Agua clara

Por lo general solían decepcionarme los platos que escogía por el nombre. Más tarde, en mis viajes, me sucedió algo similar con los refinamientos exóticos que rara vez dejaba pasar sin probar. Las casas y tabernas de mala reputación, los barrios de mala nota, las tiendas de antigüedades obscenas, me atraían por igual. No podía resistirme al tipo que, en Montmartre, me hacía una seña para que le siguiese al interior de algún portal, o al chiquillo árabe que quería llevarme con su hermana. Esto no habría tenido nada de particular si al mismo tiempo no me hubiese inhibido una viva repugnancia. Pero la curiosidad prevalecía. El caso es que no sacaba de ello placer alguno. Del mismo modo que no tenía ninguna satisfacción al comer aquellos platos extraños, tampoco me satisfacía contemplar la pérdida de la dignidad humana.

El vicio me dejaba un sombrío recuerdo que persistía largo tiempo. Esto explica por qué no podía demorarme en él, pero no deja de ser un enigma que volvía a buscarlo una y otra vez. Tuvo que aparecer Theresa para que descubriera que un trago de agua clara es más fuerte que todas las esencias.

Ernst Jünger, Abejas de Cristal (1957)