Ciencia Moderna

El hecho fenoménico no es más que la superficie externa de un proceso que se desarrolla en profundidad, a través de una pluralidad de niveles suprafísicos, y que escapa, por tanto, a los órganos sensoriales lo mismo que a los instrumentos técnicos.

Estructurado según una visión mecanicista de la realidad, el moderno conocimiento científico es un saber ignorante, que deja escapar cuanto de significativo y decisivo hay en el mundo de los fenómenos para la existencia humana; pretende la universalidad, pero, limitando de entrada su visión al campo de lo físicamente constatable o de lo expresable en su lenguaje matemático, rechaza cualquier otra posibilidad de conocimiento y, a partir de ahí, con la misma autoridad con que un ciego podría negar la realidad de los colores, decreta la inexistencia de todo lo que no alcanza a percibir y niega el sentido a todo aquello que es incapaz de comprender; en otras palabras, erige su miopía en método y su desconocimiento en sistema. Amputada la realidad para ajustarla a los límites de sus hipótesis, la ciencia, excluyendo todo lo que podría cuestionarla, no puede hacer otra cosa que verificarse continuamente a sí misma.

Agustín López Tobajas, Manifiesto contra el Progreso (2005)

Aristofobia

Si tornamos los ojos a la realidad española, fácilmente descubriremos en ella un atroz paisaje saturado de indocilidad y sobremanera exento de ejemplaridad. Por una extraña y trágica perversión del instinto encargado de las valoraciones, el pueblo español, desde hace siglos, detesta todo hombre ejemplar o, cuando menos, está ciego para sus cualidades excelentes. Cuando se deja conmover por alguien, se trata, casi invariablemente, de algún personaje ruin e inferior que se pone al servicio de los instintos multitudinarios.

El dato que mejor define la peculiaridad de una raza es el perfil de los modelos que elige, como nada revela mejor la radical condición de un hombre que los tipos femeninos de que es capaz de enamorarse. En la elección de amada, hacemos, sin saberlo, nuestra más verídica confesión.

Después de haber mirado y remirado largamente los diagnósticos que suelen hacerse de la mortal enfermedad padecida por nuestro pueblo, me parece hallar el más cercano a la verdad en la aristofobia u odio a los mejores.

José Ortega y Gasset, España Invertebrada (1922)

Técnica

Cuando se hallaba ausente la igualdad, prevalecía lo repulsivo. La falta de equilibrio despertaba en mí una sensación de náusea. El adversario, o estaba armado, o dejaba de ser adversario. Yo amaba la caza y evitaba los mataderos. La pesca era mi pasión; pero me repugnó cuando supe que se podía pescar hasta el último gasterósteo en arroyos y lagos utilizando la electricidad. El mero hecho, sólo oírlo decir, me bastó; a partir de ese momento ya no volví a tomar en mis manos una caña de pescar. Una sombra fría había caído sobre los remolinos de las truchas y sobre las antiguas aguas en las que soñaban las musgosas carpas y los peregrinos, depojándolos de su encanto.

No era virtud sino asco puro lo que revolvía mi interior cuando veía caer a muchos sobre uno, a uno grande sobre uno pequeño o a un dogo sobre un lebrel enano. Variante primitiva de mi derrotismo, fue más tarde un rasgo de arcaísmo anacrónico que no hacía sino dañarme en nuestro mundo. A menudo me lo he reprochado diciéndome que, una vez que se ha apeado uno del caballo para meterse en un tanque, también debe hacer un nuevo aprendizaje en lo que respecta al pensamiento. Pero son cosas éstas que el pensamiento domina con dificultad.

Ernst Jünger, Abejas de Cristal (1957)

 

Vida humana

La vida indolora en una felicidad permanente habrá dejado de ser una vida humana. La vida que ahuyenta y proscribe su negatividad se suprime a sí misma. Muerte y dolor van juntos. En el dolor se anticipa la muerte. Quien pretenda erradicar todo dolor tendrá que eliminar también la muerte. Pero una vida sin muerte ni dolor ya no es una vida humana, sino una vida de muertos vivientes. El hombre abjura de sí mismo para sobrevivir. Posiblemente llegue a alcanzar la inmortalidad, pero habrá sido al precio de la vida.

