Es un gusto profundo y consolador comprobar, y se comprueba siempre que se quiere, que el hombre que piensa de otro modo es como uno mismo y como cualquier otro que tenga los ideales que le plazca. Basta que nos despojemos del disfraz con que andamos por la vida y hablemos, en silencio, de lo que pasa en nuestro corazón.
El corazón, si se le deja solo, es, siempre, casi igual a todos los demás corazones.
Gregorio Marañón, Prólogo de Almas Ardiendo (Léon Degrelle)


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