Ciencia y Alma

El hombre de hoy se ha hecho más problemático que nunca. Los inmensos conocimientos que nos ofrece la ciencia moderna no ayudan, en principio, a desvelar las dudas que la existencia plantea; todo lo más la bordean. La hipertrofia concedida al valor de la ciencia positiva nos da la imagen precisa de lo que es el hombre de hoy. Hay que reconocer que el hombre no ha sabido tanto de sí mismo como en la actualidad y que, en el fondo, nunca ha sabido menos en lo que se refiere a su condición más específica. El hombre se escapa por entre las rendijas de los números y de los planteamientos científicos estrictamente naturales. El valor supremo de la ciencia estriba en su ansia de objetividad. Pero el hombre es algo más y algo distinto que mera objetividad. El hombre no es sólo naturaleza, sino también historia.

¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que no puede regirse exclusivamente por las normas de la causalidad, sino que, además, está sujeto al principio de imprevisión, que es tanto como decir que el hombre necesita ser comprendido: buscar en él relaciones de sentido consigo mismo, con los demás y con el mundo. El hombre no es un ser fijo, sino al contrario, un ser cambiante, que se mueve, que oscila. Es cambio sustancial. Y esto, en cierto modo, es dramático. Por eso, entender el acontecer humano es acercarse a él y analizar sus movimientos en una especie de arco que, partiendo del pasado, se centra en el presente y abarca el porvenir. El análisis biográfico de muchos suicidas es revelador, nos aclara su realidad presente a través de su historia. Algo parecido sucede cuando queremos comprender al hombre actual. Tenemos antes que observar su historia más reciente y la atmósfera intelectual que le envuelve. Lo que hace, en el fondo, la objetivación de la ciencia moderna es cosificar al hombre, hacerlo desaparecer y reducirlo a número.


Y el hombre, que había creído en el progreso indefinido, empieza a dudar de su eficacia, ya que para alcanzar aquél es necesario yugular lo más genuino de sí mismo. He aquí una fuente de angustia.

Enrique Rojas, Estudios sobre el Suicidio (1978)