Cuando se hallaba ausente la igualdad, prevalecía lo repulsivo. La falta de equilibrio despertaba en mí una sensación de náusea. El adversario, o estaba armado, o dejaba de ser adversario. Yo amaba la caza y evitaba los mataderos. La pesca era mi pasión; pero me repugnó cuando supe que se podía pescar hasta el último gasterósteo en arroyos y lagos utilizando la electricidad. El mero hecho, sólo oírlo decir, me bastó; a partir de ese momento ya no volví a tomar en mis manos una caña de pescar. Una sombra fría había caído sobre los remolinos de las truchas y sobre las antiguas aguas en las que soñaban las musgosas carpas y los peregrinos, depojándolos de su encanto.
No era virtud sino asco puro lo que revolvía mi interior cuando veía caer a muchos sobre uno, a uno grande sobre uno pequeño o a un dogo sobre un lebrel enano. Variante primitiva de mi derrotismo, fue más tarde un rasgo de arcaísmo anacrónico que no hacía sino dañarme en nuestro mundo. A menudo me lo he reprochado diciéndome que, una vez que se ha apeado uno del caballo para meterse en un tanque, también debe hacer un nuevo aprendizaje en lo que respecta al pensamiento. Pero son cosas éstas que el pensamiento domina con dificultad.
Ernst Jünger, Abejas de Cristal (1957)


Debe estar conectado para enviar un comentario.