pasado y el futuro se encuentra en el presente, pero estamos demasiado ocupados para verlo, porque seguimos corriendo tras cosas insignificantes, arrancando pedazos de realidad, porque somos demasiado avariciosos para conformarnos con el todo.

Peter Kingsley, Realidad (2004)

Trinomio Social

La dinámica histórica hoy va contra la ciudadanía. Antes, aunque a costa de mucha sangre, el pueblo acababa sacando algo de sus revueltas contra la nobleza primero y contra la burguesía después; porque unos y otros necesitaban a esa ciudadanía. Pero ya no es así: el Poder cada vez precisa menos de la fuerza de trabajo que la población quiere vender. Y, encima, las revoluciones ya no están a la orden del día; eso es algo que la Generación Y, los millennials, han entendido muy bien, por eso no protestan nada, dicen que sí a todo, aunque luego procuran hacer lo que creen más conveniente.

Ahora queda el Trinomio Social: renta básica, marihuana legal y ocio casi gratis para asegurar la subsistencia de quienes no sean necesarios, para garantizar que esa población permanezca calmada, y para que no haya duda de que estará entretenida. Eso ya es el nuevo modelo, que en esta Tercera Fase se está poniendo claramente de manifiesto.

Santiago Niño-Becerra, Capitalismo 1679-2065 (2020)

Tiranía

Alguien nos ha preguntado sobre si estamos seguros de defender lo jerárquico, inquiriéndonos, en tal sentido, si nos gusta soportar la bota que nos pisa o si toleramos la injusticia del rico o la prepotencia del poderoso. Y nosotros no tenemos por más que responderle que estos ejemplos nada tienen que ver con la jerarquía, sino con su inversión; esto es, con la antijerarquía y la tiranía. En la cúspide de todo normal ordenamiento social no debe hallarse el más rico, el más corrupto o el más tirano, sino el más justo. Y el más justo será aquel que aplique sus funciones y/o atributos gobernantes con la vara de medir de su sentido —o condición— Trascendente.

Eduard Alcántara, Reflexiones Contra la Modernidad (2013)

Muerte

Aprender a vivir no significa aprender a morir. Una vida lograda consiste más bien en olvidar la muerte, igual que uno olvida el azar o se «anticipa» a él. La muerte aparece como clinamen que amenaza con torcer la rectitud del alma. Es, exactamente igual que el azar, una mera exterioridad de la vida que a ella no le incumbe nada. Al igual que el átomo, la muerte es puntual, no se puede introducir en la vida. Mientras se vive, la muerte no se ha presentado, y cuando la muerte se presenta, uno ya no está ahí. La muerte es un punto, no puede trazar líneas del destino.

De la inadmisible soledad del acontecimiento se busca refugio en lo general en cuanto que lo común a todos. La ley de la caída no puede superar la soledad de la teja que cae del techo.

Byung-Chul Han, Caras de la Muerte (2015)

Seguridad y Miedo

El miedo es uno de los síntomas de nuestro tiempo. La consternación causada por el miedo es tanto mayor cuanto que ese miedo viene a continuación de una época en la cual hubo una gran libertad individual y en la que también se había vuelto casi desconocida esa clase de penurias que nos describe, por ejemplo, Dickens.

La transición de aquella seguridad a este miedo, ¿cómo se ha producido? Si quisiéramos elegir una fecha concreta, probablemente ninguna otra resultaría más apropiada que el día en que se hundió el Titanic. En esa fecha chocan de frente, con toda violencia, la luz y las sombras: aparecen juntos la hybris del progreso y el pánico, las máximas comodidades y la destrucción, el automatismo y la catástrofe; esta última se presenta como un accidente de tráfico.

De hecho, el automatismo y el miedo van estrechamente unidos, desde el momento en que el ser humano coarta sus propias decisiones en beneficio de las facilidades tecnológicas. Éstas procuran numerosas comodidades. Pero también aumenta, y ello de manera necesaria, la pérdida de libertad. La persona singular no está ya en la sociedad como lo está un árbol en el bosque.

Antes al contrario, se asemeja al pasajero de una nave que se mueve a una velocidad cada vez mayor. La nave puede llamarse Titanic o puede llamarse también Leviatán. Mientras el tiempo sea bueno y agradables las perspectivas, el pasajero casi no reparará en la situación a que ha ido a parar y que es una situación en que la libertad es menor. Por el contrario, lo que surge es un optimismo, una conciencia de poder generada por la velocidad. Pero las cosas cambian cuando emergen en la superficie islas que escupen fuego o aparecen icebergs. No sólo ocurre entonces que la tecnología se traslada de las confortables comodidades a otros ámbitos, sino que, al mismo tiempo, se hace visible la falta de libertad y eso se pone de manifiesto, ya sea en el triunfo de las fuerzas de los elementos, ya sea en el hecho de que en ese instante quienes ejercen el poder absoluto del mando son las personas singulares que han permanecido fuertes.

