Esa noche, en Zúrich, tuve un sueño. Veía un gran edificio de color blanco, de construcción extendida, con varios pisos, que parecía una universidad. En él estudiaban numerosos alumnos; cada dependencia era una sala de clases. Se estudiaban de preferencia las ciencias exactas y aplicadas, la ingeniería, la física. Cada alumno en ese ejército incontable sería luego un científico, un ingeniero, que aplicaría los maravillosos conocimientos adquiridos para lograr resultados tangibles. Utilizaría esos conocimientos automáticamente, por así decirlo, sin jamás maravillarse, ni prolongar el pensamiento hacia la duda, sin sacar conclusiones vitales, sin remontarse a las esencias. Era éste el mundo del presente y del futuro. Los hombres salidos de estas aulas serían duros, grises, hechos para expresarse en las leyes de la mecánica, productos ellos mismos de la mecánica. Los últimos exponentes de un mundo con alma, de un tiempo solar, con carne y espíritu; los últimos representantes de los dioses y demonios clásicos, de la tierra viva, del vino y de la sangre, ya se fueron. Acababan de morir. Semidioses, hombres vivos, los últimos hijos heroicos del ensueño y de la magia. Serían juzgados por los hombres-hormigas del presente como románticos, como idealistas, productos de la superestructura de una sociedad burguesa en descomposición. Los arquetipos del presente serán los hombres-grises del átomo, de la máquina, los conquistadores físicos del espacio, los que se preparan tan sañudamente en estas universidades de cemento, en estos países de asfalto. Y cada vez será peor, cada vez más.
¿Qué tenía que hacer yo aquí?, me preguntaba. ¿Cuál era mi lugar, mi sitio? Extraño, ajeno, no existía para mí un solo hueco, un solo espacio. ¿Y Hesse, y Jung, dónde se habían ido? Muy lejos, totalmente inalcanzables. Ellos no retornarían jamás; irían a otros mundos, a otros universos ganados por el trabajo que realizaron en su alma. Y yo, ¿qué podía hacer? Prepararme también, cumplir con el esfuerzo para no retornar nunca más a esta tierra y merecer a mi vez el paso a otra esfera. Me quedaba muy poco tiempo para ello, debería hacer el esfuerzo último. Pronto, ahora mismo, si quería salvarme del desierto gris en que la tierra será transformada por la mecánica, de la prisión horrible, y poder avanzar por el mismo sendero que mis camaradas mayores, que mis amigos, los semidioses de sangre y carne, los magos, los guardianes del sueño.
Miguel Serrano, El Círculo Hermético (1965)


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