Byung-Chul Han, La sociedad paliativa (2021)

*Francisco de Goya, Duelo a garrotazos (1820-23)

Misterio

La banalización de la sexualidad es un desprecio hacia el verdadero sentido de los sentimientos. Yo la enmarcaría dentro de una concepción ligth de la vida, según la cual todo vale, cualquier comportamiento es bueno si a uno le parece bien. Sexualidad y amor deben ir de la mano: es el mejor modo de favorecer la maduración de la personalidad.

Una cuestión interesante al respecto es el pudor que sienten muchos adolescentes; pudor ante el cuerpo propio y el ajeno, que le enseña a descubrir y preservar la intimidad. Enseñarles la importancia del pudor, con naturalidad, es despertar el respeto por la persona y su misterio.


Hoy se está perdiendo esa parcela misteriosa y mágica de la sexualidad por la masiva difusión, en el cine y en especial en la televisión, de imágenes de sexo, pornografía y sus derivados. Contra ese carácter explícito, el pudor tiene una nota significativa esencial: no mostrar lo que debe permanecer escondido. La cultura actual se ha convertido en una civilización de las cosas y no de las personas. El resultado es que las personas se usan como si fueran cosas, degradándose así su trato.

Enrique Rojas, ¿Quién eres? (2001)

Aduladores

No quiero pasar por alto un asunto importante, y es la falta en que con facilidad caen los príncipes si no son muy prudentes o no saben elegir bien. Me refiero a los aduladores, que abundan en todas las cortes. Porque los hombres se complacen tanto en sus propias obras, de tal modo se engañan, que no atinan a defenderse de aquella calamidad; y cuando quieren defenderse, se exponen al peligro de hacerse despreciables. Pues no hay otra manera de evitar la adulación que el hacer comprender a los hombres que no ofenden al decir la verdad; y resulta que, cuando todos pueden decir la verdad, faltan al respeto. Por lo tanto, un príncipe prudente debe preferir un tercer modo: rodearse de los hombres de buen juicio de su Estado, únicos a los que dará libertad para decirle la verdad, aunque en las cosas sobre las cuales sean interrogados y sólo en ellas. Pero debe interrogarlos sobre todos los tópicos, escuchar sus opiniones con paciencia y después resolver por sí y a su albedrío. Y con estos consejeros comportarse de tal manera que nadie ignore que será tanto más estimado cuanto más libremente hable. Fuera de ellos, no escuchar a ningún otro, poner enseguida en práctica lo resuelto y ser obstinado en su cumplimiento. Quien no procede así se pierde por culpa de los aduladores o, si cambia a menudo de parecer, es tenido en menos.

Niccolò Machiavelli, El Príncipe (1532)

Buen Gusto

Que consideremos una obra de arte disfrutable o no puede ser en última instancia irrelevante en cuanto al efecto que esa obra tenga en nosotros. Una película puede afectarnos muy profundamente aun cuando nos haya resultado difícil de ver o no hayamos entendido del todo lo que el director pretende decirnos, si es que ha pretendido decir algo. Muchas personas han tenido una experiencia ante determinadas obras de arte que, aunque su ego pueda haberla rechazado en ciertos aspectos, ha persistido durante largo tiempo afectándolas sutilmente, lo quisieran o no. El factor crucial no es si la obra nos ha agradado o divertido, sino si hemos permitido que su fuerza interior penetrara el perímetro cerrado de nuestra existencia para expandir nuestro horizonte. La auténtica sensibilidad, el verdadero buen gusto, está en la capacidad de reconocer la presencia de esas fuerzas, de saber distinguir entre una reacción superficial y las profundas emociones que suscitan las fuerzas del arte.

J. F. Martel, Vindicación del Arte en la Era del Artificio (2015)

Realidad

No importa adónde parece que vayas, o de dónde vengas, todo sucede en tu consciencia. Y la consciencia no se mueve, es siempre idéntica.