Ernst Jünger, La Emboscadura (1951)

Solos

A fines de abril de 1939, voy a verles nuevamente a Lisboa […] Papá habla mucho conmigo de los problemas futuros de España y de Europa, que va claramente hacia la segunda guerra mundial. Yo le digo: «El general Franco es un hombre que indudablemente tiene enorme capacidad de mando, pero ha faltado a su palabra. Antes de que se tomara Madrid prometió no perseguir a nadie que no tuviera delitos de sangre y, por lo pronto, entre nuestros amigos, aparte de haber encarcelado a muchos y de juzgar y perseguir a otros, ha permitido que condenen a cadena perpetua a Julián Besteiro, viejo y con mala salud, que es un hombre bueno y que no ha hecho más que salvar vidas. Está en la cárcel de Carmona y su final no va a ser bueno. Por tanto, con un hombre que falta a su palabra, no podemos tener nosotros nada que ver».

[…]

La respuesta de mi padre fue casi literalmente así: «Lo más grave es que España, después de los años que van a venir, quedará, en gran parte, encanallada. Eso no quiere decir que los exiliados tengan ninguna razón, porque también la mayor parte de ellos, después de su actuación en la guerra civil, han quedado en peor situación inclusive. Por lo tanto, quedamos flotando, sin pertenecer a nadie».

Miguel Ortega, Ortega y Gasset, mi padre (1983)

Miguel y Jose Ortega

Matar

La resistencia a matar de cerca a alguien de nuestra propia especie es tan grande que a menudo resulta suficiente para imponerse a las influencias acumuladas del instinto de autoprotección, la fuerza coercitiva de la autoridad, las expectativas de los compañeros y la obligación de preservar las vidas de los camaradas.

El soldado en combate se ve atrapado en este trágico callejón sin salida. Si supera su resistencia a matar y mata de cerca a un soldado enemigo en el combate, soportará para siempre la carga de una culpa manchada de sangre. Si elige no matar, entonces la culpa manchada de la sangre de sus camaradas caídos y el oprobio de su profesión, nación y causa recaerán en él. Se trata de un círculo vicioso.

Teniente Coronel Dave Grossman, Matar (2019)

Democracia

Uno de los principales efectos de una democracia, según Tocqueville, es que la noción del honor, peculiar en las sociedades aristocráticas, queda completamente diluida. Como bien escribía Tocqueville “las diferencias y desigualdades de los hombres fueron el origen de la noción de honor; tal noción se debilita en proporción a la extinción de esas diferencias y, con ellas, desaparece”. En una aristocracia feudal, cada una de las clases elevadas tiene su propio sentido del honor, claramente definido por ellas. Porque esas clases se esfuerzan por conservar, exclusiva y hereditariamente, educación, riqueza y poder entre sus propios miembros y, al mismo tiempo, desarrollar nociones de honor más idealmente fijas entre ellos que en el caso de un país democrático que está en constante movimiento, y donde la sociedad, transformada a diario por su propio funcionamiento, cambia sus opiniones juntamente con sus deseos. En tal país, los hombres tienen fugaces destellos de las reglas del honor, pero raramente tienen tiempo de prestarles atención.

El resultado final de tal sistema de individualismo sin propósito es un gradual, pero seguro debilitamiento de su fuerza espiritual y su reducción a un Estado de universal estupidez:

Lo primero que llama la atención es una innumerable multitud de hombres, todos iguales, incesantemente ocupados en obtener los mezquinos y miserables placeres con los que sacian sus vidas.

El gobierno, entretanto, se preocupa obsesivamente por la mejora de las condiciones materiales de sus ciudadanos, con el resultado de que cada día el ejercicio del libre albedrío del hombre se vuelve menos útil y menos frecuente; circunscribe la voluntad a límites cada vez más estrechos y gradualmente le va quitando al hombre el goce de sí mismo… tal poder no destruye, pero minoriza la existencia; no tiraniza, pero comprime, enerva, restringe e idiotiza a un pueblo, hasta que cada nación es reducida a nada más que un rebaño de tímidos e industriosos animales, de los cuales el gobierno es el pastor.

