El orden terreno, el orden de la tierra, está terminando hoy. Está siendo reemplazado por el orden digital. Heidegger es el último pensador del orden terreno. La muerte y el dolor no tienen cabida en el orden digital. No hacen más que perturbar. También son sospechosos el duelo y la nostalgia. El orden digital desconoce el dolor de la cercanía de la lejanía. La cercanía está marcada por la lejanía. El orden digital allana la cercanía reduciéndola a la falta de distancia, de modo que no duele. Bajo la presión por hacer todo disponible, todo se vuelve conseguible y consumible. El hábito digital dice: todo tiene que estar disponible de inmediato. El telos del orden digital es la total disponibilidad. Carece de la «lentitud del vacilante recato ante lo no factible».
El secreto es esencial para el orden terreno. Por el contrario, el lema del orden digital es «transparencia». Esta elimina todo ocultamiento. El orden digital también hace transparente el lenguaje, es decir, lo hace disponible al cosificarlo reduciéndolo a informaciones. Las informaciones carecen de reverso oculto. El mundo se vuelve transparente cuando es transformado en datos. Los algoritmos y la inteligencia artificial hacen transparente también la conducta humana, es decir, la hacen predecible y manejable. El orden digital está animado por el dataísmo, por el totalitarismo de los datos. Reemplaza la narración por la adición. «Digital» significa numérico. Lo numérico es más transparente, está más disponible que lo narrativo.
Byung-Chul Han, La sociedad paliativa (2021)

*Las tres velas, Joaquín Sorolla

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