Los años comprendidos entre 2002 y 2007 fueron los años de «el mundo va bien«. Los años en los que todo era posible, porque a cualquiera le estaba permitido acceder a los niveles de endeudamiento que fueran necesarios para cumplir su sueño. Evidentemente, en un contexto como ese no estar bien, no sentirse bien, no comportarse animadamente, no tenía cabida ni era aceptable.
Desde los años ochenta proliferaron medicamentos y sustancias orientadas a mejorar el rendimiento, a reducir el cansancio, a eliminar la ansiedad o a propiciar el descanso. Posiblemente, el más conocido sea el Prozac, de los laboratorios Eli Lilly and Company, comercializado a partir de 1987. Pero desde finales de los noventa comenzaron a generalizarse componentes químico-farmacéuticos cuyo objetivo era, simplemente, ayudar a sentirse bien.
En un mundo exitoso, en crecimiento, en el que todo era posible, ¿cómo iba alguien a no estar receptivo, a no sentirse bien? Incomprensible e inaceptable, y más aún si una batería de sustancias lo hacían posible y lo fomentaban: sentirse bien contribuía a hacer negocios, lo que generaba un aún mayor sentimiento de bienestar.
Santiago Niño-Becerra, Capitalismo 1679-2065 (2020)


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