Alexander Jacob, Nobilitas (2001)

Selbst

Si se pudiese mejorar al individuo, me parece que existiría un fundamento para mejorar la totalidad de las cosas. Pero un millón de ceros siguen sin hacer un uno. Sostengo, por tanto, la opinión poco popular de que incluso el mejor acuerdo en el mundo solamente puede partir del individuo y efectuarse a través de él. Pero debido a las desmesuradas cifras que se deben tener en cuenta, esta verdad aparece como una nulidad casi desesperante. No obstante, supongamos que alguien quisiese hacer el esfuerzo de realizar su aportación infinitesimal al anhelado ideal; en ese caso debe ser capaz de comprender verdaderamente a otra persona. La condición imprescindible para esto es que se comprenda a sí mismo. Si no lo hace, entonces es inevitable que vea a los demás solamente a través de la niebla distorsionada y engañosa de sus propios prejuicios y proyecciones, y que impute y aconseje a los semejantes precisamente aquellas cosas que a él mismo más falta le hacen. Hay que comprenderse en buena medida a uno mismo si uno pretende realmente entenderse con otro.

Carl Gustav Jung, Cartas II, 418 s.

*Foto: Torre de Bollingen

Dicha o Desdicha

Cuando pienso en mi vida de forma objetiva, considero que no ha sido particularmente feliz. Sin embargo, tampoco la juzgo realmente infeliz, a pesar de todos mis errores. Después de todo, es gran tontería hablar de dicha o de desdicha, ya que por mi parte no cambiaría los días más penosos de mi vida por todos los más felices de mi existencia.

Cuando una persona ha llegado a la etapa de la vida en la que acepta lo inevitable con ecuanimidad, cuando ha probado el bien y el mal hasta llenar su copa, y se ha labrado para sí mismo al margen de su vida exterior, una existencia interna más real y nada fortuita, entonces estipulo que mi vida no ha sido vacía o inútil. Aun cuando mi destino externo se haya desenvuelto como sucede para todos, inevitablemente y según lo decretado por los dioses, mi vida íntima es obra propiamente mía, con sus gozos y amarguras, y soy yo, en lo personal, el responsable de la misma.

Hermann Hesse, Gertrude (1910)

Naturaleza humana

Cuando la razón naturalista se ocupa del hombre, busca, consecuente consigo misma, poner al descubierto su naturaleza. Repara en que el hombre tiene cuerpo —que es una cosa— y se apresura a extender a él la física, y, como ese cuerpo es además un organismo, lo entrega a la biología. Nota asimismo que en el hombre, como en el animal, funciona cierto mecanismo incorporal o confusamente adscrito al cuerpo, el mecanismo psíquico, que es también una cosa, y encarga de su estudio a la psicología, que es ciencia natural. Pero el caso es que así llevamos trescientos años, y que todos los estudios naturalistas sobre el cuerpo y el alma del hombre no han servido para aclararnos nada de lo que sentimos como más estrictamente humano, eso que llamamos cada cual su vida y cuyo entrecruzamiento forma las sociedades que, perviviendo, integran el destino humano. El prodigio que la ciencia natural representa como conocimiento de cosas contrasta brutalmente con el fracaso de esa ciencia natural ante lo propiamente humano. Lo humano se escapa a la razón físico-matemática como el agua por una canastilla.

Y aquí tienen ustedes el motivo por el cual la fe en la razón ha entrado en deplorable decadencia. El hombre no puede esperar más. Necesita que la ciencia le aclare los problemas humanos. Está ya, en el fondo, un poco cansado de astros y de reacciones nerviosas y de átomos. Las primeras generaciones racionalistas creyeron con su ciencia física poder aclarar el destino humano. Descartes mismo escribió ya un Tratado del hombre. Pero hoy sabemos que todos los portentos, en principio inagotables, de las ciencias naturales se detendrán siempre ante la extraña realidad que es la vida humana. ¿Por qué? Si todas las cosas han rendido grandes porciones de su secreto a la razón física, ¿por qué se resiste esta sola denodadamente? La causa tiene que ser profunda y radical; tal vez, nada menos que esto: que el hombre no es una cosa, que es falso hablar de la naturaleza humana, que el hombre no tiene naturaleza. Yo comprendo que oír esto ponga los pelos de punta a cualquier físico, ya que significa, con otras palabras, declarar de raíz a la física incompetente para hablar del hombre. Pero que no se hagan ilusiones con más o menos claridad de conciencia, sospechando o no que hay otro modo de conocimiento, otra razón capaz de hablar sobre el hombre —la convicción de esa incompetencia es hoy un hecho de primera magnitud en el horizonte europeo—. Podrán los físicos sentir ante él enojo o dolor —aunque ambos sean en este caso un poco pueriles—, pero esa convicción es el precipitado histórico de trescientos años de fracaso.

