La verdad es que, por ahora, los vascos asombramos un poco a los palurdos del interior con nuestras novedades mecánicas; pero esos palurdos nos podrían decir, si lo supieran, que ellos hicieron antes algo muy original y que nosotros no hacemos ahora más que repetir lo que se hace fuera de España. También se deslumbra a la gente de fuera con el dinero. Es cosa ésta que no me produce ningún fervor ni ningún respeto. En Bilbao, como en todo el País Vasco, echan más chispas las chimeneas que el espíritu de los hombres. No inventamos, no podemos inventar. ¡Inventar! Esta es la gloria de la humanidad.
La invención, como las grandes concepciones de la Filosofía, nos están, por ahora al menos, vedadas. Llevamos mucho lastre inútil para ser ligeros, ágiles e inventores; llevamos el peso de todos los mitos semíticos, de esos mitos que, como dice Nietzsche, ni son europeos ni nobles; llevamos el peso de todas las viejas, de todas las muertas fórmulas latinas.
Cuando se ve a un moro que tiene en un libro toda la verdad, se comprende que su raza no podrá dar nunca un Kant o un Newton. La mayoría de los españoles, y la casi totalidad de los vascos, son moros que, en vez de llevar el Corán, llevan en el espíritu la doctrina del Padre Astete.
Pero perdonad si mi divagación toma un giro agrio, político y lamentable. Yo no sé decir más que lo que pienso, aunque lo que piense sea malo.
Pío Baroja, Las horas solitarias (1918)


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