La palabra griega kósmos no admite una sola traducción, dado que se refiere a una presencia dual de orden y belleza. Cuando Pitágoras llamó kósmos al universo, lo hizo movido por el afán de describir la encarnación del orden, la belleza y la armonía de la naturaleza.
Que el mundo físico encarna ambos conceptos, el de belleza y el de armonía, puede demostrarse de muy diversas formas, pero nosotros precisamos de una prueba racional definitiva porque hemos olvidado nuestra conexión con la red interna de la vida. Cuando somos capaces de apreciar la exquisita magnificencia de un bosque, de una cadena montañosa o de una galaxia lejana con la mirada limpia, sin ceder a ninguna perturbación, la belleza y la armonía del universo de inmediato nos resultan obvias y las percibimos sin necesidad de disertaciones. Como escribió William Blake: «Si las puertas de la percepción estuvieran limpias, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito».
David Fideler, Restaurar el alma del mundo (2023)


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