La vida humana, por lo visto, no es una cosa, no tiene una naturaleza, y, en consecuencia, es preciso resolverse a pensarla con categorías, con conceptos radicalmente distintos de los que nos aclaran los fenómenos de la materia. La empresa es difícil, porque, desde hace tres siglos, el fisicismo nos ha habituado a dejar a nuestra espalda, como entidad sin importancia ni realidad, precisamente esa extraña realidad que es la vida humana. Y así, mientras los naturalistas vacan, beatamente absortos, a sus menesteres profesionales, le ha venido en gana a esa extraña realidad de cambiar el cuadrante, y al entusiasmo por la ciencia ha sucedido tibieza, despego, ¿quién sabe si, mañana, franca hostilidad?

Ortega y Gasset, Historia como Sistema (1942)

Vida privada

La vida privada requiere para ser vivida ese fondo de insobornable personalidad. Muchos hombres carecen de él; éstos carecen entonces de auténtica vida privada. Muchos hombres son por completo o casi por completo producto de las influencias sociales ambientes y construyen su ser con las aportaciones que de lo exterior y colectivo les llegan. Tienen un alma formada de puras abstracciones, y su personalidad se reduce a poco más que nada. Son los hombres de tipo medio, vulgar y mostrenco; hombres que aceptan automática y pasivamente cualquier relación, porque para ellos toda relación es, en el fondo, pública, y se basa en mero intercambio de cosas, funciones y servicios: hombres que carecen de soledad y huyen de la soledad, porque al hallarse solos perciben algo así como el vacío de su ser, que está compuesto exclusivamente de tópicos comunes; hombres que repelen toda originalidad, toda frescura prístina de pensamiento y de acción; hombres gregarios, de masa, que repiten como autómatas lo aprendido y que, tras el caudal de formas abstractas recibidas, no alimentan ninguna ilusión personal, ninguna convicción realmente propia, ninguna valoración y preferencia criada en el seno de su vida personal.

Manuel García Morente, Ensayo sobre la Vida Privada (1945)

Existencia Desapacible

Según Heidegger, la angustia surge cuando se derrumba el edificio de los modelos familiares y cotidianos de percepción y comportamiento, en el que habitualmente estamos instalados con toda obviedad. Ese derrumbe da paso a una “intemperie”. La angustia saca la existencia de su “esfera pública cotidiana”, de la “interpretación pública”. 4 En la cotidianidad se hace una interpretación conformista del mundo. La gente obedece a modos ya implantados de percibir y de juzgar, como si fueran obvios. Esta conducta conformista es encarnada por el “uno impersonal”, que nos dicta cómo debemos actuar, percibir, juzgar, sentir y pensar: “Gozamos y nos divertimos como se goza; leemos, vemos y juzgamos sobre literatura y arte como se ve y se juzga, pero también nos indignamos de aquello de lo que uno se indigna”.5 El “uno impersonal” aliena a la existencia de su posibilidad ontológica más propia: “En esta forma de compararse tranquilamente con todo entendiéndolo todo, la existencia cae en una alienación, en la cual le queda oculta su posibilidad ontológica más propia”.6 Esta posibilidad solo se le abre a la existencia con la angustia. Este es el argumento central de Ser y tiempo: para no caer en el “uno impersonal” hay que abrazar el sí mismo más propio, hay que hacer realidad la posibilidad ontológica más propia. Solo la angustia nos salva de la alienación. En ella, la existencia se recobra finalmente a sí misma. “La forma original de hacerse compañía a sí mismo es la existencia desapacible”.7

La angustia nos libera de la “existencia pública cotidiana del uno impersonal”, en la que uno se había habituado a vivir distrayéndose de sí mismo. Pero, en esa liberación, la angustia aísla a la existencia en sí misma.

Notas: Martin Heidegger, Ser y tiempo.

Byung Chul-Han, El Espíritu de la Esperanza (2024)

Juventud

Si observamos el modo en que los jóvenes modernos expresan sus opiniones, se hace evidente que su falta de pudor obedece a su escasa aptitud para reflexionar.

Una muchacha me envió un día una tarjeta con el siguiente mensaje: «Para ser un escritor eres un ignorante y un inculto: has acumulado más de veinte errores de ortografía en una sola página. Corrígelos inmediatamente». Esa muchacha no sólo no conocía la ortografía clásica sino que, además, no se detuvo ni un instante a reflexionar sobre su propia ignorancia.

