Cuando pienso en mi vida de forma objetiva, considero que no ha sido particularmente feliz. Sin embargo, tampoco la juzgo realmente infeliz, a pesar de todos mis errores. Después de todo, es gran tontería hablar de dicha o de desdicha, ya que por mi parte no cambiaría los días más penosos de mi vida por todos los más felices de mi existencia.
Cuando una persona ha llegado a la etapa de la vida en la que acepta lo inevitable con ecuanimidad, cuando ha probado el bien y el mal hasta llenar su copa, y se ha labrado para sí mismo al margen de su vida exterior, una existencia interna más real y nada fortuita, entonces estipulo que mi vida no ha sido vacía o inútil. Aun cuando mi destino externo se haya desenvuelto como sucede para todos, inevitablemente y según lo decretado por los dioses, mi vida íntima es obra propiamente mía, con sus gozos y amarguras, y soy yo, en lo personal, el responsable de la misma.
Hermann Hesse, Gertrude (1910)


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