Pero, aun así, hay cientos de miles de maneras para perdernos dentro de ella, para quedar atrapados por nuestra propia magia. Y una de las más fáciles es imaginar que lo que pensamos tiene alguna importancia.

Si todo lo que pensamos existe, parecería sensato que bastara con elegir nuestros pensamientos: pensar sólo cosas buenas. Pero esto significa caer de nuevo en la distinción. El hecho de elegir los pensamientos buenos supone descargar los males, y descartar algo es tenerlo en consideración, es decir, hacer que exista. El momento de la elección crea el momento de la negación, que sólo nos trae más y más problemas a medidas que avanzamos por este camino.

Tenemos posibilidad real de elegir. Y es ver que, tal y como somos, no podemos elegir nada porque nuestros pensamientos no son nuestros; nunca lo han sido. Simplemente son la realidad pensándose a sí misma. Cuando intentamos pensar en cosas buenas estamos creando una ilusión bondadosa, la más seductora de las ilusiones, porque nos sume en un sueno aún más profundo.

Y ésta es la historia de nuestras vidas. Nuestro pensamiento siempre nos separa de nosotros mismos, salta al futuro o al pasado. Incluso aquello que pensamos del pasado y el futuro se encuentra en el presente, pero estamos demasiado ocupados para verlo, porque seguimos corriendo tras cosas insignificantes, arrancando pedazos de realidad, porque somos demasiado avariciosos para conformarnos con el todo.

Peter Kingsley, Realidad (2004)

Trinomio Social

La dinámica histórica hoy va contra la ciudadanía. Antes, aunque a costa de mucha sangre, el pueblo acababa sacando algo de sus revueltas contra la nobleza primero y contra la burguesía después; porque unos y otros necesitaban a esa ciudadanía. Pero ya no es así: el Poder cada vez precisa menos de la fuerza de trabajo que la población quiere vender. Y, encima, las revoluciones ya no están a la orden del día; eso es algo que la Generación Y, los millennials, han entendido muy bien, por eso no protestan nada, dicen que sí a todo, aunque luego procuran hacer lo que creen más conveniente.

Ahora queda el Trinomio Social: renta básica, marihuana legal y ocio casi gratis para asegurar la subsistencia de quienes no sean necesarios, para garantizar que esa población permanezca calmada, y para que no haya duda de que estará entretenida. Eso ya es el nuevo modelo, que en esta Tercera Fase se está poniendo claramente de manifiesto.

Santiago Niño-Becerra, Capitalismo 1679-2065 (2020)

Tiranía

Alguien nos ha preguntado sobre si estamos seguros de defender lo jerárquico, inquiriéndonos, en tal sentido, si nos gusta soportar la bota que nos pisa o si toleramos la injusticia del rico o la prepotencia del poderoso. Y nosotros no tenemos por más que responderle que estos ejemplos nada tienen que ver con la jerarquía, sino con su inversión; esto es, con la antijerarquía y la tiranía. En la cúspide de todo normal ordenamiento social no debe hallarse el más rico, el más corrupto o el más tirano, sino el más justo. Y el más justo será aquel que aplique sus funciones y/o atributos gobernantes con la vara de medir de su sentido —o condición— Trascendente.

Eduard Alcántara, Reflexiones Contra la Modernidad (2013)

Muerte

Aprender a vivir no significa aprender a morir. Una vida lograda consiste más bien en olvidar la muerte, igual que uno olvida el azar o se «anticipa» a él. La muerte aparece como clinamen que amenaza con torcer la rectitud del alma. Es, exactamente igual que el azar, una mera exterioridad de la vida que a ella no le incumbe nada. Al igual que el átomo, la muerte es puntual, no se puede introducir en la vida. Mientras se vive, la muerte no se ha presentado, y cuando la muerte se presenta, uno ya no está ahí. La muerte es un punto, no puede trazar líneas del destino.