Yukio Mishima, Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis (1968)

Adelantos

Estábamos camino de Andalucía. Fernando Monreal y Luis Carreño llegaron ese mismo día —es de suponer que a duras penas— a Córdoba y allí se detuvieron. No cabía seguir. Ventajas de la época: los automóviles circulaban entonces a paso de calesa y la red viaria, angosta y zigzagueante, no permitía excesos de velocidad. Yo aún alcancé a disfrutar de ese mundo —realmente maravilloso para quien tuviera vocación de viajero— en el que ir de Málaga a Malagón, de la Puerta del Sol a Carabanchel, de Navacerrada a Cercedilla, o de Soria a Castilfrío era como hacer las Américas. Viajar no consiste en pasar de un sitio a otro. Esto es desplazarse, trasladarse, trasplantarse, mudarse, qué sé yo… O sí lo sé: eso es turismo (¡qué asco!). Viajar consiste en atravesar cosas, casos, parajes, ciudades, mares, mundos, galaxias, personas, dioses, y quien carece de esa sensación, que además de física es, sobre todo, psicológica, no está viajando. Lo que cuenta en los viajes no es tanto la longitud del trayecto geográfico cuanto la duración del lapso de tiempo dedicado a recorrerlo. Su unidad de medida no son los metros ni los kilómetros, sino los minutos, las horas, los días, los meses… Para las tortugas y los caracoles dos palmos equivalen —psíquica, subjetivamente— a un miriámetro cubierto por la zancada humana. Por algo sostenía Faulkner que un paisaje sólo se conquista con la suela de los zapatos. Yo mismo, en cambio, con perdón, he definido en infinidad de ocasiones el viaje como «la distancia más larga entre dos puntos». Y ahora, en cambio, vienen los tontitos protésicos, biónicos y asalariados a decirnos, con la boca llena de ínfulas y humos, presumiendo, complaciéndose, ufanándose sabe Dios de qué, justamente lo contrario. Ya no hay distancias, aseguran. Y acto seguido, palpándose el celular, acariciando la agenda electrónica, masturbando el ratón del ordenador, miran hacia su coche provisto de GPS como quien contempla a la mujer amada. Imposible es hoy hablar del hombre como de un ser de lejanía]: las del alma. Lo es ya, más bien y sólo, de cercanías (las del impulso animal: comer, dormir, consumir, reproducirse y acumular pertenencias. O sea: creer, en suma, que únicamente se vive de pan), como los trenes que todas las mañanas transportan desde la mugre industrial de las ciudades hasta sus respectivos campos de concentración —los del trabajo fijo, oh, en los que piadosamente, con meliflua e hipócrita unción sacerdotal intentan confinarnos las derechas y las izquierdas… ¡Mal rayo lo parta y las parta! Su esgrima mató a mi padre— a los hombrecillos de la llanura, uncidos al yugo de la gleba, al tajo, a sus negreros y, faltaría más, a los mostradores de los bancos y del Ministerio de Hacienda por el grillete del teléfono móvil ¡Y a eso, carajo, a todo lo que acabo de mencionar en mi exabrupto, a las prisas, a las carreteras sin árboles ni curvas, a la desagradabilísima posibilidad de que el desagradabilísimo timbre de los teléfonos (o su vibración… Tanto monta) sorprenda y desasosiegue a sus titulares incluso en descampado, con la novia, en la iglesia o en el retrete, a los ferrocarriles atiborrados de bípedos con corazón de microchip y trombos de silicio, a los autobuses con carga de borregos numerados por los operadores turísticos, a todo eso, digo, lo consideran adelantos! ¡Pues qué bien! ¡Hoy las ciencias adelantan, en efecto, que es una barbaridad!

Más desahogos verbales. No nos queda ya mejor recurso. Son la sal de la vida de nuestro tiempo. Vivimos en pleno postapocalipsis.

Fernando Sánchez Dragó, Muertes Paralelas (2006)

Adversario

En la guerra he aspirado siempre a contemplar sin odio al adversario, a apreciarlo como hombre de acuerdo con su valor. Me he esforzado en buscarlo en la lucha para matarlo y no he esperado de él otra cosa. Pero nunca he pensado que fuera un ser vil. Cuando más tarde cayeron en mis manos prisioneros, me sentí responsable de su seguridad y procuré hacer por ellos todo lo que estaba a mi alcance.

