Arte

Cuando la mayoría de las obras de arte no logran asombrarnos, la explicación tal vez resida en la insensibilidad arraigada que caracteriza y forma parte del estilo de vida contemporáneo. Pero también puede ser consecuencia, como elocuentemente expuso Solzhenitsyn, de los usos que hacemos del arte, tan alejados de su esencia, ya que desde el momento en que aparece la obra de arte entran en juego infinidad de factores —instituciones culturales, presiones sociales, leyes, modas, costumbres, tendencias…— que nos arrastran cada uno en una dirección diferente. La fama, el dinero, el conformismo, la búsqueda de atención, el impulso a rebelarse provocan que el artista abandone su propio enfoque para acomodarse al de otros, de acuerdo a formulismos y esquemas preestablecidos, o que valore los convencionalismos externos por encima de su visión interior. El resultado inevitable es una multitud de obras de arte mediocres, incapaces de conmover a nadie. No es de extrañar, pues, que ante la saturación de objetos estéticos que nos rodea tengamos que distinguir entre el arte auténtico y el que no lo es; es decir, entre el arte que nos asombra, nos maravilla y nos sitúa ante la profundidad del misterio del ser, y el arte que simplemente intenta reforzar nuestras ilusiones compartidas, buscando reconfortarnos o intimidarnos, bajo la idea de que no hay nada ante lo cual maravillarse, puesto que todo ha sido ya inventado.

J. F. Martel, Vindicación del Arte en la Era del Artificio (2015)