De la inadmisible soledad del acontecimiento se busca refugio en lo general en cuanto que lo común a todos. La ley de la caída no puede superar la soledad de la teja que cae del techo.

Byung-Chul Han, Caras de la Muerte (2015)

Seguridad y Miedo

El miedo es uno de los síntomas de nuestro tiempo. La consternación causada por el miedo es tanto mayor cuanto que ese miedo viene a continuación de una época en la cual hubo una gran libertad individual y en la que también se había vuelto casi desconocida esa clase de penurias que nos describe, por ejemplo, Dickens.

La transición de aquella seguridad a este miedo, ¿cómo se ha producido? Si quisiéramos elegir una fecha concreta, probablemente ninguna otra resultaría más apropiada que el día en que se hundió el Titanic. En esa fecha chocan de frente, con toda violencia, la luz y las sombras: aparecen juntos la hybris del progreso y el pánico, las máximas comodidades y la destrucción, el automatismo y la catástrofe; esta última se presenta como un accidente de tráfico.

De hecho, el automatismo y el miedo van estrechamente unidos, desde el momento en que el ser humano coarta sus propias decisiones en beneficio de las facilidades tecnológicas. Éstas procuran numerosas comodidades. Pero también aumenta, y ello de manera necesaria, la pérdida de libertad. La persona singular no está ya en la sociedad como lo está un árbol en el bosque.

Antes al contrario, se asemeja al pasajero de una nave que se mueve a una velocidad cada vez mayor. La nave puede llamarse Titanic o puede llamarse también Leviatán. Mientras el tiempo sea bueno y agradables las perspectivas, el pasajero casi no reparará en la situación a que ha ido a parar y que es una situación en que la libertad es menor. Por el contrario, lo que surge es un optimismo, una conciencia de poder generada por la velocidad. Pero las cosas cambian cuando emergen en la superficie islas que escupen fuego o aparecen icebergs. No sólo ocurre entonces que la tecnología se traslada de las confortables comodidades a otros ámbitos, sino que, al mismo tiempo, se hace visible la falta de libertad y eso se pone de manifiesto, ya sea en el triunfo de las fuerzas de los elementos, ya sea en el hecho de que en ese instante quienes ejercen el poder absoluto del mando son las personas singulares que han permanecido fuertes.

Ernst Jünger, La Emboscadura (1951)

Solos

A fines de abril de 1939, voy a verles nuevamente a Lisboa […] Papá habla mucho conmigo de los problemas futuros de España y de Europa, que va claramente hacia la segunda guerra mundial. Yo le digo: «El general Franco es un hombre que indudablemente tiene enorme capacidad de mando, pero ha faltado a su palabra. Antes de que se tomara Madrid prometió no perseguir a nadie que no tuviera delitos de sangre y, por lo pronto, entre nuestros amigos, aparte de haber encarcelado a muchos y de juzgar y perseguir a otros, ha permitido que condenen a cadena perpetua a Julián Besteiro, viejo y con mala salud, que es un hombre bueno y que no ha hecho más que salvar vidas. Está en la cárcel de Carmona y su final no va a ser bueno. Por tanto, con un hombre que falta a su palabra, no podemos tener nosotros nada que ver».

[…]

La respuesta de mi padre fue casi literalmente así: «Lo más grave es que España, después de los años que van a venir, quedará, en gran parte, encanallada. Eso no quiere decir que los exiliados tengan ninguna razón, porque también la mayor parte de ellos, después de su actuación en la guerra civil, han quedado en peor situación inclusive. Por lo tanto, quedamos flotando, sin pertenecer a nadie».

Miguel Ortega, Ortega y Gasset, mi padre (1983)

Miguel y Jose Ortega

Matar

La resistencia a matar de cerca a alguien de nuestra propia especie es tan grande que a menudo resulta suficiente para imponerse a las influencias acumuladas del instinto de autoprotección, la fuerza coercitiva de la autoridad, las expectativas de los compañeros y la obligación de preservar las vidas de los camaradas.