Ernst Jünger, Tempestades de Acero (1920)

Tradición

El mundo tradicional presupone una experiencia diferente del yo y del mundo, del espacio y del tiempo, experiencia que nada tenga de inverosímil o de fantasiosa pero que, bajo una forma degradada, se reencuentra aún hoy entre los primitivos: todos los estudios «científicos» son unánimes sobre este punto. Solo escapando al prejuicio según el cual sólo existiría una realidad y llegando a la comprensión de que la realidad difiere en función del sujeto que la percibe (lo que sin recurrir a experiencias metapsíquicas aparece claramente en la hipnosis o el consumo de alcohol o drogas) se puede llegar a comprender la lógica interna del mundo tradicional. Es un mundo en el que el hombre ve, siente y percibe con mucha más amplitud que tras seis siglos de atrofia racionalista.

En cuanto a los modernos, aun cuando todo esto sea difícilmente comprensible para ellos, les sería preciso concebir la idea de que al hombre tradicional se le revelaba la realidad de un orden de cosas mucho más vasto. En nuestros días no se conoce gran cosa de la realidad de lo que hay más allá de lo sensible; pero es siempre a título de hipótesis ya de una ley científica, ya de una ley especulativa o de un dogma religioso… Es este el verdadero materialismo del que se debe acusar a los modernos. En comparación los otros materialismos, en el sentido de opiniones científicas o filosóficas, son sólo fenómenos secundarios.

Adriano Romualdi, Julius Evola: el Hombre y la Obra (1968)

Libre

¿Quieres marchar, hermano mío, a la soledad? ¿Quieres buscar el camino que lleva a ti mismo? Detente un poco y escúchame.

“El que busca, fácilmente se pierde a sí mismo. Todo irse a la soledad es culpa”: así habla el rebaño. Y tú has formado parte del rebaño durante mucho tiempo.

La voz de rebaño continuará resonando dentro de ti. Y cuando digas “yo ya no tengo la misma conciencia que vosotros”, eso será un lamento y un dolor.

Mira, aquella conciencia única dio a luz también ese dolor: y el último resplandor de aquella conciencia continúa brillando sobre tu tribulación.

Pero ¿tú quieres recorrer el camino de tu tribulación, que es el camino hacia ti mismo? ¡Muéstrame entonces tu derecho y tu fuerza para hacerlo!

¿Eres tú una nueva fuerza y un nuevo derecho? ¿Un primer movimiento? ¿Una rueda que se mueve por sí misma? ¿Puedes forzar incluso a las estrellas a que giren a tu alrededor?

¡Ay, existe tanta ansia de elevarse! ¡Existen tantas convulsiones de los ambiciosos! ¡Muéstrame que tú no eres un ansioso ni un ambicioso!

Ay, existen tantos grandes pensamientos que no hacen más que lo que el fuelle: inflan y producen un vacío aún mayor.

¿Libre te llamas a ti mismo? Quiero oír tu pensamiento dominante, y no que has escapado de un yugo.

¿Eres tú alguien al que le sea lícito escapar de un yugo? Más de uno hay que arrojó de sí su último valor al arrojar su servidumbre.

¿Libre de qué? ¡Qué importa eso a Zaratustra! Tus ojos deben anunciarme con claridad: ¿libre para qué?

¿Puedes prescribirte a ti mismo tu bien y tu mal y suspender tu voluntad por encima de ti como una ley? ¿Puedes ser juez para ti mismo y vengador de tu ley?

Terrible cosa es hallarse solo con el juez y vengador de la propia ley. Así es arrojada una estrella al espacio vacío y al soplo helado de hallarse solo.

Hoy sufres todavía a causa de los muchos, tú que eres uno solo: hoy conservas aún todo tu valor y todas tus esperanzas.

Mas alguna vez la soledad te fatigará, alguna vez tu orgullo se curvará y tu valor rechinará los dientes. Alguna vez gritarás: “¡estoy solo!”.

Alguna vez dejarás de ser tu altura y contemplarás demasiado cerca tu bajeza; tu sublimidad misma te aterrorizará como un fantasma. Alguna vez gritarás: “¡Todo es falso!”.

Hay sentimientos que quieren matar al solitario; ¡si no lo consiguen, ellos mismos tienen que morir entonces! Mas ¿eres tú capaz de ser asesino?

¿Conoces ya, hermano mío, la palabra “desprecio”? ¿Y el tormento de tu justicia, de ser justo con quienes te desprecian?

Tú fuerzas a muchos a cambiar de doctrina acerca de ti; esto te lo hacen pagar caro. Te aproximaste a ellos y pasaste de largo: esto no te lo perdonan nunca.

