Batalla de Mühlberg (1547)

La celeridad y la totalidad de la victoria fueron asombrosas. Hacia el 10 de abril, las fuerzas imperiales se unieron a Mauricio y Fernando en Tischenreuth. El Elector conocía sus movimientos, pero no tomó otra acción que cruzar el Elba con la esperanza de emplear el río como línea defensiva. Avanzó río abajo siguiendo la orilla izquierda, alcanzando la aldea de Mühlberg en la noche del 23 de abril. Entretanto, Carlos y Alba habían ascendido desde el Suroeste y acamparon en la orilla opuesta del río.

La noche era oscura y brumosa, pero, como siempre, Alba se hallaba en movimiento. Entre las nieblas que preceden al amanecer, pudo de algún modo localizar a un campesino que le mostró un punto por el cual vadear el río y, ya sobornándole, ya con amenazas, logró que el hombre le sirviera de guía. A la mañana siguiente, un domingo, Juan Federico asistió a misa y desayuno tranquilamente. Confiado en que el río le protegía, permaneció alegremente ignorante de los preparativos que se efectuaban en el campamento imperial, y no hizo nada por estorbarlos, a excepción de situar unos cuantos hombres armados en barcas para vigilar la orilla opuesta. Entre las diez y las once, los protestantes reanudaron su marcha río abajo, y comenzó la ofensiva. Los arcabuceros españoles, vadeando el río con el agua helada hasta el pecho, asaltaron a los ocupantes de las barcas y, cuando hubo cesado el fuego defensivo, otros españoles salieron en tropel y abordaron las embarcaciones como piratas, con los cuchillos apretados entre los dientes. Así consiguió Carlos el medio para transportar sus pertrechos y víveres en perfecto estado. Mientras, el grueso del ejército empezó a cruzar a pie y a caballo por el vado encontrado por Alba. Hay que atribuir a la disciplina impuesta por el duque y a la estrategia -que el tiempo iba a justificar- de hacer cruzar a la caballería por la parte alta del río, para interponerse a la corriente, el que las pérdidas fueran mínimas. Una vez en el otro lado, la situación satisfacía en todo las exigencias de Alba para entrar en combate. El enemigo fue sorprendido; su ejército se extendía en formación de marcha a lo largo de varios kilómetros a la orilla del río. En el tiempo con el que contaban era imposible disponer las tropas de modo que se aproximara siquiera a una formación de batalla, y además la artillería había sido enviada por delante el día anterior. No quedaba al Elector otra opción que dirigirse a toda prisa hacia la densamente boscosa reserva de caza de Lochau y rezar para que la mayoría de sus hombres pudieran refugiarse en ella antes de que la vanguardia imperial les hiciera pedazos.

Vana esperanza. Mühlberg sería, en efecto, una cacería, no una batalla, y Alba era aún lo bastante joven para ataviarse de acuerdo con la ocasión. Vestido con armadura blanca y montando un caballo blanco, dirigió el asalto y rastreó todo el bosque en busca del Elector, mientras sus tropas practicaban una matanza sistemática sobre los desperdigados sajones. Tan sólo en este empeño quedó decepcionado. Cuando por fin apareció ante el emperador, bañados él y su caballo en sangre enemiga, supo que Juan Federico había entregado su espada a un caballero alemán, Thilo von Trotha.

William S. Maltby, El gran Duque de Alba (1985)