El soldado en combate se ve atrapado en este trágico callejón sin salida. Si supera su resistencia a matar y mata de cerca a un soldado enemigo en el combate, soportará para siempre la carga de una culpa manchada de sangre. Si elige no matar, entonces la culpa manchada de la sangre de sus camaradas caídos y el oprobio de su profesión, nación y causa recaerán en él. Se trata de un círculo vicioso.

Teniente Coronel Dave Grossman, Matar (2019)

Democracia

Uno de los principales efectos de una democracia, según Tocqueville, es que la noción del honor, peculiar en las sociedades aristocráticas, queda completamente diluida. Como bien escribía Tocqueville “las diferencias y desigualdades de los hombres fueron el origen de la noción de honor; tal noción se debilita en proporción a la extinción de esas diferencias y, con ellas, desaparece”. En una aristocracia feudal, cada una de las clases elevadas tiene su propio sentido del honor, claramente definido por ellas. Porque esas clases se esfuerzan por conservar, exclusiva y hereditariamente, educación, riqueza y poder entre sus propios miembros y, al mismo tiempo, desarrollar nociones de honor más idealmente fijas entre ellos que en el caso de un país democrático que está en constante movimiento, y donde la sociedad, transformada a diario por su propio funcionamiento, cambia sus opiniones juntamente con sus deseos. En tal país, los hombres tienen fugaces destellos de las reglas del honor, pero raramente tienen tiempo de prestarles atención.

El resultado final de tal sistema de individualismo sin propósito es un gradual, pero seguro debilitamiento de su fuerza espiritual y su reducción a un Estado de universal estupidez:

Lo primero que llama la atención es una innumerable multitud de hombres, todos iguales, incesantemente ocupados en obtener los mezquinos y miserables placeres con los que sacian sus vidas.

El gobierno, entretanto, se preocupa obsesivamente por la mejora de las condiciones materiales de sus ciudadanos, con el resultado de que cada día el ejercicio del libre albedrío del hombre se vuelve menos útil y menos frecuente; circunscribe la voluntad a límites cada vez más estrechos y gradualmente le va quitando al hombre el goce de sí mismo… tal poder no destruye, pero minoriza la existencia; no tiraniza, pero comprime, enerva, restringe e idiotiza a un pueblo, hasta que cada nación es reducida a nada más que un rebaño de tímidos e industriosos animales, de los cuales el gobierno es el pastor.

Alexander Jacob, Nobilitas (2001)

Selbst

Si se pudiese mejorar al individuo, me parece que existiría un fundamento para mejorar la totalidad de las cosas. Pero un millón de ceros siguen sin hacer un uno. Sostengo, por tanto, la opinión poco popular de que incluso el mejor acuerdo en el mundo solamente puede partir del individuo y efectuarse a través de él. Pero debido a las desmesuradas cifras que se deben tener en cuenta, esta verdad aparece como una nulidad casi desesperante. No obstante, supongamos que alguien quisiese hacer el esfuerzo de realizar su aportación infinitesimal al anhelado ideal; en ese caso debe ser capaz de comprender verdaderamente a otra persona. La condición imprescindible para esto es que se comprenda a sí mismo. Si no lo hace, entonces es inevitable que vea a los demás solamente a través de la niebla distorsionada y engañosa de sus propios prejuicios y proyecciones, y que impute y aconseje a los semejantes precisamente aquellas cosas que a él mismo más falta le hacen. Hay que comprenderse en buena medida a uno mismo si uno pretende realmente entenderse con otro.

Carl Gustav Jung, Cartas II, 418 s.

*Foto: Torre de Bollingen

Dicha o Desdicha

Cuando pienso en mi vida de forma objetiva, considero que no ha sido particularmente feliz. Sin embargo, tampoco la juzgo realmente infeliz, a pesar de todos mis errores. Después de todo, es gran tontería hablar de dicha o de desdicha, ya que por mi parte no cambiaría los días más penosos de mi vida por todos los más felices de mi existencia.

