… hay que reconocer en Donoso a uno de los más grandes pensadores políticos del siglo XIX. Un hombre que en el año 1848 previó que la futura revolución socialista no estallaría en Londres, sino en San Petersburgo, y que ya en 1848 vio en la unión del socialismo con el eslavismo el acontecimiento realmente decisivo de la generación venidera, es un pensador político dotado de una rara facultad de vislumbrar, a través de construcciones combinadas, los móviles ideológicos de los hombres en sus postreras consecuencias políticas y que merece ser escuchado incluso cuando, con un estilo que hoy resulta trasnochado, se interna en el campo de la teología. Añádase a esto que, en la historia de la crítica del parlamentarismo moderno, él formuló con carácter definitivo todos los puntos de vista decisivos. Sobre todo, aprehendió en su más honda esencia los problemas de la discusión burguesa, al definir la burguesía como «clase discutidora» y oponer al intento de fundar un Estado sobre la discusión, con gran energía, la idea de decisión. Sigue siendo éste un gran acierto teórico y político. Por lo demás, su singular importancia estriba en haber advertido —en una época de relativizadora disolución de los conceptos y antagonismos políticos y en un ambiente de fraude ideológico— la noción central de toda gran política y en haberla mantenido firmemente a través de toda suerte de engañosas y falaces ofuscaciones, tratando de determinar más allá de los distingos propios de la política del día, la grande, histórica y fundamental distinción entre amigo y enemigo. Lo hizo totalmente a impulsos de su propia existencia de católico español, bajo la trágica impresión de una Europa que iba haciéndose capitalista, sin ninguna pasión de mandar ni crueldad personales, y sí, por el contrario, con toda la limpia humanidad de su idiosincrasia que, como hombre, nos lo hace tan amable.
Ese filósofo de una dictadura radical ha dicho de sí mismo que no tendría la dureza necesaria para ser dictador; testimonio éste que no habla en contra, sino a favor de su teoría, pues demuestra que sus ideas de lucha y decisión fueron fruto de la meditación sobre las cuestiones y la situación políticas, y no de la particular maldad de un espíritu misantrópico. En su carácter personal, Donoso acusa un rasgo liberal, en la mejor acepción de este término; incluso se muestra mejor y más esencialmente liberal que sus adversarios humanitariamente moralizadores. Y es que el plano propio que corresponde a todas las cualidades liberales viene a ser la esfera de lo individual y personal, no la de las ideas estatales ni políticas. Hora es ya de que se reconozca en toda su pureza y grandeza a este hombre extraordinario y simpático como figura importante de la historia del pensamiento europeo, y se dejen de enfocar exclusivamente los vicios y las insuficiencias de sus demostraciones, considerando, en su lugar, el raro fenómeno de una intuición política que se mueve entre horizontes seculares.
Carl Schmitt, El ignorado Donoso Cortés (1929)

*Pintura: Retrato de Donoso Cortés, por Germán Hernández (1874)

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