Porque he cobrado por un cuento doscientas pesetas se ha hablado entre algunos escritores y periodistas como de una cosa inaudita.
—Es mucho —me decían todos.
—No creo que sea mucho —replicaba yo—. Por mi parte, yo no soy capaz de escribir un cuento medianamente divertido todas las semanas. Si lo fuera y publicase uno cada ocho días cobrando doscientas pesetas, ganaría diez mil ochocientas pesetas al año, es decir, mucho menos de lo que cobran una porción de generales inútiles, de ministros inútiles, de subsecretarios inútiles, de profesores inútiles, de abogados mediocres y de médicos mediocres.
—¿Pero hombre, usted se quiere comparar?
—Por qué no.
—Es un orgullo satánico.
—Hay que ver lo difícil, lo extraordinario que es escribir algo divertido y ameno. La gente no quiere creerlo así. Supone que es mucho más serio lo que le aburre que lo que le divierte, considera mucho más lógico que un señor gane cuatro mil duros por dormirse unas horas en un sillón que por escribir algo. Si a la mayoría le enseñan un mamotreto de abogado ilegible y le dicen: «Por esto se ha cobrado diez mil duros», le parecerá muy natural, pero si le mostraran una novela de cien páginas de Turguénev o un sainete de Molière y le dijeran: «Por esto se ha cobrado diez mil duros», le parecería un absurdo.
Pío Baroja, Las horas solitarias (1918)


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