Cuando una persona ha llegado a la etapa de la vida en la que acepta lo inevitable con ecuanimidad, cuando ha probado el bien y el mal hasta llenar su copa, y se ha labrado para sí mismo al margen de su vida exterior, una existencia interna más real y nada fortuita, entonces estipulo que mi vida no ha sido vacía o inútil. Aun cuando mi destino externo se haya desenvuelto como sucede para todos, inevitablemente y según lo decretado por los dioses, mi vida íntima es obra propiamente mía, con sus gozos y amarguras, y soy yo, en lo personal, el responsable de la misma.

Hermann Hesse, Gertrude (1910)

Naturaleza humana

Cuando la razón naturalista se ocupa del hombre, busca, consecuente consigo misma, poner al descubierto su naturaleza. Repara en que el hombre tiene cuerpo —que es una cosa— y se apresura a extender a él la física, y, como ese cuerpo es además un organismo, lo entrega a la biología. Nota asimismo que en el hombre, como en el animal, funciona cierto mecanismo incorporal o confusamente adscrito al cuerpo, el mecanismo psíquico, que es también una cosa, y encarga de su estudio a la psicología, que es ciencia natural. Pero el caso es que así llevamos trescientos años, y que todos los estudios naturalistas sobre el cuerpo y el alma del hombre no han servido para aclararnos nada de lo que sentimos como más estrictamente humano, eso que llamamos cada cual su vida y cuyo entrecruzamiento forma las sociedades que, perviviendo, integran el destino humano. El prodigio que la ciencia natural representa como conocimiento de cosas contrasta brutalmente con el fracaso de esa ciencia natural ante lo propiamente humano. Lo humano se escapa a la razón físico-matemática como el agua por una canastilla.

Y aquí tienen ustedes el motivo por el cual la fe en la razón ha entrado en deplorable decadencia. El hombre no puede esperar más. Necesita que la ciencia le aclare los problemas humanos. Está ya, en el fondo, un poco cansado de astros y de reacciones nerviosas y de átomos. Las primeras generaciones racionalistas creyeron con su ciencia física poder aclarar el destino humano. Descartes mismo escribió ya un Tratado del hombre. Pero hoy sabemos que todos los portentos, en principio inagotables, de las ciencias naturales se detendrán siempre ante la extraña realidad que es la vida humana. ¿Por qué? Si todas las cosas han rendido grandes porciones de su secreto a la razón física, ¿por qué se resiste esta sola denodadamente? La causa tiene que ser profunda y radical; tal vez, nada menos que esto: que el hombre no es una cosa, que es falso hablar de la naturaleza humana, que el hombre no tiene naturaleza. Yo comprendo que oír esto ponga los pelos de punta a cualquier físico, ya que significa, con otras palabras, declarar de raíz a la física incompetente para hablar del hombre. Pero que no se hagan ilusiones con más o menos claridad de conciencia, sospechando o no que hay otro modo de conocimiento, otra razón capaz de hablar sobre el hombre —la convicción de esa incompetencia es hoy un hecho de primera magnitud en el horizonte europeo—. Podrán los físicos sentir ante él enojo o dolor —aunque ambos sean en este caso un poco pueriles—, pero esa convicción es el precipitado histórico de trescientos años de fracaso.

La vida humana, por lo visto, no es una cosa, no tiene una naturaleza, y, en consecuencia, es preciso resolverse a pensarla con categorías, con conceptos radicalmente distintos de los que nos aclaran los fenómenos de la materia. La empresa es difícil, porque, desde hace tres siglos, el fisicismo nos ha habituado a dejar a nuestra espalda, como entidad sin importancia ni realidad, precisamente esa extraña realidad que es la vida humana. Y así, mientras los naturalistas vacan, beatamente absortos, a sus menesteres profesionales, le ha venido en gana a esa extraña realidad de cambiar el cuadrante, y al entusiasmo por la ciencia ha sucedido tibieza, despego, ¿quién sabe si, mañana, franca hostilidad?