Tú caminas por encima de ellos: pero cuanto más alto subes, tanto más pequeño te ven los ojos de la envidia. El más odiado de todo es, sin embargo, el que vuela.

“¡Cómo vais a ser justos conmigo! –tienes que decir– yo elijo para mí vuestra injusticia como la parte que me ha sido asignada”.

Injusticia y suciedad arrojan ellos al solitario: pero, hermano mío, si quieres ser una estrella, ¡no tienes que iluminarlos menos por eso!

¡Y guárdate de los buenos y justos! Con gusto crucifican a quienes se inventan una virtud para sí mismos, –odian al solitario.

Friedrich Wilhelm Nietzsche, Así habló Zaratustra (1883)

Naufragio

Lo esencialmente confuso, intrincado, es la realidad vital concreta, que es siempre única. El que sea capaz de orientarse con precisión en ella; el que vislumbre bajo el caos que presenta toda situación vital la anatomía secreta del instante; en suma, el que no se pierda en la vida, ése es de verdad una cabeza clara. Observad a los que os rodean y veréis como avanzan perdidos por su vida; van como sonámbulos, dentro de su buena o mala suerte, sin tener la más ligera sospecha de lo que les pasa. Los oiréis hablar en fórmulas taxativas sobre sí mismos y sobre su contorno, lo cual indicaría que poseen ideas sobre todo ello. Pero si analizáis someramente esas ideas, notaréis que no reflejan mucho ni poco la realidad a que parecen referirse, y si ahondáis más en el análisis hallaréis que ni siquiera pretenden ajustarse a tal realidad. Todo lo contrario: el individuo trata con ellas de interceptar su propia visión de lo real, de su vida misma. Porque la vida es por lo pronto un caos donde uno está perdido. El hombre lo sospecha; pero le aterra encontrarse cara a cara con esa realidad, y procura ocultarla con un telón fantasmagórico donde todo está muy claro. Le trae sin cuidado que sus ‘ideas’ no sean verdaderas, como aspavientos para ahuyentar la realidad.

El hombre de cabeza clara es el que se liberta de esas «ideas» fantasmagóricas y mira de frente la vida, y se hace cargo de que todo en ella es problemático, y se siente perdido. Como esto es la pura verdad –a saber, que vivir es sentirse perdido–, el que lo acepta ya ha empezado a encontrarse, ya ha comenzado a descubrir su auténtica realidad, ya está en lo firme. Instintivamente, lo mismo que el náufrago, buscará algo a que agarrarse, y esa mirada trágica, perentoria, absolutamente veraz porque se trata de salvarse, le hará ordenar el caos de su vida. Estas son las únicas ideas verdaderas: las ideas de los náufragos. Lo demás es retórica, postura, íntima farsa. El que no se siente de verdad perdido se pierde inexorablemente; es decir, no se encuentra jamás, no topa nunca con la propia realidad.

Ortega y Gasset, La Rebelión de las Masas (1930)

Opuestos

Como es natural, yerra, y en sumo grado, quien piensa que, cuando reconocemos lo que de no valioso hay en un valor o lo que de falso encierra una verdad, uno y otra habrían sido suprimidos. Lo único que ha sucedido es que ambos se han vuelto relativos. Todo lo humano es relativo, porque todas las cosas reposan sobre contradicciones internas, pues todo cuanto existe constituye un fenómeno energético. La energía, sin embargo, descansa necesariamente sobre una antítesis anterior, sin la cual no podría haber energía en absoluto. Lo alto y lo profundo, lo caliente y lo frío, etc., tienen forzosamente que existir para que el proceso de compensación, el cual no es otra cosa que energía, pueda tener lugar. Por ello, en la tendencia a rechazar todos los valores anteriores en beneficio de sus contrarios anida la misma exageración que en la unilateralidad primera. Pero dado que los rechazados ahora son valores indiscutibles y por todos reconocidos, las pérdidas sufridas de este modo son incalculables. Quien se conduce de este modo, se arroja a sí mismo por la borda junto con sus valores, tal y como apuntó ya Nietzsche en una ocasión.