Ortega y Gasset, Historia como Sistema (1942)

Vida privada

La vida privada requiere para ser vivida ese fondo de insobornable personalidad. Muchos hombres carecen de él; éstos carecen entonces de auténtica vida privada. Muchos hombres son por completo o casi por completo producto de las influencias sociales ambientes y construyen su ser con las aportaciones que de lo exterior y colectivo les llegan. Tienen un alma formada de puras abstracciones, y su personalidad se reduce a poco más que nada. Son los hombres de tipo medio, vulgar y mostrenco; hombres que aceptan automática y pasivamente cualquier relación, porque para ellos toda relación es, en el fondo, pública, y se basa en mero intercambio de cosas, funciones y servicios: hombres que carecen de soledad y huyen de la soledad, porque al hallarse solos perciben algo así como el vacío de su ser, que está compuesto exclusivamente de tópicos comunes; hombres que repelen toda originalidad, toda frescura prístina de pensamiento y de acción; hombres gregarios, de masa, que repiten como autómatas lo aprendido y que, tras el caudal de formas abstractas recibidas, no alimentan ninguna ilusión personal, ninguna convicción realmente propia, ninguna valoración y preferencia criada en el seno de su vida personal.

Manuel García Morente, Ensayo sobre la Vida Privada (1945)

Existencia Desapacible

Según Heidegger, la angustia surge cuando se derrumba el edificio de los modelos familiares y cotidianos de percepción y comportamiento, en el que habitualmente estamos instalados con toda obviedad. Ese derrumbe da paso a una “intemperie”. La angustia saca la existencia de su “esfera pública cotidiana”, de la “interpretación pública”. 4 En la cotidianidad se hace una interpretación conformista del mundo. La gente obedece a modos ya implantados de percibir y de juzgar, como si fueran obvios. Esta conducta conformista es encarnada por el “uno impersonal”, que nos dicta cómo debemos actuar, percibir, juzgar, sentir y pensar: “Gozamos y nos divertimos como se goza; leemos, vemos y juzgamos sobre literatura y arte como se ve y se juzga, pero también nos indignamos de aquello de lo que uno se indigna”.5 El “uno impersonal” aliena a la existencia de su posibilidad ontológica más propia: “En esta forma de compararse tranquilamente con todo entendiéndolo todo, la existencia cae en una alienación, en la cual le queda oculta su posibilidad ontológica más propia”.6 Esta posibilidad solo se le abre a la existencia con la angustia. Este es el argumento central de Ser y tiempo: para no caer en el “uno impersonal” hay que abrazar el sí mismo más propio, hay que hacer realidad la posibilidad ontológica más propia. Solo la angustia nos salva de la alienación. En ella, la existencia se recobra finalmente a sí misma. “La forma original de hacerse compañía a sí mismo es la existencia desapacible”.7

La angustia nos libera de la “existencia pública cotidiana del uno impersonal”, en la que uno se había habituado a vivir distrayéndose de sí mismo. Pero, en esa liberación, la angustia aísla a la existencia en sí misma.

Notas: Martin Heidegger, Ser y tiempo.

Byung Chul-Han, El Espíritu de la Esperanza (2024)

Juventud

Si observamos el modo en que los jóvenes modernos expresan sus opiniones, se hace evidente que su falta de pudor obedece a su escasa aptitud para reflexionar.

Una muchacha me envió un día una tarjeta con el siguiente mensaje: «Para ser un escritor eres un ignorante y un inculto: has acumulado más de veinte errores de ortografía en una sola página. Corrígelos inmediatamente». Esa muchacha no sólo no conocía la ortografía clásica sino que, además, no se detuvo ni un instante a reflexionar sobre su propia ignorancia.

Yukio Mishima, Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis (1968)

Adelantos

Estábamos camino de Andalucía. Fernando Monreal y Luis Carreño llegaron ese mismo día —es de suponer que a duras penas— a Córdoba y allí se detuvieron. No cabía seguir. Ventajas de la época: los automóviles circulaban entonces a paso de calesa y la red viaria, angosta y zigzagueante, no permitía excesos de velocidad. Yo aún alcancé a disfrutar de ese mundo —realmente maravilloso para quien tuviera vocación de viajero— en el que ir de Málaga a Malagón, de la Puerta del Sol a Carabanchel, de Navacerrada a Cercedilla, o de Soria a Castilfrío era como hacer las Américas. Viajar no consiste en pasar de un sitio a otro. Esto es desplazarse, trasladarse, trasplantarse, mudarse, qué sé yo… O sí lo sé: eso es turismo (¡qué asco!). Viajar consiste en atravesar cosas, casos, parajes, ciudades, mares, mundos, galaxias, personas, dioses, y quien carece de esa sensación, que además de física es, sobre todo, psicológica, no está viajando. Lo que cuenta en los viajes no es tanto la longitud del trayecto geográfico cuanto la duración del lapso de tiempo dedicado a recorrerlo. Su unidad de medida no son los metros ni los kilómetros, sino los minutos, las horas, los días, los meses… Para las tortugas y los caracoles dos palmos equivalen —psíquica, subjetivamente— a un miriámetro cubierto por la zancada humana. Por algo sostenía Faulkner que un paisaje sólo se conquista con la suela de los zapatos. Yo mismo, en cambio, con perdón, he definido en infinidad de ocasiones el viaje como «la distancia más larga entre dos puntos». Y ahora, en cambio, vienen los tontitos protésicos, biónicos y asalariados a decirnos, con la boca llena de ínfulas y humos, presumiendo, complaciéndose, ufanándose sabe Dios de qué, justamente lo contrario. Ya no hay distancias, aseguran. Y acto seguido, palpándose el celular, acariciando la agenda electrónica, masturbando el ratón del ordenador, miran hacia su coche provisto de GPS como quien contempla a la mujer amada. Imposible es hoy hablar del hombre como de un ser de lejanía]: las del alma. Lo es ya, más bien y sólo, de cercanías (las del impulso animal: comer, dormir, consumir, reproducirse y acumular pertenencias. O sea: creer, en suma, que únicamente se vive de pan), como los trenes que todas las mañanas transportan desde la mugre industrial de las ciudades hasta sus respectivos campos de concentración —los del trabajo fijo, oh, en los que piadosamente, con meliflua e hipócrita unción sacerdotal intentan confinarnos las derechas y las izquierdas… ¡Mal rayo lo parta y las parta! Su esgrima mató a mi padre— a los hombrecillos de la llanura, uncidos al yugo de la gleba, al tajo, a sus negreros y, faltaría más, a los mostradores de los bancos y del Ministerio de Hacienda por el grillete del teléfono móvil ¡Y a eso, carajo, a todo lo que acabo de mencionar en mi exabrupto, a las prisas, a las carreteras sin árboles ni curvas, a la desagradabilísima posibilidad de que el desagradabilísimo timbre de los teléfonos (o su vibración… Tanto monta) sorprenda y desasosiegue a sus titulares incluso en descampado, con la novia, en la iglesia o en el retrete, a los ferrocarriles atiborrados de bípedos con corazón de microchip y trombos de silicio, a los autobuses con carga de borregos numerados por los operadores turísticos, a todo eso, digo, lo consideran adelantos! ¡Pues qué bien! ¡Hoy las ciencias adelantan, en efecto, que es una barbaridad!

Más desahogos verbales. No nos queda ya mejor recurso. Son la sal de la vida de nuestro tiempo. Vivimos en pleno postapocalipsis.

Fernando Sánchez Dragó, Muertes Paralelas (2006)

Adversario

En la guerra he aspirado siempre a contemplar sin odio al adversario, a apreciarlo como hombre de acuerdo con su valor. Me he esforzado en buscarlo en la lucha para matarlo y no he esperado de él otra cosa. Pero nunca he pensado que fuera un ser vil. Cuando más tarde cayeron en mis manos prisioneros, me sentí responsable de su seguridad y procuré hacer por ellos todo lo que estaba a mi alcance.

Ernst Jünger, Tempestades de Acero (1920)