La cuestión no radica en convertirse en lo opuesto de uno mismo, sino en mantener los antiguos valores reconociendo a la vez lo valioso de sus contrarios. Esto es algo que implica un conflicto y un divorcio internos. Es comprensible que uno vacile antes de dar este paso, tanto en un sentido filosófico como moral; por ello, el expediente al que se recurre para no darlo consistente, con aun mayor frecuencia que en convertirse en lo opuesto de uno mismo, es enquistarse más que nunca en las viejas opiniones. Es preciso reconocer que en esta nada agradable manifestación por la que se distinguen algunos varones al envejecer hay escondido, pese a todo, un cierto mérito: al menos no se convierten en renegados, sino que se mantienen en pie, sin rendirse a lo incierto ni hundirse en el fango. Renuncian a declararse en bancarrota y se transforman en árboles que se limitan a marchitarse, en ‘testigos del pretérito’, expresándolo eufemísticamente. Pero los síntomas concomitantes, la rigidez, la inmovilidad, la estrechez de miras y el no querer seguir avanzando con los otros de los laudatores temporis acti, resultan desagradables y aun perjudiciales; pues el modo en que defienden una verdad o cualquier otro valor peca hasta tal punto de intransigente y violento que el rechazo producido por sus malos modales supera con creces al atractivo despedido por sus valores, con lo cual consiguen todo lo contrario de lo que pretendían realmente. La causa de su rigidez se debe en rigor a su angustia frente al problema de los opuestos: se siente la presencia del hermano siniestro de Medardo, y en secreto se le teme. Por ello, no puede haber más que una única verdad y una única directriz de conducta, que, además, ha de ser absoluta, pues de lo contrario no garantizaría ninguna protección contra el desastre que se olfatea en todas partes menos en uno mismo.

C. G. Jung, Sobre la psicología de lo inconsciente (1917-1943)

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Inocencia

Esta inocencia del corazón importa mucho más a mis ojos que la erudición y la ciencia. El mundo es sucio, rencoroso a menudo, mediocre casi siempre. Cuando se piensa sobre él para ser feliz, no se muerde más que frutas amargas o podridas. Cuanto más se avanza sobre las sonrisas hipócritas, los ojos codiciosos o indecentes, las manos interesadas, más se queda uno decepcionado por la insipidez de la existencia. Se da uno cuenta rápidamente que solo permanecen siendo sólidas, fraternales y eternas, las robustas alegrías puestas en nuestros corazones cuando éramos pequeños. Es entonces cuando nos volvemos felices o infelices para siempre.

Si tuvimos una infancia tranquila y dulce como un gran cielo dorado; si aprendimos a amar y a entregarnos; si disfrutamos, muy pequeños ya, del encantamiento que nos dispensan cualquier momento, el cielo y la luz, el follaje, el verdor, la naturaleza siempre a nuestro alcance y cambiante; si se nos hizo un corazón simple como la mirada de los animales, ingenuo como la mañana, humano, sensible, bueno, ligado a efectos verdaderos y naturales, la vida transcurre para nosotros, justo al borde de los caminos rocosos o fangosos, similar al cielo que domina, potente y claro, las más malas carreteras.

Hay una vocación a la felicidad. Se la desarrolla o se la sofoca.

Si se forma a los niños, sencillamente, en alegrías profundas pero elementales, avanzarán en la vida guardando en sus ojos la luz de su vida interior, equilibrada, sin desvíos continuados.

Pero si se desvía su infancia, si han visto demasiado o han comprendido demasiado, quedarán atrapados en un remolino. Si años de infancia tranquila no consolidó en ellos la felicidad frágil de su inocencia, entonces su vida será lo que su infancia fue: en vez de ver el desorden, ellos mismos serán el desorden; no habiendo nunca estado estabilizados en sus gustos, sus sentimientos, sus pensamientos, estarán a merced de las borrascas, de las alegrías turbias, que les quemarán, les escurrirán en los dedos y recrearán la desdicha a costa de los otros…

Después, se vuelve difícil cambiar: no se endereza un árbol endurecido; se puede a lo sumo, entonces, retirar el  follaje o cortar las ramas. Pero cuando era joven, lleno de savia, se le habría podido doblar con un dedo ágil, guiarlo, ayudarle a desarrollarse.

Es en la hora en que los niños tienen simplemente la cosa de jugar, observar, sin más, un gorrión o una alondra, deletrear palabras y dar besos, es la hora que fotografían en su corazón, su imaginación, el espectáculo exacto que les damos. La vida no hará más que desarrollar la fotografía; los ácidos de la existencia imprimirán en ellos imágenes, bonitas y potentes, o turbias y grises, que habremos ofrecido a sus pequeños ojos curiosos, a su corazón blanco como una hoja de papel brillante.

Esto que nuestro orgullo, o nuestra agitación, o, desgraciadamente, nuestras pasiones, les hubiera privado, lo pagaríamos cruelmente más tarde, viéndoles inestables, descontentos, el alma débil o el alma devastada por nuestra falta.

Léon Degrelle, Feldpost (1941)

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